Punto de fuga.

Cómo me llamo no es relevante ahora… nunca lo había pensado, porque nunca hasta ahora tuve conciencia de lo que soy. Estoy en ese punto de extrañeza hacia mi propia existencia, pues a decir verdad he comprendido que existo, que tengo forma, color, sensaciones, si se quiere matizar…

El tiempo no es sino mi recipiente, de modo que al estar siempre ahí no tuve necesidad de medirlo ni de imaginar cómo funciona. En el momento en que vi el reflejo, todo comenzó a deslizarse en mi memoria, a cobrar sentido.

***

Un lago entre las montañas más altas de la Tierra. El lugar más hermoso y lejano jamás visto por ojos humanos escondido en la más remota coordenada inimaginable. Rodeado por bosques de gigantescos toldos verdes, enormes rocas de mármol, extensas praderas de arcilla. El Edén para algunos, allí, solitario y feliz bajo los viejos cielos verdes del planeta.

La familia aprovechó las pocas horas de sol, pequeño como una luciérnaga y tan arriba que calentaba lo justo en esa época del año. Tendieron sus mantas para colocar la comida, porque ya era la hora de tomar un bocado. Después, los pequeños se fueron a jugar mientras los padres observaban a su alrededor aquel desconocido escenario de la creación.

Raan, el niño mayor se acercó a la orilla del lago, olfateó el aire y le gustó. Sobre el agua su rostro movido por las ondas, reflejado como arrugas elásticas que moldeaban sus blandas facciones. Entonces habló. Su cara en el lago, pronunció las palabras, con su misma voz pero más profunda, tubular.

«Esto es mejor que los juegos de ciencia del colegio», pensó el niño. Curiosidad desmadrada, entusiasmo inocente que precede al descubrimiento de la novedad. Así, él contestó al agua.

―Te pareces a mí. ¿Vives ahí abajo? ―preguntó Raan. El agua burbujeó.

―Ven. Y te lo mostraré.

Raan se hundió rápidamente. Pero el niño que se parecía a él no estaba. En su lugar, parecía haber vuelto a la superficie, a la orilla del lago, pero los colores estaban al revés. Los árboles caminaban de un lado a otro, el cielo era un manto translúcido agitado por el movimiento espeso del agua. Puso los pies en el césped. Sus movimientos, lentos y perezosos. En cambio, podía respirar. Miró a lo lejos, desde donde el horizonte levantaba montañas de hielo y piedra.

―¿Dónde estamos? Esto parece el bosque junto al lago pero es raro… el lago no es tan grande.

―Estás en mí. Pero quien no entiende nada soy yo ―las burbujas aparecieron y se multiplicaron y exhalaron con voz de eco aquellas jeroglíficas palabras―. ¿De dónde vienes? ¿Qué eres? ¿Por qué decías que me parezco a tí?

―Porque me reflejaba en el agua, y me hablaste. ¿Sabes disfrazarte de quien se asoma a la superficie? ¿Es magia?… No, la magia no existe, dicen mis padres. La ciencia y la razón sí, es lo que he aprendido en la escuela.

―Yo siempre estoy aquí, quieto, mirando hacia fuera, permanezco y nunca he visto nada como tú.

―Venimos de muy lejos, del cielo. No somos de este planeta. Estamos de viaje de fin de curso. He acabado un año más la escuela científica. Pero esto no tiene nada que ver con lo que he aprendido. Sin embargo me gusta.

Raan se detuvo al notar algo crujir bajo sus pies. Pequeñas chimeneas púrpuras se elevaban desde el suelo que pisaba. Al apartarse comprobó con horror que pequeñas criaturas humanas correteaban y se asomaban a través de minúsculos agujeros. A dos de ellas las había destrozado con sus pisadas y la sangre bullía hasta deshacerse en la límpida atmósfera acuática.

