El judío errante

Un relato fan basado en El Ministerio del Tiempo

La siguiente historia se basa en el argumento alternativo a la serie de TV El Ministerio del Tiempo, y nacido gracias al proyecto Tiempo de Relatos, una idea fan para reivindicar la continuidad de la serie.

Roa, el arquitecto creador de las puertas del tiempo y la escalera helicoidal, decide, por su cuenta, viajar por la Historia de España para hacerse con el poder que le ha sido arrebatado, en contra de sus colegas Haram y Leví. En su relativa maldad, buscará por doquier los trozos de pergamino que se encuentran diseminados. Este es uno de los momentos en que Roa da un paso para esconder uno de esos pergaminos en la Segovia de 1492.

Así pues, comienza un “capítulo” de intriga y misterio, entroncado en uno de los hilos argumentales de Tiempo de Relatos. Ahora que sabemos que una nueva temporada de nuestra serie de TV favorita está en marcha, homenajeo a la creación de Pablo y Javier Olivares con uno de los relatos que he escrito como fan.


Madrid, 2018.

El gesto sobrio y el ceño fruncido. Así se presentó Ernesto ante Salvador cuando dejó sobre la mesa del subsecretario un “regalo”, tal como él lo calificó.

—¿Y qué otra cosa podría ser, si no?

—¿Una advertencia? —respondió Salvador. Cogió el objeto y lo observó. Una moneda acuñada en la Casa Vieja de Segovia en 1492.

Cuando Salvador se percató de sus grabados, se llevó la mano a la frente.

—¿Podría ser una broma?

—Una broma de mal gusto —respondió Ernesto—. Tranquilo, por lo que sabemos no ha cambiado nada en la historia. De momento.

—Pues existe por algún motivo. Y me temo que es un motivo nada halagüeño.

 

Segovia, 1492.

El anciano dispuso sobre la mesa unos dulces y vino. Su invitado de honor, a quien conocía de oídas pero que nunca se había visto con él, rezumaba inquietantes intenciones. No obstante, le inspiraba confianza. Roa tomó un dulce. Sabía a almendra y miel. Después, cuando Abraham¹ se sentó junto a él, llenó las copas con vino y brindaron.

—Decidme, pues, a qué se debe vuestra visita. Este anciano no tiene mucho que ofrecer.

—Sin embargo sus majestades los reyes no opinan igual —contestó Roa, directo.

—Sigo en mi puesto por inercia. A mi edad, todo me da igual. Sé que me queda poco tiempo, lo sé, sí. Yavéh lo ha querido, lo acepto, pero mi cansancio es extremo.

—Aún podéis hacer algo por nuestra comunidad, Abraham —dijo Roa, con su intensa mirada puesta en el anciano—. Mañana os llegará una carta. No será una carta con buenas noticias. En ella la reina Isabel os requerirá en Granada y partiréis de inmediato. Pero no será hasta que se reúna con ella que sabrá el motivo del viaje.

—¿Cómo podéis saber…? —pero Roa continuó, interrumpiendo la sorpresa de Abraham con un gesto de la mano.

—La expulsión de los judíos² es un hecho. Y vos seréis informado antes que nadie. Tenéis la confianza de los reyes, esos malditos traidores… y os darán un ultimátum. ¿Lo entendéis, Abraham? Quieren expulsarnos, a nosotros, que somos tan castellanos como cualquier otro cristiano o mudéjar. No hay vuelta atrás. El mundo se acaba, Yavéh nos abandona…

—No consiento que blasfeméis en mi casa —dijo, iracundo, Abraham. Se puso de pie y caminó de un lado a otro de la oscura estancia, sin saber muy bien dónde colocarse.

—Tenéis que interceder, os lo pido. Está en juego la vida de miles de los nuestros. Sefarad se hunde, ¿lo entendéis? Pretenden borrarnos de la historia.

—¿Cómo sabéis tanto? ¿Quién sois?

Pero la incredulidad de Abraham solo estaba comenzando. Despistado, sin entender la situación, se abatió en una silla, bebió vino y suspiró. Roa, tras él, tendió una mano en su hombro para tranquilizarlo.

—Solo hay una alternativa a que todo judío que no quiera abandonar el Reino de Castilla pueda quedarse. Y es la conversión —le habló al oído, con inquina—. ¿Traicionaréis vuestra fe por vuestra tierra?

Esa pregunta le dolió a Abraham en el alma y en la propia fe. Si lo que Roa le contaba era cierto, ya no tenía ganas de vivir. Un impulso de fuerza desconocida explotó dentro de su cabeza y golpeó la mesa de tal forma que el vino se desparramó sobre los dulces. Entonces, Roa le habló del Ministerio del Tiempo, de sus viajes, y del futuro que les aguardaba, de cómo Abraham Seneor, el rabino mayor y recaudador oficial del Reino de España, se convertiría al cristianismo para ver partir a los suyos y desaparecer a un pueblo tan digno de ser español como cualquier otro.

—Entended, Abraham, que vos sois el único que puede evitarlo.

La fuerza de las palabras de Roa levantaron al anciano Abraham, que, abatido con las noticias de su hermano de fe, cambió su semblante, ahora decidido a intervenir si realmente se cumplía todo lo que iba a ocurrir.

 

Granada, 1492.

Era antinatural. La idea de viajar a través del tiempo al antojo de cualquiera no podía provenir de una fuente benigna del conocimiento humano. Cuanto más, del diablo. Estas dudas rondaban a Abraham durante el viaje a Granada y mientras esperaba la audiencia con sus monarcas. Junto a él, Roa. El arquitecto no perdía de vista a su nuevo socio. Con su barba más corta y sus ropajes más caros se presentaba con el rabino mayor en las estancias de la Alhambra sin la seguridad de ser recibido por doña Isabel. El lugar despedía el suspiro infiel del arte árabe, que tanto contaminó la Península. En los delirios de Roa, y pese a que respetaba la condición musulmana, seguía recelando de que aquellas expertas mentes de origen africano, de sabiduría artística y científica, tuvieran el mismo derecho que los judíos a permanecer en los reinos españoles.

Recién recuperada la condición cristiana en la Corona, el primer paso de sus majestades iba contra los judíos. Tiembla, España, ante lo que está por venir, susurraba el rencoroso arquitecto. Pero su suerte no fue como él esperaba, y no permitieron que acompañara a Abraham.

Horas después, en los iluminados jardines del Generalife, un abatido Abraham Seneor desplegaba su sombra decaída sobre los arroyos y rosales. Roa comprendió el estado de las cosas.

—Si no sois un brujo enviado por el diablo, hermano, me habéis dicho la verdad —dijo Abraham—. La traición de los reyes será mi veneno. No voy a soportar esta muerte. Muerte de dolor.

—Os dije que podía ayudaros a evitar la expulsión. Pero será que os acomodáis en la falsa solución que os han propuesto. Os convertiréis, y el traidor seréis vos.

Un frío invadió el arrugado cuerpo del viejo contable. Levantó la vista a la sierra, majestuosa, impenetrable y eterna. A su lado, Roa, de mirada intrigante pero acogedora, nuevamente le armó de valor.

—Jamás traicionaré mi fe, Roa. A pesar de mi bautismo. Seguiré fiel a la Torá.

—Eso no lo entenderá la comunidad judía.

—No le hace falta. Moriré en mi tierra, en Segovia, que es mi madre y mi padre. Y lucharé desde mi posición para que nuestro pueblo no reciba la afrenta que le espera.

Roa sabía que al año siguiente Abraham fallecería, no le daría tiempo a nada más que a tomar su nuevo nombre para la vida cristiana que juraría llevar tras su conversión.

Pero una voz conocida le atrajo. A sus espaldas, la reina Isabel³, acompañada de la guardia real, se disponía a pasear antes de retirarse a sus estrenados aposentos. Los guardias pretendieron echar a los judíos pero la monarca, decidida, los detuvo.

—¿Es este el arquitecto judío que le acompaña, Abraham? —preguntó, cordial.

Delante de sus ojos se hallaba la mujer que dispondría del libro de las puertas. Ella, ignoraba quién era él. Él, sabía muy bien los secretos que ella pronto guardaría. Roa disimuló su estremecimiento besando la mano de la reina acompañando al beso con una reverencia.

—Yo soy, majestad. Es un placer indigno de este siervo contemplar vuestra figura, y mucho más indigno recibir vuestra palabra.

—Podeís alzar la vista. Abraham me ha hablado de vos. Confío que le habrá dado las buenas nuevas, que para vos no lo serán tanto.

—Mi señora, nada me place más que seguir las órdenes de sus majestades, sin embargo…

—Hermano, por favor… mi señora, lamento el atrevimiento… —se interpuso Abraham. Asustado, temía un enfrentamiento contra el que Roa nada tenía que ganar.

—No, no importa. La decisión está tomada, pero quiero escuchar lo que dice su amigo.

—Mi señora —y diciendo esto, Roa adoptó una postura más sabia—, no dudo en que Abraham le habrá hablado de nuestra historia, que no falta en su conocimiento, de la necesidad de la cultura hebrea en la Corona y toda la Península, y que la economía se mantiene gracias a nuestra generosa habilidad. No somos tan diferentes los sefardíes de los cristianos o los sarracenos.

—Roa, por favor —dijo Abraham. Su temor a despertar la ira real empezó a acalorarlo. La reina Isabel le tendió el brazo—. Creo que es hora de irnos, majestad.

—Quiero que sepáis que nuestro corazón no alberga tal odio, si creéis que es esa la razón. Llevamos siglos conviviendo, pero las cosas han cambiado. La recuperación de la condición cristiana sobre la musulmana, el control de nuestros reinos y el ascenso de nuestra Iglesia hace necesaria la estabilidad religiosa —dijo la reina—. De ello depende, además, nuestra situación con los reinos de Europa. Se os dará tiempo para marchar. Y si vos queréis, súbdito mío, querido amigo Abraham, convertíos a Dios Nuestro Señor, a Jesucristo, a nuestra Fe verdadera y Patria. Confiamos en vuestra sana decisión.

No pudo ser más tajante ni tan breve, pues su tiempo no admitiría graves altercados. Zanjó así la reina lo que podía ser una segunda reunión para tratar un tema cerrado, la decisión irrevocable. Roa la miró marchar, desconociendo si volvería a verla. Sería tan fácil pedir audiencia con ella para tratar en secreto el asunto del Libro de las Puertas… e intentar de nuevo hacerla entrar en razón. Pero podría ser un delito penado con la muerte disgustar la palabra de los católicos monarcas. Isabel había sido amable y permisiva una vez, no así la siguiente.

Volvieron a Segovia sin que Roa pudiera idear algo con Abraham que le pudiera beneficiar. Ahora que el anciano se hallaba en estado depresivo por los acontecimientos, totalmente perdido, sería susceptible de poder manejarlo a su antojo. Pero contaba con un factor a tener en cuenta: Abraham no era tonto; al contrario, le superaba en astucia, y podría sentirse cohibido, incluso engañado. Para tantear el terreno, el arquitecto pensó en quedarse con el anciano durante unos días más en su casa, algo a lo que Abraham accedió.

La primera noche, Abraham quiso acostarse sin cenar. Dejó a Roa a la luz de las velas, y éste, aprovechando la soledad, extendió unos papeles sobre la mesa, que sacó de su zurrón. Entre ellos, una página robada que arrebató a un funcionario del Ministerio del Tiempo y que forma parte del pergamino de las Puertas. Si le pisaban los talones, este sería un buen escondite. Un lugar perdido en el tiempo, de entre todas las posibilidades que había, que la Patrulla jamás podría encontrar, salvo él. Hasta el momento no habían podido capturarlo, pero el riesgo de acabar en la prisión del siglo XI permanecía; quién sabe si un final todavía peor. Todos sus intentos estaban siendo infructuosos, nada conseguía que accediera a dominar las puertas del tiempo. Él había sido co-creador junto a Haram y Leví de aquel proyecto revolucionario.

Ahora encontraba una blasfemia que los propios salvaguardas de la historia, esa historia tan devastadora y vergonzosa para su país, tuvieran el control de lo que tanto le había costado crear. Si hace unos pocos años lo hubiera sabido, habría obrado de otra forma. Pero parecía como si una corriente misteriosa y oculta dejara las cosas tal y como serán en un futuro y nada pudiera cambiar, porque el Ministerio y las Patrullas del Tiempo siempre estaban ahí para deshacer sus planes. O ellos o ese personaje extraño que conoció en la China, que le habló de ciertas personas que poseían un poder mayor que el propio Ministerio (4), y que continuaba sin comprender. Malditos españoles del futuro, traidores e infieles, malditos seáis por toda la eternidad, pensó con lágrimas en los ojos.

Madrid, 2018.

—Deben ustedes acudir a Segovia en 1492. Creo que están más que familiarizados con esa época —afirmó Salvador.

—Por lo que a mí respecta —contestó Alonso—, ya he tenido demasiado. Creo que mejor envíen a Pacino. Él se las ha visto ya con Roa (5), y tiene más paciencia que yo. Si pillo a ese desgraciado…

—No es seguro que se encuentren con Roa en la fecha a la que se dirigen —contestó el subsecretario.

—A mí, lo mismo me da, que me da lo mismo —intervino Pacino—. Si me dicen “ve”, allá que voy. Anda, Alonso, no seas remolón. Que yo también soy de gatillo fácil.

—Aquí nadie va a matar a nadie sin motivo, señores. Que lo tengan en cuenta —y dicho esto, se levantó—. Ahora vendrá Irene y les contará la misión. Por cierto, aquí tienen el motivo de tanta prisa.

Salvador señaló a la moneda sobre su mesa. Pacino la tomó y no alcanzaba a entenderlo. Se la pasó a Alonso. Su mirada hirvió de rabia al ver el claramente el rostro de Roa grabado con la fecha a la que se dirigían, y una inscripción ininteligible para él.

—¿Qué lengua es esta, Alonso?

—Hebreo, compañeros. Es hebreo —afirmó Irene, entrando al despacho de Salvador—. Fue encontrada hace unos días en el Museo de Historia de Segovia. Hasta ahora no estaba catalogada. Como ven, es una excepción. Nuestro amigo Roa parece haberse vuelto loco. Acuña una moneda con su rostro.

—Y estas letras, ¿qué significan entonces? —preguntó Pacino.

—Algo que conocemos muy bien en el Ministerio.

 

Segovia. 1492.

A la mañana siguiente de su regreso de Granada, Roa se despertó con dolor de espalda. Había dormido en la silla junto a la mesa y el pergamino. Aún era temprano, por lo que le daría tiempo a esconder el pergamino a instancias de Abraham. Sería un esfuerzo colosal recuperar todo el libro, pero en el siglo XXI había modos de extraer la información sin necesidad de poseer el original. Aunque todo eso le parecían bobadas, era muy útil para sus propósitos. Mientras el Ministerio no poseyera todo el pergamino, estaba tranquilo y le facilitaría los planes.

Salió de la casa, con apenas la luz del amanecer, a andar un poco. Una cría con aspecto desarrapado se le acercó con un papel en la mano. Sonriendo pícaramente, se lo ofreció sin hablar. Mostró la otra mano con la palma hacia arriba, bien abierta, esperando una compensación. Roa buscó en su zurrón y de una bolsita sacó una moneda que entregó a la niña. Después, a solas, leyó la nota: “Andan buscándoos a vos y al pergamino. Son del Ministerio”. Así que esos cerdos lo habían descubierto… ¿cómo? No había dado señales de actividad. ¿Lo estaría traicionando alguno de sus supuestos amigos? (6)

Roa decidió preparar su partida, y al volver a casa de Abraham, encontró que el anciano ya estaba en pie.

—Habéis sido de gran apoyo, amigo —dijo Abraham—. Solo os deseo hallar la paz y el sosiego. Sé que vuestro carácter tiende a ser irascible. Por lo que me habéis contado, y aún dudo de vuestra cordura, si me permitís decirlo, el futuro va a ser terrible. Pero si no es posible cambiarlo, dejadlo ir. No nos pertenece, ya no estamos en él. Y como véis, yo no tengo ningún interés en conocerlo. Pertenecemos a esta época. Amigo Roa, Dios está con todos nosotros. Con eso debería bastaros.

—¿A qué Dios os referís? —contestó Roa, irritado. Pronto se dio cuenta de su error y bajó la mirada—. Perdón. Vuestra decisión de conversión no alcanza mi entendimiento.

—Es una decisión no de fe, y lo sabéis. Mi corazón siempre estará con nuestro pueblo y con nuestra verdadera religión.

—Asistiréis a esos antros perversos y rezaréis a un Dios adulterado. ¿Cómo se le puede llamar a eso?

—Amigo, la biblia cristiana dice así: “Aunque reparta mis bienes entre los pobres y entregue mi cuerpo al fuego, si no tengo amor, no me sirve para nada”. ¿Aún pensáis que es una fe obscena? ¿Vos, que de sabiduría tenéis tanta como yo, que somos hombres de Dios y de cultura? ¿No nos ha acogido este reino que ya nos pertenece por derecho de nacimiento y de raíz?

—Lo siento. Sé que no merezco piedad. Pero comprended que en pocos meses he de marchar. Dejaré mi vida, mi tierra y… ya no sé si tengo amor. —El momento era de flaqueza.

Revivía lo ocurrido hace tiempo, volvería a partir (7), pero ya no al exilio, sino a través de las puertas para evitar el sufrimiento, propio y ajeno, que había asolado a su pueblo. Y de paso, cómo no, procurar nuevas ideas para apoderarse del Ministerio. Pensándolo bien, no tenía dónde ir. Siempre de aquí para allá, cruzando puertas, épocas, conociendo personas, pasado y futuro. ¿Ya no pertenecía a ningún lugar?

Salieron a dar un paseo con el sol del mediodía a través de las calles de Segovia. Uno callaba, el otro pensaba.

Ahora mismo Roa tenía varios frentes abiertos entre sus socios, a través de distintas épocas. Ya no sabía si podría mantenerlos todos en activo, ya que una y otra vez fracasaba en sus intentos. Sin embargo, seguiría adelante mientras tuviera fuerzas. En ese momento, Abraham volvió a romper el silencio.

—He notado que forzabais los pasos en una dirección, y ahora nos hallamos en la puerta de la Casa de la Moneda. ¿He sido conducido aquí por algo?

—Necesito un favor, hermano y amigo. Espero que podáis ayudarme antes de mi partida.

Roa dirigió la mirada a la Casa de la Moneda. Seguro que las influencias de Abraham se extendían allí también. Así pues, le contó lo que necesitaba al tiempo que accedían a la fábrica.

—¿Es esta la moneda que me pediste que fabricaran hace unos días?

Abraham sostenía una moneda de cobre. Tenía grabado el rostro de Roa, perfil aguileño, ceñudo y con expresión adusta. Además, había una inscripción:

נבניתי על מים,

כתליימאש הם

—¿Qué significa todo esto? ¿No es un poco arrogante que aparezcáis en esta moneda como si de un Julio César se tratara? ¿Y qué quiere decir esta leyenda?

—No hagáis preguntas, hermano. Quiero que la contempléis bien. Dentro de unas semanas, o meses, alguien vendrá y os mostrará una moneda como ésta. Y vos le entregaréis la vuestra. Le dejaréis entrar en vuestra casa. Ese es el trato. Es importantísimo. Os ruego que confiéis en mí.

El objetivo de Roa, que no quería desvelar a su amigo, era que uno de sus esbirros entrara a la casa del anciano para recuperar el trozo de pergamino que había escondido allí, a salvo de la Patrulla del tiempo. Correr con él por Segovia o en otras partes de España, a riesgo de ser apresado, sería una estupidez por su parte. El propio Roa se felicitaba por su maniobra, siempre un paso por delante de los malos y corruptos agentes del Ministerio del Tiempo.

Para Abraham no era mucha molestia, aunque asintió y aceptó la petición de su hermano. A las pocas horas, vio partir a Roa. La moneda temblaba en sus manos, fuertemente agarrada. Las emociones de los últimos meses florecían en su ansia. Un fervoroso devoto de Yavéh que nunca más volvería a pisar una sinagoga públicamente, reducido a convertirse en un cristiano adherido a la monarquía castellana. Ahora, con ochenta años, convertirse era lo último que podía esperar. Se retiró a su casa, y, en el patio, por causas del destino tan improbables como posibles, tropezó con el empedrado y la moneda cayó rodando hasta que la perdió de vista.

—¿Dónde estás, condenada? —exclamó. La buscó torpemente durante un rato hasta darse por vencido. Podía haber caído por el alcantarillado. Eso sería un terrible presagio.

El favor más grande a Roa no sería ejecutado tal como el arquitecto había programado. Da igual. Quizá el amigo de Roa no tendría en cuenta que Abraham perdiera la moneda, aunque, por otro lado, ya no tendría garantías de que el favor pudiera realizarse correctamente. Sin la moneda, el principal motivo para que el desconocido confiase en él, podría esfumarse.

Después del disgusto, intentó relajarse. Rezó y contempló sus objetos religiosos. Pronto debería deshacerse de ellos para sustituirlos por cruces cristianas, imágenes de vírgenes piadosas, estampas de santos. ¿No sería todo eso aborrecible? ¿Y peor que dejar su tierra? Aún podía hacer grandes cosas por el reino, su cultura y su fe desde la posición que ocupaba. Pero estaba cansado, viejo. Sacó de un cajón el documento de su bautismo, preparado para el momento en que abrazaría al Cristo católico, apostólico y romano. Pronto su nombre sería olvidado en favor del nuevo: Fernando Núñez Coronel­ (8).

Cercana la noche, el frío otoñal segoviano calaba hasta el rostro. Con la cara tapada, Pacino y Alonso maldijeron el inconstante clima español, tan dispar en las regiones de la Península donde estuvieran. Cercano a ellos, como un coloso entre sombras, el acueducto.

—Tiene mejor aspecto que en 2018… —comentó Pacino.

—Dejaos de monumentos que estoy que muerdo. Tanto dar vueltas… Si pillamos a ese hereje no se librará del tajo que le voy a…

—Eh, eh, eh, tranqui hombre, que no somos sicarios. A ver, Alonso. Si lo encontramos no hay más que capturarlo y llevarlo al Ministerio. Pan comido.

—Si no os conociera, creería que habláis en serio. Ese hombre es escurridizo como un pez endemoniado —y dicho esto, se persignó.

Fueron a una taberna para calentarse y pensar cómo buscarlo. La moneda les llevaba a Segovia. No tenían siquiera la certeza de que Roa estuviera allí, pero podrían encontrar alguna pista del porqué existía y para qué. Sentados entre el bullicio, pidieron vino.

—Buf, ¿quién quiere viajar por Europa, pudiendo viajar por el tiempo? —comentó Pacino al observar a la tabernera.

Alonso sacó la moneda para estudiarla de nuevo. El rostro de Roa se le hacía diabólico. El odio que sentía hacia el judío aumentaba con cada fechoría que el malvado arquitecto urdía contra ellos y el Ministerio. En resumen, contra el Reino de España, porque traicionar la historia era lo mismo que traicionar a España. Alonso no tenía cabida para excusas sensibles. Ese hombre era la reencarnación del demonio. Y encima judío.

Junto a ellos pasó una figura envuelta en ropajes de abrigo, y, sin embargo, un tanto diferente: arrastraba túnica oscura de aspecto oriental. Si bien llamaba la atención, tampoco era tan extraño. Pacino la miró y volvió a su vino. No obstante, esa persona, con el rostro cubierto todavía, dirigió la mirada, insistente, a los agentes del Ministerio, y apretó el paso para volver fuera.

—Alonso. Eh, Alonso. Ese hombre ha salido nada más entrar. Lleva la cara tapada.

Sin hacerse esperar, Alonso guardó la moneda y se dispuso a salir. Pacino, que estaba aún pagando, le hizo esperar.

—Se escapa, maldito, ¿no ves que puede tener algo que ver con ese hereje? —dijo disgustado y en voz baja a Pacino.

Haciendo caso omiso, Alonso salió. Todo estaba oscuro, pero la figura cubierta se deslizaba todavía calle arriba.

—Esto está tan oscuro que no veo ni los nombres de las calles —gritó Alonso—. Pero ese sinvergüenza se ha ido por allí.