***

La última de las criaturas, muda, ejecutó movimientos con sus brazos y acabó por perderse de nuevo en el agujero por el que había llegado. A pocos metros, vestida con pesados ropajes que la cubrían por completo, entró en un vehículo de metal construido en una roca tallada. Pulsó unos botones y salió disparada hacia lo más hondo, más y más hondo, más lejos, hacia lo negro y desconocido. Minutos después apareció en un desierto frío y azul, de aire pegajoso como su voz. Otros como ella daban gritos eufóricos.

―¿Has encontrado algo? ―gritaban impacientes.

―Sí. Ha sido horrible ―dijo la criatura. Desembarazada de su uniforme y la escafandra, la joven de pelo negro mostró las lágrimas que brotaban de sus rasgados ojos a sus compañeros―. Los demás han muerto. Un ser humano gigantesco los ha aplastado.

Llegados al cuartel, Yin aportó el informe. De los tres investigadores, quedó solo ella. La experiencia fue un fracaso. Pero no la creyeron. Bajo tierra era imposible que existieran humanos tan enormes como ella había descrito. Ella los odiaba, decía la verdad, y podía demostrarlo regresando. Solo que no permitían que volviera a ocurrir. Fue relegada del puesto de Ingeniera Investigadora Jefe hasta que se aclarara todo.

***

No había rastro de Raan por ningún sitio. Los padres del niño buscaron por los alrededores, las hermanas lloraban desconsoladas. Jenneh, el padre, se quedó con ellas en la nave mientras Lamma, su esposa, barría el cielo desde las alturas con el reactor. Por los informes consultados no había animales hostiles en ese planeta, así que cabía la posibilidad de que Raan hubiera tenido algún accidente. El día se comprimía desde el horizonte, y a medida que el disco solar se perdía, se encendió una roca de luz blanca y potente en su lugar. Lamma palideció de terror ante semejante fenómeno inesperado.

Dio la vuelta en dirección a la nave.

―Jenneh, no estamos en Kalibur. Ya te habrás dado cuenta.

―Desde luego. Querría marcharnos para sacar de este lugar a las niñas, pero sin Raan… Mejor idos vosotras, yo me quedaré. Busca ayuda, por favor.

Se miraron en silencio, después miraron a las pequeñas. Estaban dormidas de cansancio; cansancio de tanto llorar y temblar. Los padres recapacitaron sobre el viaje. Un error nada común en los viajes interplanetarios, errar en el planeta de destino. Kalibur no tenía lunas, tampoco tenía noche, y la visión de aquel siniestro astro lechoso indicaba que se encontraban en una tierra tan desconocida como peligrosa.

Aquel viaje era el regalo de fin de curso de Raan, que al año siguiente pasaría a un grado mayor, al siguiente nivel de Investigador. En la escuela científica era costumbre celebrar cada cambio de ciclo con una excursión familiar. Lamma y su marido pasaron por aquel proceso también, y ahora su hijo mayor. Él era Investigador Médico; ella Investigadora Botánica. El orgullo cayó en picado, igual que el día cedió a la oscuridad en pocos minutos, dislocando la vista, ennegreciendo los objetos, así como el ánimo de los dos. Jenneh consultó el mapa estelar y lo comparó con la ubicación. Coincidía a la perfección. Eso solo podía significar que el mapa estaba erróneo. ¿A qué planeta habían llegado? Era muy similar a Kalibur, excepto por la luna y otros detalles que percibían ahora con más atención. Lamma se negó a dejar solo a su marido. Era mejor pedir ayuda, pero pronto se encontraron con que las comunicaciones fallaban. Durante el día todo había funcionado perfectamente: la caja negra que daba señal a la Estación de Airna, su planeta. En este momento, no existía tal posibilidad. Quizá la noche bloqueaba la señal impidiendo el funcionamiento del sistema.