Corrió y Pacino le alcanzaba a duras penas. El perseguido cayó al suelo de un tropiezo y ahí acabó la carrera. Alonso desenfundó y la desconocida figura notó la punta de su espada rozándole la cubierta garganta.

—¡Descúbrete, hereje! —exclamó con la voz temblorosa el soldado.

Bajo la capucha retirada del rostro apareció una melena ondulada y negra como una noche nublada. Una muchacha lloraba de pavor ante la amenaza de Alonso. Entonces, éste, acobardado, lanzó la espada al suelo y tendió la mano a la muchacha.

—Tal afrenta no debería ser perdonada, mi señora, pero os ruego por Dios que ha sido un error.

—Madre mía, Alonso. Ni se te ocurra hacer eso en el siglo XXI —comentó Pacino, no con menos disgusto que su compañero.

—¡Y por Dios os ruego, caballero, que no me hagáis nada! Solo soy una mensajera —dijo la niña. Apenas tendría veinte años. Se levantó con ayuda de Alonso, pero quería escapar.

Contó que había acudido a la taberna a encontrarse con el amigo de su amo. Ella se encargaba de limpiar la casa de un señor de Segovia, quien le había ordenado entregar un mensaje a alguien desconocido que se hallaría en la taberna a esa hora. Pacino la observó, desconfiado.

—Es mentira. Cuando nos viste saliste corriendo. Nos conoces, ¿verdad?

—Venga Pacino, es una niña, está asustada —reprobó Alonso.

—No lo está. Solo cumple su deber —dijo una voz detrás de Pacino. Los patrulleros del Ministerio del Tiempo escucharon el crujir de un revólver al cargar. Habían caído en una trampa, era obvio.

Los dos hombres se miraron, mientras la muchacha se marchaba corriendo.

—¿Cómo me habéis encontrado? —preguntó Roa, firme y enfadado—. No hacéis más que fastidiarme. ¿No habrá día en que dejéis de acosarme? Malditos infieles, sois escoria, perros de la peor España.

Pacino y Alonso se dieron la vuelta. Contemplaron a Roa, apuntándoles con un revólver. Alonso, nada amedrentado, se dirigió a él, pero su compañero lo detuvo. “Anda y no cometas una tontería”, le dijo.

—Somos nosotros los que estamos hartos de ti. Crees que eres invencible, pero solo eres una pobre cucaracha que por mucho que pisemos siempre sobrevivirá y no dejará de arrastrarse por el mugriento suelo que los cristianos pisamos.

—Parecéis inspirado, soldado. Pero soy más listo que vos. Sabía que estabais por aquí. Tengo hombres por todas partes, igual que el Ministerio. Ahora voy a irme, y os quedaréis aquí, no me seguiréis. De lo contrario, descubriréis el cielo antes de tiempo… aunque quizá os gustaría más vuestro detestable infierno. ¡Qué horrible fe os empuja a tal desvarío (9)!

Pacino veía que el asunto iba a peor. Roa se estaba cabreando más de lo normal. ¿La decisión correcta? Ninguna. Ahí estaba el quid: arriesgarse. Intervino para desviar la atención.

—¡La moneda! —exclamó Pacino. Los otros callaron. Roa lo miró, dirigiendo ahora el arma hacia él.

—¿La moneda? —Roa sonrió.

—La tenemos en el Ministerio. Fue encontrada hace pocas semanas en el Museo de Historia de Segovia. Esa moneda nunca había existido. Y de pronto, el Ministerio detectó su aparición.

—Sigue hablando.

—Llegó al Ministerio y la examinaron. Tu careto es inconfundible, tío. Y esa leyenda en hebreo…

—“Fui sobre agua edificada. Mis muros de fuego son” —continuó Alonso.

—No es posible. Esa moneda… —él tenía una. Abraham la otra. ¿Cómo había podido llegar al Museo, y de ahí al Ministerio?

Era como una alarma para el Ministerio. No sabían que él se encontraba allí. Solo habían ido a encontrar pistas que delataran el secreto de esa moneda. Además, las mandó fabricar precisamente para tener la prueba irrefutable a la hora ejecutar su plan, sin temor a que nadie realizara otras copias, pues serían únicas, difícilmente falsificables por ciertos detalles en su composición. En ese caso, quizá se perdió. Pero, ¿cuál de las dos? ¿La suya o la de Abraham? Daba igual, su plan parecía haber fracasado. Huir era la solución. Ya tendría tiempo de volver a por el pergamino que, afortunadamente, nadie sabía dónde estaba escondido.

—Estoy cansado de que intentéis acabar conmigo. ¡Incluso habéis querido matarme antes de nacer (10)! Eso demuestra lo perturbados que estáis. Y vos, Alonso de Entrerríos… un patriota de pura sangre vendido a esos infieles del futuro. Así nos va en España. No váis a entender nunca lo que hay que evitar. ¡No queréis enteraros de que los errores hay que enmendarlos!

—¡Alto a la guardia!

Cinco corchetes aparecieron de la nada, junto con la muchacha que había huido detrás de ellos, la cual había dado la alarma después de ver el peligro en el que los patrulleros se encontraban. Estando ya cerca, Roa salió corriendo en el despiste, pero sus acreedores se quedaron, ya rodeados por los guardias. No les costó demostrar que estaban siendo atracados por el fugitivo, corroborado además por la niña. Pero en un segundo, todo se fue al traste para todos. Roa no podría acercarse a Segovia en mucho tiempo, pues el Ministerio estaría al tanto de que algo hacía allí y en esa época, aunque no supieran el qué, pero era suficiente para mantener la ciudad vigilada.

 

Madrid, 2018.

La Patrulla al completo llenaba el despacho de Salvador. Éste entró, atento como siempre al informe que tenía en las manos. Los miró y ocupó su lugar en el sillón.

—Enhorabuena, señores. Aunque no tenemos nada, lo importante es que están ustedes a salvo.

—Lo que está claro, señor Martí, es que Roa estaba planeando algo en Segovia. Nos quedaremos con la duda —dijo Pacino.

—¿No ha dejado ninguna pista? Si se relacionó con alguien… cualquier cosa —intervino Lola—. No habría estado mal quedarse para investigar. Por ejemplo, si las monedas fueron fundidas en la Casa Vieja, habría que hablar con los trabajadores. Quizá podamos descubrir algo más. Y otra cosa: si la moneda fue encontrada en la casa de Abraham Seneor… él podría tener alguna clave.

—Abraham Seneor fue el rabino mayor del reino antes de la expulsión definitiva de los judíos —indicó Ernesto—. Para no salir de España, tuvo que convertirse y cambiar incluso su nombre. En el momento de su vida en que han intervenido, su fallecimiento estaba próximo. Murió meses después.

—Ahora su casa es el Centro Didáctico de la Judería de Segovia —continuó Lola—. Un museo sefardí. Yo he estado allí.

—No es mala idea. Luego lo hablamos —contestó Salvador.

Irene hizo un gesto de aprobación a Lola, sonriéndole. La muchacha, se sonrojó.

—¿Qué os pasa a vosotras? —le dijo Pacino a Lola, una vez fuera del despacho y de camino a la cafetería. Le hablaba en voz baja.

—¿Cómo dices?

—A ti y a Irene. Estáis raras. Desde que volvisteis de Alejandría… noto que la evitas y te pones nerviosa. Antes, en el despacho de Salvador (11)…

Lola se adelantó con prisa y no quiso seguir junto a Pacino.

A solas, Salvador y Ernesto dejaban correr el tiempo mirando la moneda de Roa sobre la mesa del subsecretario.

Tempus est quid est —afirmó Salvador.

—¿Cómo?

—Ernesto, pensaba en ese pobre hombre, en Abraham Seneor. Fue una figura clave en la historia medieval. Ya lo sabe. Abandonar su fe para no dejar su tierra… al final de su vida.

—Se estima que no fue todo lo sincero en su conversión.

—Eso es indudable. A solas podría hacer lo que le viniera en gana. No obstante, dejémosle tranquilo. No sería bueno revolver sus entrañas con este asunto. El tiempo es el que es, y pondrá todo en su lugar.

—Podríamos visitarlo. Quizá Roa contactó con él. Y si como ha dicho Lola, podría estar relacionado… al fin y al cabo, la moneda se descubrió allí…

Sonó el teléfono; tras la conversación, por la cara de Salvador parecían malas noticias.

—¿Algún cambio en la historia? —preguntó Ernesto.

—Si no lo evitamos, sí.

FIN

Por Marcos A. Palacios.

Foto de portada: Fuente de la Gracia (1430-1455), atribuido a Jan Van Eyck (detalle). Representa las disputas teológicas de judíos y cristianos.



  1. Abraham Seneor. Rabino y banquero, tuvo el favor de los Reyes Católicos, se convirtió en un judío muy influyente en la realeza. Murió en 1493.
  2. En 2015 España decidió dar la ciudadanía española a los descendientes judíos expulsados. De esta forma se “rompe” la barrera que Isabel la Católica impuso en su época, la cual impedía a Roa viajar por las puertas.
  3. En estos momentos Isabel la Católica aún no ha recibido el libro de las puertas de manos de Abraham Leví, según el argumento de la serie de TV original.
  4. Esto se cuenta en otro de mis relatos titulado El tiempo es la atmósfera, aún no publicado.
  5. Se refiere a otras aventuras de la linea argumental de Tiempo de Relatos.
  6. En esta serie alternativa, Roa tiene varios aliados en varias épocas.
  7. Hay que tener en cuenta que el Roa que protagoniza este episodio ya tuvo que partir tras la expulsión, y, dado que en 2015 la barrera que le impedía volver a la Península ha desaparecido por el decreto del Gobierto de España, ha vuelto atrás en el tiempo para intentar deshacer el principal error que considera terrible para su pueblo.
  8. En realidad hay varias versiones posibles del nombre que Abraham Seneor pudo adoptar y que figuran documentados: de nombre Fernando, Ferrán o Fernán; y de apellidos Núñez Coronel o Pérez Coronel.  Los descendientes, de apellido Coronel, participan en eventos clave de la historia española, como en los viajes de Colón a Sudamérica, además de que continuaron manteniendo su posición acomodada en la sociedad segoviana.
  9. Para los judíos no existe el Infierno en la concepción cristiana, sino una especie de Purgatorio donde se lava el alma para purificarla, lejos de ser un castigo. Se le llama Gueinom.
  10. Esto se cuenta en un capítulo que forma parte de Tiempo de Relatos, aún no publicado.
  11. Se refiere a otra aventura, también de Tiempo de Relatos. Como véis, el proyecto ha ido realizando una especie de temporada alternativa con relativa continuidad entre los relatos de los fans.


    Este relato está basado en El Ministerio del Tiempo, es una narración fan con el único objetivo de entretener. Los derechos de El Ministerio del Tiempo y sus personajes son propiedad de Javier Olivares.

    El autor agradece la piedad ante los posibles errores histórico-temporales, a pesar de poner todo el empeño en la documentación recogida para esta historia de ficción.


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El Señor Lápida

Cuando las gentes del barrio decidieron llamarle Señor Lápida, Samuel contaba con más de cuarenta años. Vivía solo en el barrio y no tenía buena fama. Era normal verlo deambular por calles y parques como un marginado, encorvado y desaliñado. El hombre cobijaba su desgracia en el camposanto de la ciudad, donde transcurrían sus días murmurando a esculturas y tumbas, susurrando en los rincones.

El camposanto no tenía guarda, hacía muchos años que murió el último y nadie en el Ayuntamiento pareció recordar que había que contratar uno mientras el Señor Lápida organizara el recinto y cuidara de las flores. Él no hacía daño a nadie, solo estaba loco.

Ocurrió cuando era muy pequeño que Samuel desarrolló fobia al camposanto. En el entierro de su tía materna se encontraba en los brazos de su madre acariciándole las mejillas lagrimosas con parsimonia y delicadeza. Mientras los enterradores echaban tierra a la fosa, la mujer resbaló en el borde, blando y húmedo, pero su marido la agarró del brazo. Esto no evitó que la criatura cayera a la fosa cuando su madre lo soltó del susto. Samuel contemplaba a su familia desde lo profundo, sus caras y las palas de los enterradores sobresalían en el rectángulo de luz sobre su cabeza, pero no los distinguía, solo veía sombras recortadas en el cielo plomizo y escuchaba la llamada agónica de su tía fallecida, que no deseaba estar sola y mostraba agradecimiento por la compañía. El olor de la tierra húmeda y la dureza del ataúd estremecían sus sentidos. Se vio incapaz de llorar. Tenía tres años.

Desde entonces no volvió a pisar el camposanto, se negaba a caminar junto a los muros para ir a la escuela amenazando con llantos y pataletas. Pero a los catorce años murió su perro mientras dormía. La tristeza y respeto que sentía por su único compañero le obsesionó de tal forma que pidió a sus padres que lo enterraran en el camposanto como a cualquier otra persona difunta. Entonces entraría en su recinto prohibido para asistir al último adiós del perro en el sepelio organizado pese a las negativas del cura, en nada de acuerdo con los deseos del muchacho por parecerle una blasfemia. Finalmente accedió a cambio de una buena limosna para la parroquia.

Samuel frecuentaba el camposanto casi la totalidad de los días, dedicando horas a cuidar con esmero la tumba del animal, hablaba y reía con él. Esta transformación, lejos de inquietar a sus padres, los alentó, pues significaba el fin de la animadversión y ansiedad de su hijo. Pero como la actitud del joven respecto a su costumbre de pasar su tiempo en el camposanto no parecía terminar, en los siguientes años se vieron obligados a enviar a Samuel a terminar sus estudios superiores en el extranjero.

Regresó a la ciudad huérfano con un título universitario y varias rentas heredadas de sus padres que le permitieron vivir sin trabajar. No tardó en visitar el amado camposanto. Mandó construir un panteón familiar en el que incluyó al perro. Tan pronto como comenzó a pulular por allí, el carácter se le tornó sombrío y reservado, la actitud ensimismada y el aspecto tan sucio como destartalado. En ocasiones se le veía entrar al panteón y no salir de noche… ni de día.

Cuando ya era viejo nadie recordaba quién era Samuel Lápida, un adorno mortuorio más del camposanto. Algunos afirmaban que hablaba con los muertos, quienes le confesaban sus vidas y secretos como el sacerdote que no pudo escuchar sus penitentes historias el último día. Después del atardecer se encerraba en el panteón familiar y, a solas, cenaba lo poco que podía comprar gracias a las limosnas de quienes visitaban el camposanto, dado que todo el dinero de la herencia y las rentas se perdió hacía demasiado tiempo. Muchos lo veían como el vigilante que décadas atrás vino a sustituir al anterior tras su muerte. En definitiva, su hogar ahora era el señorial panteón más propio de la burguesía ostentosa de épocas pasadas.

El Señor Lápida había creado, con el paso de los años, su propia existencia alejada de la realidad social, ligada al plano de la otra vida, la del más allá. Su boca exhalaba frases sin sentido, posiblemente eran los muertos expresándose a través de él como en una simbiosis de posesión permitida, semejante al bucle eterno que un evento del pasado repite sin cesar. Eran palabras de amor, de odio, desconsuelo, de sacrificio y tormento, de paz y armonía; contenían rencor o celos, necesidades y hasta exhortaciones. Todo habitante del camposanto parecía manifestarse a través de la presencia del Señor Lápida. Contemplarlo entre las cruces de los nichos ponía el vello de punta si anochecía y lo encontrabas rascando el mármol, hablando en susurros junto a la tumba del difunto. En ocasiones su rostro adquiría facciones parecidas al del muerto que entonaba oraciones a través de su voz, vehículo de sonidos ininteligibles. Por supuesto este hecho se convirtió rápidamente en una leyenda urbana sin fundamento ni aprobación, pero servía para alimentar viejos terrores del camposanto que había quedado obsoleto y fue sustituído por otro más moderno y grande, no muy lejos de allí. Desde entonces perdió la vitalidad de antaño, así como el Señor Lápida se consumía día a día en su fantasmal existencia.

Un día se celebró un sepelio, y el Señor Lápida contempló la ceremonia escondido tras unos cipreses centenarios. El difunto era un acaudalado abogado muerto por enfermedad del corazón. Cuando hubo terminado el enterramiento, se coló entre los asistentes, y fue cuando su rostro deforme tomó el brío y color del fallecido. Con la ira propia de un personaje shakespeariano y lanzando voces acusatorias, el Señor Lápida se dirigió a la afligida esposa acusándola de envenenamiento, detallando punto a punto cómo sucedió todo. A los pocos días, los herederos anunciaron la detención de la esposa después de que una investigación forense más profunda obtuviera los resultados confesados por el Señor Lápida. Ni el muerto ni familiares habían visto jamás al personaje siniestro que irrumpió en la ceremonia, y tampoco desearon volver a verlo.

Estos hechos avivaron aún más la leyenda urbana de un ser del otro mundo bautizado como la encarnación de Caronte bajo la apariencia de un loco justiciero espectral quien, a cambio de las confesiones de los difuntos, les vengaba o terminaba sus asuntos pendientes al morir. Lo cierto es que, al pasar los años, el Señor Lápida, convertido ya en un despojo, desapareció del camposanto al que solo visitaban viejos centenarios y ancianas casi inmóviles en sus sillas de ruedas. Las hiedras y los matojos cubrían las sábanas musgosas de las lápidas y los caminos, mientras el panteón familiar de Samuel Lápida permanecía intacto.

Una noche del último día de octubre un grupo de atrevidos vándalos penetró en la paz del camposanto para practicar juegos de magia y espiritismo, dañar las esculturas y mobiliario y practicar ritos satánicos. Se fijaron en el panteón familiar de Samuel Lápida, quedando admirados por su estado de conservación. Algunos de los allí presentes que pudieron escapar de la terrible escena que vivieron después, confesaron entre espasmos y llantos que intentaron entrar al panteón, siendo imposible: nada consiguió que las puertas y verjas cedieran a las malas intenciones de los ingenuos chavales. Cuentan los testigos que un hombre de aspecto cadavérico apareció entre la neblina y les recriminó sus actos. El hombre tenía el pelo blanco y largo hasta los hombros, con barba de alambre y mirada hueca como abismos de una inmensa fosa común. Los miró y se quedaron quietos como las figuras angelicales del camposanto. Aquel espectro con más hueso que carne exhalaba cientos de voces de tiempos antiguos, de hombres y mujeres, reflejaba su rostro miles de caras de niños y ancianos, todas distintas, y los muchachos recibieron en sus cabezas, como golpes de forja, los nombres de los enterrados que les gritaban su condena en una danza vertiginosa, provocándoles la muerte allí mismo como castigo por la profanación de su descanso y sosiego. Cayeron al suelo presas de escandalosos aullidos hasta que su piel y ojos se tornaron de un color violáceo y podrido.

Los chicos que se mantenían más alejados corrieron y saltaron los muros del camposanto, no sin antes contemplar, con los ojos rojos de terror, cómo sus compañeros se levantaban torpemente igual que marionetas resucitadas, y el viejo fantasma sin identidad ni voz les guiaba a pasar, uno a uno mientras lloraban de pavor y sufrimiento, al otro lado de la verja, al interior del panteón familiar de Samuel Lápida.

FIN

Por Marcos A. Palacios.

Publicado originalmente en el blog La Biblioteca de los Malditos, 2018.

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No ganarás la guerra

Desde la loma más alta contemplaba el bosque infinito de pinos blancos. La Luna llena brillaba tanto que la nieve casi cegaba la borrosa vista de Rüdiger. Miraba a todas partes sin encontrar salida al laberinto de árboles que se extendía como algo imposible, algo soñado. Medio desfallecido bajó de nuevo al cauce del río, pues si seguía su curso, pensó, en algún momento encontraría ciudades o poblados donde poder comer algo. De su memoria surgían velos de inconsciencia que, a ratos, le obligaban a vacilar de su empresa.

El río se estrechó unos metros y los pinos inundaron la orilla, casi como si el agua se convirtiera en vías de ferrocarril dentro de un túnel de vegetación. Rüdiger observó sus manos, callosas y adormecidas. Rápidamente rebuscó en su pecho, debajo de la ropa, y sacó su chapa identificativa. Rüdiger Kähler/Grupo Sanguíneo 0. Mientras recordara quién era existía esperanza de sobrevivir.

Un amago de parálisis lo derribó de lado junto a un tronco, lo que frenó su caída a la espesa nieve. La garganta le carraspeaba incesante, como cuando hacía gárgaras, pero con un sonido inquietantemente lastimero y aterrador. Sufrió varias convulsiones hasta calmarse y respiró hondo. El vaho expulsado de su boca se difuminaba dejando ver, entre los troncos, una luz suave, de candil posiblemente, pues no bailaba como lo hacen las llamas de una hoguera. ¿Quién podría vivir en condiciones ambientales tan hostiles? Pensó que era una pregunta absurda, pues ni él mismo sabía dónde estaba.

Se acercó sigilosamente, como si aún se encontrara en el frente. Camuflado con su uniforme se arrastró hasta situarse a dos metros de la cabaña. Parecía una izbá, muy mal construida pero firme. Le llegaron voces que provenían del interior sin llegar a entender nada, así que afinó el oído tanto como pudo  para lograr comprender las palabras. Era ruso; por lo tanto Leningrado no se hallaba muy lejos, o quizá sí. Daba igual, pero lo extraño era no escuchar cañones ni ver aviones sobrevolando la zona. Podría ser un pueblo alejado de la región, dada la extensión de bosques que cruzaba. Miró por una ventana, con cautela. Había un matrimonio y dos niños. En ese momento, la mujer enviaba a los dos pequeños, niño y niña, a la habitación, posiblemente a acostarse. Rüdiger calculó que no debían ser más de las siete u ocho de la tarde. En apariencia no parecían hostiles, por lo que se dejó caer detrás del tronco de un árbol para descansar y pensar su próximo movimiento.

Despertó con terribles dolores de cabeza. Apenas con fuerza, intentó incorporarse del lecho donde se hallaba. Su cuerpo parecía descansado y, sin embargo, sufría cuando movía las articulaciones.

-Zdravstvujte, továrisch –fue la voz ronca que le habló desde lejos.

Giró la cabeza y contempló el rostro barbudo del hombre de la izbá. Rüdiger, con pleno conocimiento, respondió.

-Ochen pryatna poznakomitsya, vasha mílost –respondió.

-Salta a la vista que usted no es ruso, y que no sabe hablar bien mi idioma –el hombre de la barba ofreció a Rüdiger un recipiente con una bebida caliente-. Beba, no quiero que se muera de frío. Está usted al borde de la hipotermia.

Con todas sus fuerzas, Rüdiger contorsionó los dedos de las manos, pálidos y quejumbrosos, se estiró y agarró el tazón. Bebió sin siquiera oler o tentar el brebaje. Sabía a pan.

-¿Qué es? -preguntó.

Kvas de trigo. Es lo único que le puede mantener caliente. Eso y el fuego –había una hoguera encendida en la chimenea. Rüdiger fue consciente de que el frío había desaparecido de su cuerpo. Ahora se sentía mucho mejor.

-Lleva usted unas ropas extrañas, camarada –afirmó el hombre-. ¿De dónde proviene? ¿Se ha perdido o está huyendo?

La pregunta del desconocido tranquilizó a Rüdiger. Alguien incapaz de reconocer a un soldado alemán en pleno bosque de la Unión Soviética no podía ser enemigo. Barajó la posibilidad de deshacerse de esa familia y esconderse durante unos años allí. Era como ocultarse en el fin del mundo. Sin guerra. Sin hambre. Al fin, habló.

-Vengo de Stalingrado. El frío invierno ha quebrado mis tropas. Soy alemán –musitó. El riesgo era muy alto.

-¿Y qué hacía allí un alemán? Ustedes no están acostumbrados a estas temperaturas. ¿Un desertor? –preguntó el hombre.

-Sí –contestó. Ya tenía la prueba-. Mi vida está antes que morir de inanición y frío por mi patria. Creo que llevo días vagando por los bosques. Si vuelvo me ejecutarán. Pero ustedes…

-Tranquilo, továrisch. Dios le protegerá –interrumpió el hombre, suavizando su voz y tocándole el hombro con la palma de la mano–. Descanse. ¿Y dice usted que viene desde Stalingrado?

Asombrado por su descubrimiento, Rüdiger no contestó al hombre y miró a su alrededor. Había una cruz cristiana sobre la chimenea y varios iconos de santos repartidas por las maltrechas paredes de la izbá. Había encontrado una familia cristiana, creyente, posiblemente bondadosa y humana. Allí no corría peligro. Ante todo, el hecho de que aparentaban desconocer que Alemania había invadido la Unión Soviética, de que la II Guerra Mundial había devastado media Europa, era garantía de que no sería denunciado.

La mujer entró en el hogar, sola, y miró a su marido. El hombre se levantó. Se miraron con la faz sombría. A Rüdiger no le gustó ese gesto. Quizá la ignorancia que mostraban era fingida. El hombre se volvió a mirarle y sonrió.

-Disculpe nuestros modales. Mi nombre es Anshl Lykov. Esta es mi esposa, Masha –señaló a la mujer, quien hizo un leve movimiento de cabeza que indicaba saludo. Tenía unos treinta años. La cara aparecía sonrosada a la luz de la leña del hogar. Murmuró a su marido algo que parecía una despedida, se persignó con dos dedos –el índice y el corazón- y se marchó a la habitación donde poco antes había entrado con los niños–. Vivimos aquí con nuestros hijos. En esta época apenas salimos. El resto del año cosechamos y elaboramos nuestros alimentos para el invierno. Con treinta grados bajo cero, ahí fuera solo podría sobrevivir un animal. O un demonio.

Pronunció las últimas palabras abriendo los ojos y mostrando los dientes, apretados, para acabar riendo. Rüdiger se sintió amenazado y se inclinó hacia atrás. Continuaba sentado en el lecho. Observaba a Likov, quien cambió su expresión por una más calmada y menos sardónica.

-Ha tenido usted suerte -dijo, de pronto, Likov-. Ahí fuera hay muchos peligros.

-Lo sé. Osos, zorros… tormentas de nieve. El frío… -respondió Rüdiger, en tono importante.

-Peor que eso… -y la boca del hombre quedó entreabierta pese a haber terminado de hablar.

-¿Qué hay peor que la muerte? –preguntó Rüdiger con tono de fastidio.

-¡La no muerte! El Vurdalak –dijo el hombre, acariciándose la barba.

-¿Qué es eso? ¿El infierno ruso?

-Es la no muerte acechando en el bosque. Vampiros de la taiga que se alimentan de nuestra sangre.

-Usted es cristiano. No debería creer en eso –y se incorporó de nuevo, para sentarse en el lecho. Algo le picaba en el cuerpo, abrió la casaca y la camisa a la altura del pecho y su hombro. Contempló las heridas de las batallas. Debido a la falta de higiene se le habían infectado y tenían peor aspecto. Pero daba gracias de que no gangrenaron por el terrible frío.

El soldado miró al hombre con el rostro descompuesto. Estaba loco, sin duda, y aunque no parecía peligroso, no confiaba en su suerte. Perdido en un bosque desconocido, con una familia campesina, sin recursos, aislados de toda señal de civilización. El corazón se le detuvo, o eso creyó Rüdiger, faltándole el aire. Perdida la vista, se tumbó en el lecho y poco a poco iba perdiendo la consciencia, mientras el hombre le espetaba palabras ininteligibles. Apenas podía oír.

-Por… favor… quiero irme –Rüdiger deliraba para sus adentros. Repentinamente agitó la cabeza como aguzado por un intenso dolor y arrojó un suspiro. En aquel momento sintió recuperar sus sentidos–. Dígame, Likov, si esto no es peor que la muerte…

-Antes ha dicho que venía de Stalingrado. ¿Qué hacía allí? -la curiosidad del hombre hizo que insistiera en sus preguntas.

-La Guerra. ¿Acaso no vive usted en este planeta? –Rüdiger estaba casi enfurecido. Qué hombre tan ignorante. Pero un hombre al fin y al cabo, que le estaba salvando de la muerte. Lo miró fijamente y descubrió una humildad que jamás había sentido en su vida-. Mis tropas invadieron Stalingrado, pero fue un error. El invierno nos está matando. He huído del hambre y el horror. Mi vida es más valiosa. Le agradezco que intente salvarme, pero si va a denunciarme…

-¿Por quién me ha tomado? ¡Soy un hombre de Dios! –Likov se levantó, iracundo–. Todo ser tiene derecho a ser  amado y a vivir. Usted ha elegido ese camino. Usted también es un hombre de Dios. Prefirió no matar para vivir. Una decisión cobarde la de desertar, quizá, pero a partir de hoy nunca volverá a levantar un arma contra un semejante. Que Dios le bendiga, soldado –y diciendo esto, volvió a sentarse, atusándose la barba.

-Rüdiger, továrisch. Ese es mi nombre –se hizo un silencio pacífico, como si los dos hombres hubieran descargado toda su ira y la calma los venciera.

-Mi familia y yo vivíamos en Stalingrado –comenzó a relatar Likov-. Mi hermano Piotr fue asesinado por nuestras creencias religiosas. Somos creyentes viejos, desligados de los ortodoxos. Difícilmente nos aceptan en sociedad. Tuve que elegir escapar con mi mujer una mañana en que la policía se aproximaba a interrogarnos. Escapamos por muy poco. Pero creemos que el resto de nuestras familias fue ejecutado –Anshl bajó la mirada y unas lágrimas asomaron en sus ojos irritados-. Y todo en nombre de Dios…

Entonces Rüdiger recordó a un joven soldado español que fue destinado a apoyar las tropas alemanas en el sitio de Stalingrado. Formaba parte de la División Azul franquista. El jovenzuelo, pese a todo, sonreía a diario, a pesar de las muertes de sus compañeros, del hambre, de las fiebres y las diarreas que mermaban su salud. La vitalidad de aquel muchacho, pensó, le otorgó fuerzas para seguir. Había, no obstante, algo en la vida que hacía que mereciese ser vivida…

-Mi gente está matando a la suya –irrumpió Rüdiger, con palabras apresuradas-. El Tercer Reich se alza y un nuevo imperio brillará bajo el Sol, por la gloria del Führer.

-Továrisch Rüdiger –dijo Likov-. No sé quién es ese Führer del que habla, ni la guerra que ha mencionado. Llevamos muchos años viviendo en este lugar. Mis hijos nacieron en la paz del verano de estos bosques y nunca hemos oído ni visto nada desde la Gran Guerra. Solo estamos mi familia y Dios. Ningún hombre vivo ha pisado nunca estas tierras. No debe tener miedo, sea feliz.

-Me iré cuando amanezca. Y le aseguro que, allá donde vaya, no volveré a matar. Dígame, ¿dónde nos encontramos? Necesito orientarme.

-Hace cinco años salí de estas lindes. Encontré algunos pueblos a mucha distancia de aquí. Por eso puedo decirle que estamos en la taiga siberiana –para Rüdiger esa información era incompleta.

-Mire, solo necesito saber si Stalingrado queda lo bastante lejos.

-¿Lejos de Stalingrado? Todo lo lejos que podría desear. ¿Puede explicarme cómo, en su estado, ha recorrido más de tres mil millas en pocos días, a la intemperie, sin comer ni dormir? No me mire así, le digo la verdad, así que sea usted sincero conmigo. Ahí fuera hay lobos y bestias. El frío siberiano es inhumano. Los vurdalak están al acecho. Usted me está mintiendo.

La mente de Rüdiger era difusa. Tras la pequeña ventana el viento se había levantado y la espesura del bosque no permitía ver más allá de unos cuantos pies de distancia. La Luna Llena seguía coronando el cielo con su luz clara, diáfana, en una noche estrellada y hermosa. De Stalingrado al centro de la URSS, un viaje borrado de su memoria. ¿Podía creer a ese hombre piadoso, eran verdaderas sus palabras? Recordó que el silencio de la taiga aportaba pruebas de que la guerra que se libraba en media Europa quedaba tan lejos, a medio mundo, que sí era posible. Pero ¿cómo había logrado atravesar miles de millas saliendo ileso?

-Duerma un poco. Mañana hablaremos y quizá recuerde todo –le aconsejó Likov.

Rüdiger se tumbó en el lecho, junto al fuego, y seguidamente se escondió entre las mantas de gruesa lana. Likov apagó los candiles –uno sobre la chimenea, otro junto al hornillo-, y se sentó en una silla, cubriéndose con lo que se parecían pieles de reno. El desafortunado soldado quedó mirando a la nada, sumido en pensamientos nada reales.

Cerrando los ojos, procuró abandonarse al sueño de un Morfeo cruel y monstruoso. Pero en sus delirios recordó el espeluznante encuentro con un huargo terriblemente gigantesco, de pelaje lanoso y blanco como la nieve que le observaba desde una meseta cercana, siempre con la Luna acechando. De entre sus fauces borboteaba una baba sanguinolenta, roja, tan espesa como el brillo de sus ojos. Dando un salto sobrenatural, llegó a los pies de Rüdiger, cayendo con furia sobre las patas. Alzó su horrible cabeza, parpadeó… y movió la cola. De pronto, la enorme masa lupina emitió unos cariñosos sonidos, como un perro buscando calor humano, y comenzó a lamerle la mano. La voracidad del monstruo desapareció y Rüdiger, temeroso, acercó la mano al animal, acariciándole el hocico, primero, y la cabeza después. Tal mansedumbre le sorprendió pero acabó aceptando a su nuevo compañero. Como gesto de triunfo, amor, o quién supiera, el huargo aulló tan fuerte que los árboles del bosque se agitaron violentamente, tal como si una ventisca descomunal atravesara la taiga. Rüdiger imitó al huargo alzando la vista al cielo y lanzando un bramido sobrecogedor incluso para él. El sonido de su garganta ululaba como una bestia surgida del mismo infierno hasta que la presión del grito en las cuerdas vocales le apartó de aquellos pensamientos.

Tenía los miembros entumecidos. Se abrazó el tronco sin suerte, seguía sintiendo el gélido viento siberiano emanando desde el interior de su propio cuerpo. El tacto de su piel le pareció rugoso y áspero, desagradable. A su alrededor, la oscuridad de la izbá era cortada por un tajo de luz de luna atravesando el cristal de la ventana. Casi ni sentía los latidos de su corazón. Rüdiger, con la desesperación recorriendo todo su cuerpo, escuchó crujir los huesos al levantarse del lecho y advirtió una sed insaciable. La lengua le raspaba como piedra pómez y una rabia invadió su templanza. Olfateó el aire dirigiendo la mirada hacia el rincón donde Lykov dormía en su silla. Entonces, puso en marcha sus pasos hacia él en el momento en que su mirada tropezó con un pequeño espejo sobre el hornillo, que quedaba, a su vista, a la derecha de su anfitrión.

Era su rostro reflejado, más parecía envejecido, pues los ojos, saltones y amarillentos, salían hinchados del rostro quebrado y mortecino. Entre los labios ya no encontró dientes, pero sí colmillos irregulares, afilados. El aspecto de su pelo no podía ser más deplorable, de un blanco ceniciento que envejecía su terrorífica faz, en la cual posó sus manos para asegurarse de que no era él. Sin embargo, comprobó que ningún otro ser más que él se encontraba delante del espejo. Observó las manos, huesudas, acabadas en uñas tan largas como una navaja oxidada.

-¡Vurdalak! –la voz de Anshl Lykov resonó con un eco turbador.

Rüdiger se volvió a su anfitrión, cuya figura era contorneada por las sombras.

-¿Qué me has hecho, maldito? ¡Mira en qué me he convertido! –exclamó Rüdiger con furia.

-Tovarisch -replicó Lykov-, Dios así lo ha querido. Seguramente fue usted mordido por un vurdalak mientras escapaba de sus compatriotas en Stalingrado. La taiga está poblada de decenas de esos seres, acechando a las familias campesinas o regresando de sus tumbas. Apenas se acuerda usted de nada porque su cuerpo cambiaba al tiempo que perdía la humanidad, hasta que llegó aquí. Pero no todos los que son mordidos por vurdalaks acaban siendo vampiros. Algunos mueren. Ahora que lo sabe, váyase o será enviado a las tinieblas –y al decir esto, Lykov, dando dos pasos a su derecha, situó su cara en pleno rayo de luna.

El aspecto del hombre ya no era del piadoso campesino que se esforzaba por salvar la vida a un moribundo soldado nazi. Su piel era más pálida, de tacto reseco, tirante. Los labios habían adquirido un tono violáceo, envolviendo unas mandíbulas color vino. Emergían de ellas dos finos colmillos que relucían en una sonrisa calmada.

-¿Quién eres? ¿Acaso todo el mundo aquí es un monstruo? -exclamó, confundido, Rüdiger.

-No soy como tú, si es a lo que te refieres. Soy un upir –la voz del hombre sonaba ronca pero muy humana, al fin y al cabo-. Un vampiro diferente. De aquí a unos instantes te sobrevendrá una imperiosa sed de sangre, pero no dejaré que asesines a mi familia. Te estoy dando una oportunidad, vurdalak.

Rüdiger rugió y golpeó una mesa que se encontraba cerca de él arrancando una de las patas, que partió en dos para convertirla en estaca.

-¿Un vampiro que cree en Dios? –amenazó a Lykov con la estaca. Los sonidos guturales que arrancaban de su garganta avisaban al enemigo de que no estaba dispuesto a perdonarle la vida–. Con esta estaca, maldito príncipe de las tinieblas, acabaré con tu existencia y tú y tu familia me alimentaréis.

-Si no luchas en una vida plagada de peligros, es que no mereces vivir –manifestó el campesino.

Al acabar esas palabras, Rüdiger se lanzó sobre Lykov alzando la garra que tenía libre para despellejarle el cuello y poner a su disposición la sangre que necesitaba, mientras que la garra con al que sujetaba la estaca buscaba firmemente el corazón de Lykov, quien aparentaba menos ferocidad, y esa fue, posiblemente, la ventaja del campesino, ignorando Rüdiger que el upir poseía otras facultades. Ya ambos en el suelo, con Rüdiger sobre Lykov, el upir abrió la boca que ya no parecía humana, sino un abismo de brillantes clavos que iba expandiéndose flexiblemente hasta una anchura con la que podía tragar una cabeza humana. En lugar de eso, Lykov asestó a su enemigo un colosal mordisco en el pecho, lo que ocasionó que estallara sangre a borbotones. El vurdalak hizo retumbar la izbá con un conmovedor bramido, tan agudo que los cristales de las ventanas reventaron a pedazos invitando al viento y la nieve a penetrar en el cálido hogar, ahora escenario de una batalla de ultratumba.

Lykov bebía la sangre de Rüdiger mientras a éste le abandonaban las fuerzas. Su cuerpo, aún agitándose, fue retirado al suelo por el upir. Miró al vurdalak, su pecho destrozado, gimoteando como un animal moribundo.

-Dios no te juzgará –espetó Lykov-. A mí tampoco.

Diciendo esto, el upir, persingándose con los dedos índice y corazón, murmuró una plegaria al tiempo que arrancaba el corazón, ya reseco, del soldado, y, como si de un acto rutinario se tratara, lo devoró en segundos, acariciado su rostro por la Luna y el viento gélido que depositaba en su barba copos de nieve pequeños, suaves, cristalinos. Con la mano limpia cerró los ojos a su víctima y lloró.

-Que Dios te bendiga.

Tras la puerta de la habitación, levemente entornada, asomaba la ojerosa mirada de la madre, Masha, junto con los pequeños. Permanecieron en esa posición unos instantes y, después , cerraron la puerta para continuar su sueño.

FIN

Por Marcos A. Palacios.

Publicada originalmente en el blog La Biblioteca de los Malditos, 2016.

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Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

El agua salobre

Resulta difícil de asimilar que el pueblo de tu infancia haya cambiado tanto. Envejece, como las personas. Con la diferencia de que una plaza o una calle las puedes remodelar, y vuelven a estar nuevas. No sucede lo mismo cuando me miro al espejo. Pasar de los cuarenta no es motivo de alarma, pero observo la piel que pierde la frescura que tenía hace tan solo unos meses; y los párpados, caídos, que piden cerrarse y dormir todo el tiempo.  Continuar leyendo “El agua salobre”

Plañideras del tiempo

Era de noche toda la vida. Del cielo caían las estrellas como una lluvia de luciérnagas que se desprendían hasta el infinito mar de la tierra. Ese mar era insólito como la oscuridad que nunca se iba. Igual que los astros palpitan en el Universo sobre nuestras cabezas, así el agua marina refulgía intermitente, suave y cálida. No había más luz que la luz del mar. Su fondo, aún sin descubrir, guardaba un secreto deslumbrante. Continuar leyendo “Plañideras del tiempo”

Cómo convertirse en bestia

Lo primero que hay que saber cuando tienes intención de transformarte en un ser terrible, es que tu corazón debe albergar fe. Si no, no vale para nada cualquier intento. Todo sería en vano. Solemos creer a pies juntillas en sentimientos abstractos, intangibles, como la amistad, el amor —¡qué relativo y ambiguo, el amor!—, y todas esas cosas que nos enseñan en las películas y series de televisión noñas. No, amigos, la fe propia debe provenir de las creencias de cada uno, sin que mancha externa alguna la pueda manipular. Continuar leyendo “Cómo convertirse en bestia”

Olvidé vivir

Me olvidé vivir. Hoy, un día gris, me ha quedado claro. Ha sido inesperado, igual que esa llamada de alguien que no pensabas volver a ver. También me han saltado las lágrimas; obviamente lo digo en sentido figurado, porque un muerto no llora. Lo que sí he notado es la sensación angustiosa del llanto frustrado, antes tenía sueños así. Lloraba de forma exagerada y mis ojos permanecían secos, hasta que despertaba con el desasosiego de haber perdido algo, o a alguien. Continuar leyendo “Olvidé vivir”

Cuestionar la Eternidad

I. Detaure.

He visitado planetas con civilizaciones dispares entre sí, incluso con sociedades y filosofías opuestas entre ellas conviviendo en el mismo espacio, compartiendo vida y tiempo. Ya no me sorprende nada, provengo de un lugar que quizá ya no existe, puesto que desconozco qué ha sido de mi propia civilización. Desde que abandoné mi planeta no he vuelto a tener contacto con nadie. No es culpa mía, no me considero un desertor, como, al principio, muchos consideraban. Continuar leyendo “Cuestionar la Eternidad”

La Biblioteca de los Malditos. Un relato de Marcos A. Palacios.

Aprovechando unos días de vacaciones acudí a un seminario de literatura en la ciudad de Toledo. Durante los días que iba a hospedarme en la ciudad de El Greco no pude sino quedar maravillado ante la elegancia natural del legado de las Tres Culturas, de la atmósfera de misterio y leyenda que profesan sus calles empedradas de pasajes laberínticos, de la caótica armonía de la judería, con sus teselas en alfabeto hebreo colocadas estratégicamente en desapercibidos rincones de escaleras y suelos… tan fascinado me encontraba en esos días otoñales, cuando el cauce del Tajo eleva el perfume húmedo de sus aguas hacia el Alcázar y el apagado azul de las nubes tiñe las fachadas con su fantasmal velo medieval; tan intensas eran mis sensaciones de pertenecer a un pasado de gloria y sabiduría, que me perdí una tarde oscura y de silencio arcano intentando alcanzar la plaza del Zocodóver, acompañado únicamente por los gritos de una urraca rebelde que me vigilaba impertinente desde un tejado.

Miraba, pues, al indiscreto pájaro allí posado, cuando un trueno obsceno lo asustó, y por Zeus que creí que el corazón se me escapaba con el aliento al pasar rozando mi cabeza la urraca espantada, y que de su oscuro pico saldrían las temidas palabras que Poe acuñó en voz de su diabólica mascota, aquel «¡Nunca más!» profético que petrificaría mi alma condenada por la eternidad. En vez de eso, nada pasó, salvo que el desdichado córvido se posó sobre el dintel de una puerta de altura considerable, madera antigua y roída por la carcoma, adornada con un cartel donde podía leerse «Bibliotheca».

Quiso mi inconsciente impulso atravesar aquella monumental puerta para sentir, una vez pasado el umbral,, el perfume añejo del papel incunable, la humedad reconfortante de los monasterios montañeses y el agrio aroma de… del pepino en la ensalada veraniega de mi niñez. Bajo la sombra de un gran busto de Fílira un señor de expresiva energía y monumentales patillas blancas me sonreía mientras acarreaba una montaña de libros en sus brazos.

―Claro que usted también lo ha notado, joven. Aquí las normas son muy específicas, pero algunos socios ya son de la casa y hacen lo que quieren. Mire usted, mientras los demás no se quejen…

―¿Es esto una biblioteca como reza el cartel de la entrada, señor?

―¡Por supuesto, joven! Bienvenido a la Biblioteca de los Malditos… ese nombre no se lo he puesto yo, claro. Han sido ellos.

―¿Ellos? ¿Los socios?

―Son muy especiales, ya lo verá. ¿Y usted? ¿De qué ha muerto? Diría que es el más joven de todos… ―el bibliotecario se atusó una patilla con la mano que le quedaba libre. Mantenía con astuto equilibro más libros con el otro brazo, parecía más bien un artista de circo por la postura musical que adoptaba yendo de aquí a allá con todos esos volúmenes, ricamente encuadernados. ―¿Ha traído sus obras para el disfrute de esta comunidad?

Debió ser mi desconcierto y exudación lo que alarmó al bibliotecario. ¿Muerto yo? ¿Cuándo? ¿Acaso se cumplió la maldición de Poe con esa urraca maldita? ¿Era mi destino viajar a Toledo para encontrar al pájaro de la Parca, al ave de Hades que me condujo cual Caronte a la biblioteca del infierno?

―¡Oh, siéntese, caballero! Creo que solo es un sencillo visitante, ¿me equivoco? ¡Cuánto lo siento! Viéndolo así, con ese aspecto y ropas tan anticuadas… no es que estén viejas, no, pero en pleno siglo XXI… no es muy común.

―Me gusta vestir así.

―¡Por supuesto! Y, ¿puedo saber cómo se llama usted, joven literato?

―Llámeme Otis. El resto es un capricho de mis padres. Entonces, señor bibliotecario, esto no es una biblioteca normal, por lo que estoy viendo.

―¡No lo es! ¡Es la mejor biblioteca del mundo! Pase, dé una vuelta para concer nuestro fondo y nuestros socios. Somos una gran familia. Algún día también usted podrá ser socio… espero que dentro de mucho tiempo, aunque por lo general no suele ser así.

―¿Sabe? Me resulta usted familiar.

―Si solo le resulto familiar significa que no ha leído usted mi obra y le importo un carajo. Anda, vaya a conocer a los socios y clientes y maravillarse ante este paraíso que es nuestro templo de literatura. Y déjeme terminar de ordenar todo este lío. Lo que sí le digo es que hoy no han venido muchos, así que olvídese de ir recorriendo los pasillos como un infante alterado buscando a sus escritores favoritos entre los que, sin duda, yo no me encuentro.

No entendí nada de lo que dijo. Al principio tuve la sensación de que era un señor equilibrado, pero sus palabras finales me desconcertaron y creí estar ante un chiflado al que los libros, cual Alonso Quijano, habían vuelto loco.

La primera sala a la que accedí podría describirse como un salón de ocio. Lo que sí pude advertir fue la antigua estructura, de techos abovedados pulcramente policromados con escenas mitológicas, columnas estucadas y muebles tan antiguos como mi estilo de vestir. En un rincón contemplé a dos figuras ataviadas con ropajes semejantes a los míos, aunque quizá más modernos incluso, que ya era decir. Si al bibliotecario le llamó la atención, entre la gente de mi entorno era el objetivo de habladurías y miradas extrañas. Eran un hombre y una mujer, de edades similares, y ambos reían de una manera especialmente escandalosa. Él estaba de espaldas pero se le veía joven, y ella se limpiaba la boca con una delicada servilleta.

―Mire, tío, un visitante. Joven, acérquese ―dijo la mujer, levantándose y sosteniendo una bandeja. Me ofreció el contenido de la misma, y en ese momento vi el rostro del amor y de la desgracia en aquellos ojos profundos, sinceros y arrogantes.

La feminidad de aquella amable doncella contrastaba con el fuerte carácter de sus formas faciales. La miré de los pies a la cabeza. Sus ropajes destilaban colores y telas exóticos y su cabeza estaba coronada por una bella diadema que alejaba todo el pelo de su frente hacia atrás, como una reina asiática. De su cuello colgaban, como lágrimas, collares de perlas que tintineaban en un sonido hueco y danzarín. Permaneció en aquella postura hasta que me decidí a hablar.

―Gracias, señorita, pero no tengo hambre.

―No puede irse sin probar estos canapés de pepino, muchachito. Ande, coma, coma.

Accedí y tengo que reconocer que fue como probar un bocado de dioses. Aquel manjar debió salir del Olimpo gastronómico, porque no me explico, aún hoy, cómo jamás llegué a probar algo tan efímeramente delicioso.

Después de que la señorita aplaudiera, mostrando así su satisfacción ante mi inequívoco placer, su tío se dio la vuelta para hacerme caer de un susto. Aquel hombre era Oscar Wilde, si bien mis ojos o mi imaginación no me engañaban. En su porte de imponente orgullo y labios carnosos y ambiguos encontré su expresión de máxima felicidad al mirarme, y sus ojos, de caída triste que denotaban humilde carácter bajo su capa de dandy y personaje público escandalizador, se abrieron al contemplarme allí, de carne y hueso, asustado e incrédulo.

―Tío, ni se le ocurra espantar a este hermoso joven… ―dijo la mujer. Pero, ¿cómo que era su sobrina si debían tener la misma edad?

―Dolly, querida, quiero hablar con este simpático gentleman a solas. Quiero enseñarle la biblioteca. Puede que tengamos mucho en común.

―Pero… usted… es Oscar Wilde. ¿Cómo es posible este sortilegio? ¿A qué lugar encantado he llegado? ¿O es mi alma, que vaga perdida por los campos del amargo sueño de la muerte?

―Mmmm… veo que no es solo usted hermoso, sino poeta. Venga, venga, quiero enseñarle primero el patio. O debería llamarlo claustro. Es un lugar de exquisita tranquilidad para gente como… nosotros.

―Que pasen un buen rato ―exclamó Dolly. Oscar desplazó su brazo entre el hueco del mío a modo de acompañante, a la antigua usanza. Me sentí cómodo con este gesto, ya que soy admirador de las costumbres obsoletas.

―¿Desea unos bombons? Quizá después de ese horrible canapé de mi sobrina no le haya quedado buen sabor de boca.

―Gracias, pero está bien así, señor Wilde.

A pesar de mi estupor por aquella vivencia, la compañía suponía tan especial evento que la preocupación pasó a un segundo plano. No obstante, tenía muchas preguntas. Cruzamos un pasillo que dio directamente a un claustro de hermosa majestuosidad gótica. El cielo ya oscurecía, había expulsado a las invasoras nubes que provocaron que tuviera el fantasmal aspecto de una eterna tormenta y dio paso a su manto eléctrico con algunas motas brillantes aquí y allá. Paseamos a la luz de las velas que se alojaban en oxidados candiles. El frescor aumentó con las gráciles ráfagas de brisa.

―Pero, ¿dónde se encuentra la biblioteca? ―pregunté.

―Allí, al otro lado del claustro, en aquella puerta. Pero ¿por qué tiene tanta prisa? Admire el brillo de las diminutas estrellas. Desde aquí tenemos una idea tan equivocada de ellas…

―Bueno, la idea que yo tengo es que, o bien estoy muerto, o esto es un sueño extraño.

―Nada de eso, joven…

―Otis.

―¡Otis! Ni en toda mi vida Baco me gastaría esta broma maravillosa. Sepa que usted ha cruzado esa puerta de allí afuera como lo haría un atleta griego al llegar a su deseada meta, al premio de todos sus esfuerzos y sudores. Y no le quepa la menor duda que este grato Caesar que le acompaña será quien le obsequie con lo que más desee en este mundo…

Wilde fue interrumpido por un sollozo tenue que pronto se convirtió en un alarido de pavor. Provenía del centro del claustro, de una figura a medio trazar apoyada junto al pozo. Las sombras del anochecer, conjugadas con la luz de las velas pretendían hacernos creer que quien allí estuviera aparecía y desaparecía con cada latido de corazón, como un alma ausente de su purgatorio que todavía no sabía a dónde debía dirigirse.

―No le haga caso, joven. Es Gustavo Adolfo Bécquer. Está medio dormido allí, como un grillo entre la hierba, lejos de todos. La verdad es que no sé si está loco o si, sencillamente, es un loco encantador. Ahora andará buscando su rayo de luna. No sé para qué…

Nada más acabar Wilde su profética frase, una nube inquieta dejó entrever la Luna, antes oculta, y un rayo leve a la deriva alcanzó al hombre triste del pozo, y pude distinguiren él la perilla y los rizos de Bécquer, tan parecido y orgulloso como aparecía en esos billetes de cien pesetas que aún guardan mis padres. Entonces, supuse que me encontraba en el escenario de alguna obra de teatro de una compañía de actores que, con su natural parecido a aquellos personajes y un poco de mágico maquillaje, entraban en la piel de tan conocidos autores pasados. No cabía duda de que todo era un montaje, delicioso por una parte, en el que habían conseguido que me creyera en otra época, en otro lugar y momento. Decidí seguirles el juego. Podría ser el germen de una historia para la revista universitaria.

Mi primera jugada para acompañar al falso Oscar Wilde a la biblioteca fue interesarme por él, por su vida. Me contó que a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte, no podría decirse que su estado fuera tal; lo mismo ocurría con el resto de socios. «Estamos aquí en permanente búsqueda de nuestras vidas», dijo, cerrando los ojos para otorgar un aire de maestría a su frase.

Llegamos a la puerta a la biblioteca. Sentí la gran necesidad de repeinarme para estar presentable ante semejante hazaña. ¿A quién me encontraría en esta ocasión? ¿Qué me habría preparado esta magnífica compañía de actores para deleitar mi gusto literario? ¿Acaso no sería la broma de algún compañero, puesto al día de mis preferencias, el que, a través de aquellos personajes, quiso regalarme el homenaje de mi vida? Ahora sí que entré en éxtasis cuando Oscar Wilde abrió la enorme puerta de madera lacada, semejante a la de la entrada principal pero, en esta ocasión, contenía altorrelieves de escenas míticas en la historia de la literatura: ‘La Divina Comedia’, ‘Drácula’, ‘El jorobado de Notre Dame’, ‘El Rey Amarillo’… resultaba una mezcla un tanto excesiva a la vez que impactante. ¡Diríase que fuera uno a atravesar el verdadero Infierno acompañado del hombre más glamouroso del mundo! En su lugar, aparecimos los dos en un salón de imposible y grandiosa belleza donde las estanterías ocupaban la práctica totalidad de la superficie y las paredes; con numerosas escaleras en caracol que conducían a los ejemplares más elevados, los cuales ya estaban próximos a un cielo azul y nuboso que representaba la cúpula sobre nuestras cabezas, todo él con angelitos asomados a una policromada barandilla, que nos observaban como espectadores de un teatro celestial.

Pero no podía ser posible que tal edificio estuviera en los callejones toledanos. Podría tratarse de un trampantojo, el mayor y más hermoso trampantojo que haya visto jamás en mi vida; el efecto óptico mejor conseguido a la altura de Mantegna. ¡La subida al cielo que todo mortal desearía para su pobre alma!

―¿Se puede saber qué miran? Bajen sus cabezas, así solo conseguirán hacer crujir sus cuellos como tostadas ―exclamó el bibliotecario a dos pisos sobre nosotros, mientras conducía un carrito repleto de libros que, cuidadosamente, iba colocando en su lugar. No, no estaba equivocado, no existía ninguna ilusión. Pero… ¿cómo podía ser…?

Al momento, unas risas dicharacheras inundaron los pasillos de la biblioteca. Wilde, todavía tomado de mi brazo, me condujo a través del laberinto de miles y miles de ejemplares repartidos armoniosamente en las estanterías, casi tan antiguos y polvorientos como un baúl olvidado en una guerra. En un rincón, sobre un grupo de mesas de estudio más parecidos a las de los scriptorium, un hombre y una mujer morían literalmente de risa ante un pobre y maltrecho pordiosero que, acurrucado frente a ellos, parecía delirar. Wilde pareció llenarse de ira y se dirigió a los dos payasetes con efusiva ira.

―¿Ya están molestando otra vez al señor Poe? No me esperaba esto de ustedes. ¡Y éste escándalo! Entendemos que hoy no hay nadie más que ustedes aquí, pero las normas son las normas. Señor Poe ―dijo tiernamente acercándose al oído del pobre diablo―, ¿me escucha?

―No le va a hacer caso ―contestó la joven muchacha, vestida con indumentaria claramente en desuso―. Está borracho. Mañana ni se acordará.

Y volvió a reír. Esta vez, su acompañante no le secundó, sino que guardó algo detrás de él para que Wilde no lo viera. Pero fue tarde. El gigantesco dandy ensombreció su rostro y un ictus de terror deformó la alegría de los burladores.

Así que allí estaba con Poe… su frente y bigote eran inconfundibles. El desdichado Edgar Allan Poe. Como un arrebato de resurrección tras un ataque de catalepsia, Poe explotó en un delirio poético que nadie esperaba presenciar.

«¿Dónde seré conducido yo,

infame muñeco mortal, cuando la muerte,

seca y despiadada, no quiera visitarme más,

se aleje y rehúya de mí como olas de tempestad?

Se pudrirán mi cuerpo y mi alma en vida

y el deseo último de mi ser jamás se cumplirá.

Mi virginal objeto de amor escapa ya ante mi presencia,

agusanado rostro del martirio eterno…»

Y una vez más, Poe sucumbió al vino, y dejó de hablar.

―Suerte que se ha callado… ―susurró la joven. Observándola bien, tuve la impresión de conocerla, más no caí en la cuenta de quién podría ser. En cambio, el hombre junto a ella, era inequívocamente Howard Phillips Lovecraft.

El semblante abismal de aquellos ojos, la boca hermética, aquella postura incómoda ante la gente… Lovecraft, cuya idea de talante nervioso se derrumbó allí mismo al contemplar a una persona llena de alegría y humor… ¿Qué estarían haciendo a Poe? ¿Qué escondía Lovecraft que no quería que Wilde descubriera? La astucia del dandy superaba a la ingenua pareja de la biblioteca.

―Bien. Enséñenme lo que ocultan. Señor Lovecraft… señora Shelley. No me obliguen a ser su padre.

Dos cuadernos aparecieron frente a las narices de Wilde. En ellos había bocetos, dibujados, claro está, por los dos criminales. Wilde me acercó los bocetos, y no pude más que aguantarme la risa. En eso que él se dio cuenta, y prefirió callar, ya fuera por su admiración a mi belleza, o bien por no pertenecer al club. No obstante, nada me impidió tomarme a broma toda esa situación. ¿Quieren saber qué había dibujado en los cuadernos? Dos caricaturas de Poe. En uno, plasmado con los trazos de Mary Shelley, se veía a Poe enfundado en el deforme traje de un Primigenio lovecraftiano, cuya característica más resultona consistía en los tentáculos del archiconocido cefalópodo extraterrestre. La otra caricatura, de la mano de Lovecraft, rendía homenaje al moderno Prometeo de Shelley, Frankenstein. De la extensa frente de Poe surgía una profunda cicatriz cuyos afluentes, más suaves y accidentados, deformaban el rostro del escritor y se confundían con ásperos hilos de cabello.

El señor Wilde no se lo tomó bien, y condujo a Poe fuera de la biblioteca. Entonces, tras un intenso silencio, yo, Shelley y Lovecraft nos echamos a reír sin piedad. A pesar de haber leído sus obras y conocerlos en parte por sus biografías, era como retroceder en el tiempo hacia una dimensión donde, precisamente ellos, mis musas literarias, se hubiesen reunido para mi extremo deleite. ¿Y si no fuera una representación? A medida que reflexionaba y reía con mis camaradas de biblioteca, creía volverme loco. Ya no sabía dónde me encontraba, qué era aquel lugar tan fuera de medidas que era poco probable que cupiera en los callejones de la judería; o era una broma de mis compañeros. ¡Qué diablos! ¡Era maravilloso compartir espacio y dialogar con mis escritores favoritos, aunque no estuvieran todos! Eso mismo había dicho el bibliotecario, más o menos. ¿Podría ser él la clave?

―Tenemos un nuevo visitante ―comentó Lovecraft una vez que nos calmamos.

―¿Viene usted del futuro? No veo la diferencia entre usted y la gente de nuestra época, aunque tiene algo atemporal… ese peinado.. ―preguntó Mary Shelley.

―Querida, para usted el futuro no cambiará ni en doscientos años, todo seguirá igual que en sus días… un desacierto reflejado en sus novelas, siempre se lo recordaré. ¡Qué pocos horizontes de cambios!

―Otra vez con sus ironías, Howard. Prefiero no hablar de su baja autoestima de escritor. Podría hundirle en el peor de los fangos.

―¿Podrían no pelearse delante de mí? He cruzado portales dimensionales y extensos pasillos mágicos para encontrarme aquí, con todos ustedes, y no creo que me deje buen sabor de boca ver a dos genios de la pluma echarse la tinta a la cara como lo están haciendo ahora… ―Sí, entré en el juego, quizá de esa forma podría averiguar qué estaba pasando allí.

―Tiene toda la razón. En fin, joven, Howard… me voy. El viejo estará a punto de cerrar y he quedado con Percy. Quiere escribirme un poema.

―Hoy en día no se escriben poemas como los suyos, Mary. Demasiada sensiblería y poca imaginación ―remató Lovecraft―. Ya los pseudopoetas ni se molestan en leer los clásicos. ¡El triunfo de la vulgaridad, el empoderamiento de lo ególatra contra el arte y la belleza!

―¿Le gusta la poesía, señor Lovecraft?

―Sepa, joven con aspecto de burgués neoyorkino, que soy tan culto como el desdichado Poe. Los tiempos han cambiado. Antiguamente, los muchachos sabían lenguas clásicas, ciencias, política, arte… todo eso antes de su mayoría de edad. Y hoy… ¿qué saben hoy? Dígame.

―No hemos cambiado tanto. Hay quien tiene acceso a la educación, y quien no, como toda la vida.

―¡Bobadas! El mundo es una tinaja enterrada en el más olvidado pozo de los despojos de sabiduría del ser humano. En cambio, aquí, en esta biblioteca, todo permanece tal como debe ser.

―¿No debería salir un poco? ―le pregunté después de notar una leve y palpitante vena en su sien.

―Eso, Howard. Vamos a dar un paseo, de esos que tanto le gustan, ahora que refresca. Y me acompaña con Percy a pasar una encantadora velada al río. Sabe que siempre es bienvenido a nuestra barca. ―dijo animada Shelley.

―¿Hay niebla?

―No.

―Pues vamos. ―y levantándose los dos de sus pupitres, se despidieron cortésmente de mí, abandonando sus bocetos. Los tomé para admirar la gracia de las manos que los habían trazado, observándolos largo rato.

Aproveché el hondo silencio de la biblioteca, donde el único ser pensante parecía que fuese yo, para recorrer los inalcanzables estantes que crecían desde el escandaloso suelo de madera hasta los celestiales ventanales góticos. Más que una biblioteca era una catedral compuesta de libros, y yo, buscando el altar sagrado de la santa lechuza ateniense, me sumergí en las páginas de algunos ejemplares, polvorientos, que no me dejaron más que dudas. ¿Y por qué? Pues por la sencilla razón de que eran títulos desconocidos de algunos de los escritores que había visto aquella tarde; algunos de los cuales enunciaré a continuación. Encontré, por ejemplo, The owl’s God, de Lovecraft, que relata cómo un misterioso bosque cercano a las lindes de la ciudad de Arkham, mezcla tanto de plantas como animales, se levanta contra el progreso humano comandado por un extraño ser semejante a un búho; numerosos cuentos de Wilde, como The music box, en el que todo aquel que escucha la melodía de una caja de música fabricada por un famoso artesano londinense termina enamorado de una bailarina encantada; La heredera cautiva, leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer, una exquisita pieza donde se cuenta la lucha de dos hermanos campesinos por liberar a una rica doncella de las garras de su acaudalado tío en la mágica y siniestra región de Monteídolo, en que uno de ellos lo hace por amor, y el otro por dinero. Así pues, removí grandes ejemplares de otros autores, descubriendo más ediciones de poemas inéditos de Percy y Mary Shelley; más relatos de la saga de Conan de Cimmeria de Robert E. Howard; incluso una singular novela de Asimov titulada The crime of Foundation.

Por un momento creí ser yo quien se encontraba fuera de la linea temporal en la que supuestamente había vivido todo este tiempo, y que aquellos escritores habían llegado a su vejez con una notable producción literaria en un plano de realidad diferente a la mía. La lista de títulos era interminable, como podía deducirse por la extensa superficie en la que me hallaba finalmente perdido, puesto que la biblioteca no solo recogía obras de escritores malditos, sino de cualquier otro escritor de todos los tiempos y todas edades de la Historia. Con solo echar un vistazo a mi alrededor, sentía fundirme con todos los volúmenes expuestos, regocijarme en sus lecturas, apaciguar mi existencia visitando todos los rincones del santuario de aquella Bibliotheca regia, imposible, excelsa. ¿Dónde, pues, se hallaba el truco? ¿Qué maldición oculta desatada por mis acciones anteriores de aquel día prodigaron que la endemoniada urraca me trasladara a este sitio de ensueño y, al tiempo, terroríficamente desconocido?

Un nuevo giro de mi cabeza hizo que mis ojos se estrellaran en mi nombre impreso en los lomos de algunos libros. Sí, era yo, mi nombre, así de rimbombante, sonoro, pegadizo, inconfundible. Libros añejos, usados. Un vértigo de temblores hizo que los bocetos de Shelly y Lovecraft, sujetos entre mi antebrazo y el costado, cayeran al suelo. Una mano amiga salida de la oscura atmósfera de la biblioteca los recogió cuidadosamente.

―No se preocupe, Otis ―dijo el bibliotecario, apareciendo otra vez como por arte de magia―. Ya los recogerán otro día. Voy a dejarlos en sus casilleros. Por cierto, cerraré en unos minutos. Pero espero que la visita haya sido de su agrado.

―Más de lo que imagina. Pero, dígame. ¿Es todo esto una broma de mis compañeros de Universidad?

―¿Le parezco «yo» una broma, jovencito insolente? Mire que desde que ha entrado se ha comportado usted como un caballerete caprichoso, haciendo desdenes hacia mi persona. Y un escritor con dignidad, eso no lo tolera.

―Lamento lo ocurrido… y aún no sé cómo se llama.

―¿Acaso necesita preguntarlo? Venga, ayúdeme con estos volúmenes que pesan tanto como su ego. Debo llevarlos a la recepción. Mañana uno de nuestros mejores socios viene a por ellos.

Eran ejemplares de novelas de Julio Verne. Cargué con unos pocos, y ya eran suficientes, mientras que el bibliotecario parecía poseer una fuerza monumental portando en sus brazos el doble de carga que yo.

―Sigo pensando que este lugar no es todo lo real que aparenta ser.

―Y yo creo que le deseo una feliz vida y vejez, muchacho, porque si llega usted a convertirse en un escritor maldito, estaré condenado a soportarle aquí el resto de mi existencia.

―No apostaría a que eso suceda tan pronto. Su sentido del humor me gusta, señor…

―Buen intento ―dijo mientras atravesábamos el claustro. La Luna se había vuelto a esconder y unos nubarrones violáceos dominaban en su totalidad la cúpula celestial. Junto al pozo, apenas se distinguía la figura de Bécquer. ¿O no era él?

―¡No se vayan sin mí! ―exclamó con desespero. Sí, era Bécquer ―Casi me quedo dormido. ¿Le ayudo, Isaac? Venga, deme algunos ejemplares. Ya le dije que tiene que bajar aquí esos carritos que usa allá arriba. ¡Ah, buenas noches! ―dijo el escritor, al fin, dirigiéndose a mí. Por un momento creí que no me había visto, o evitaba hablarme.

―Se le ve muy feliz ―dije, para entrar en conversación. Vanal, sí, pero no me ocurrió nada mejor, obviando hablar del tiempo.

―Por supuesto, amigo. Mañana parto hacia el Monasterio de Veruela, siempre vuelvo para estas fechas, sobretodo cuando se acerca el día de Difuntos. Llevo mis cuadernos para dibujar, mis efectos para escribir. Recomendación del médico, pero qué quiere que le diga. ¡Benditos médicos que siempre obligan a la mejor cura! Aquí le dejo los libros.

Y con su gracia sevillana, Bécquer se movió musicalmente, y salió por la puerta dejando una estela de picardía española en el ambiente de la recepción.

―Parece que se han ido todos, Isaac ―dije. Así le había llamado Bécquer. Isaac, Isaac… de qué me resultaba familiar… ―¡Isaac Asimov! ¡Claro! ¡Es usted Isaac Asimov!

―Vaya, pareciera que hubiese descubierto usted la partícula de la inteligencia. Un niño con un ábaco habría tardado menos en deducir sus cálculos.

―Y lo dice el hombre que se aplaude a sí mismo ―contesté.

―Muchacho, esa anécdota no es muy conocida. Debo cambiar mi opinión sobre su coeficiente. Aunque sabía que no me defraudaría.

―Pero, ¿qué hace usted aquí? No es usted un escritor maldito. Su vida fue de lo más normal y feliz. No me lo explico.

―Alguien tiene que llevar a estas sombras un poco de luz, ¿no cree? Les ayudo, sí. Y les mantengo a raya. Quién mejor que yo para ordenar todo este desastre. Es mi sino, joven Otis. Y aquí, soy feliz. Con ellos y con mis libros. Este lugar es como la Biblioteca de Trántor, esa parte del Imperio Galáctico que usted ya debe conocer donde toda la sabiduría de la galaxia humana se expandía por todo el planeta.

Después de decir aquello, derramó una mueca de tristeza.

―Lo que me apena es que nadie pueda leer ya todos los libros que he escrito desde hace 27 años. Pero usted puede venir de vez en cuando y tomar prestado alguno. Siempre y cuando esa urraca cotilla no le lleve a otro lugar.

Sonó un trueno, muy lejano, que se hizo más notable a medida que aumentaba la magnitud de su turbulencia. Volvía a haber tormenta y el olor de las nubes cargadas de agua fresca realzó el aroma de las lavandas del claustro que la corriente de aire acercaba a mi olfato. La puerta de la Bibliotheca estaba abierta, y el señor Asimov me invitaba a irme. El silencio de la calle entraba hasta allí mismo y traía consigo el rumor gris de las primeras gotas de lluvia. Con una sonrisa burlona, Asimov me lanzó una seña de bienvenida para que volviera siempre que quisiera, aunque «cuanto más tarde, mejor», volvió a repetir.

Nada más abandonar la estancia me esperaba un enorme paraguas sostenido por las manos más hermosas y grandes que haya podido ver. Su dueña, Dorothy Wilde, me miraba con ansia mientras pasó su brazo entre el mío para conducirme por las calles de Toledo. No dijo nada, y yo tampoco. Su calor me bastaba, era reconfortante como un té de hierbabuena. Me sacaba dos cabezas de altura, pero aún así era un momento hermoso, cándido, igual que su perfume. Mientras percibí las notas lejanas de un nyckelharpa viajando por el laberinto de calles, un girón de niebla nos acometió, y después de un escalofrío, desapareció, y con él, Dolly, en cuyo lugar solo quedó la lluvia, y charcos, y la inquieta urraca atrevida que me condujo a la Biblioteca de los Malditos, dando saltos hasta alzar el vuelo para, de inmediato, perderse en los tejados de la judería.

FIN

Por Marcos A. Palacios

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Punto de fuga.

Cómo me llamo no es relevante ahora… nunca lo había pensado, porque nunca hasta ahora tuve conciencia de lo que soy. Estoy en ese punto de extrañeza hacia mi propia existencia, pues a decir verdad he comprendido que existo, que tengo forma, color, sensaciones, si se quiere matizar…

El tiempo no es sino mi recipiente, de modo que al estar siempre ahí no tuve necesidad de medirlo ni de imaginar cómo funciona. En el momento en que vi el reflejo, todo comenzó a deslizarse en mi memoria, a cobrar sentido. Continuar leyendo “Punto de fuga.”