***

Raan, un niño confiado, que se asombraba con lo desconocido, discreto y siempre obediente. Así era, y así lo percibían sus padres. Ya notaba los efectos del cansancio, y quería ver a sus padres para enseñarles lo que había descubierto bajo el lago del planeta. No tenía explicación lógica ni científica. Su amigo, fuera lo que fuese aquello, no le dejaba marcharse, a pesar de que su presencia allí le resultaba incómoda. Era como si le presionara y, al moverse, le causara vértigo. El pequeño humano comprobaba cómo las leyes de la naturaleza conocida no podían aplicarse allí donde se encontraba. Incluso saltaba y flotaba unos segundos hasta volver a tierra firme, pero solo a voluntad; de lo contrario, seguía y seguía allí arriba, subiendo hasta el sol, hasta la superficie

Tenía hambre y sueño. Unas nubes brotaron a su alrededor, tenían apariencia deliciosa, como dulce, pero su amigo el agua le prohibió comerlas seriamente. «Eso no se come», le dijo. Fascinado por todo aquello, Raan había grabado completamente su periplo dimensional, pues así lo llamaba él: una dimensión más allá de su realidad, ya que no podía encontrar otro término que se ajustara más a lo que estaba experimentando. Cayó, pues, sereno y en paz, sobre las nubes, que lo mecieron en el aire hasta que se durmió, y las burbujas que acompañaban a Raan explotaban y volvían a resurgir cerca de su rostro.

***

―Se mantiene usted en su versión, señora Yin. Déjeme decirle que lo que ha contado no puede ser.

La jueza Suprema estaba frente a ella, mirándola mientras extraía su valor y su endereza. Podía escarbar su mente, se trataba de una mentalista muy poderosa. Pero Yin doblaba la guardia de sus pensamientos en un contraataque desafiante.

―No volveré a repetirlo, Suprema. Es todo lo que sé. Apenas pudimos entender dónde nos encontrábamos y lo que sucedía. El aire era extraño, como acuoso, sólido. Y todo estaba… al revés. Después, en medio de toda la oscuridad, apareció aquel ser humanoide…

―Ahórrese lo que viene ahora, que ya lo sé. En vista de que es imposible sacar nada en claro con usted, queda suspendida durante un año. Deberá abandonar la estación y sus investigaciones.

El castigo más duro de su vida. Yin perdió dos compañeros, ahora el trauma la golpeaba en lo más profundo: su dignidad, idolatrada por ella misma desde niña, su ego y amor propio, pisoteados por aquel gigante que amputó en un segundo la ley de la naturaleza, de lo conocido. Precisamente quienes más debían entenderlo la condenaban. El ostracismo público era una posibilidad en el momento en que saliera por la puerta del Juzgado.

A solas, la Jueza Suprema acercó un dedo a su oído, y presionando suavemente le lóbulo, esperó unos segundos a que una voz le respondiera dentro de su cabeza.

―Que preparen otro equipo que continúe el proyecto de Yin. Exijo la máxima seguridad en el más estricto secreto ―pensó, y la voz al otro lado de la ciudad, le respondió afirmativamente.

Yin recogió los últimos enseres de su despacho. De camino al puerto se topó con un hombre apresurado, de rasgos trágicos y desesperados, como desesperada sonaba su voz, casi muerta por el miedo. Vestía uniforme de la Flota de Investigación con el rango de Médico.

―Yin, ayúdame. Mi hijo ha desaparecido. Por favor… tienes que dirigir una búsqueda y encontralo ―musitó con dolor.

―Lo siento, Jenneh, estoy suspendida. No puedo utilizar los medios de la Estación. Si quieres contarme lo sucedido, quizá pueda interceder con el resto de los equipos, pero después de lo de ayer…

… Lo de ayer. Tal cual ocurrió se lo explicó a Jenneh. Pero él no concebía que fuera para tanto. Su hijo mayor podía estar muerto en un planeta desconocido, quizá estaba sufriendo aún. Era una prioridad. Y ni siquiera resultó ser importante para las autoridades de la Estación. Todas las misiones relacionadas con investigaciones clasificadas como peligrosas fueron interrumpidas hasta nueva orden. No había más opción que volver con Lenna al planeta desconocido, ahora que era de día y aún podía comunicarse con ella. Las niñas estaban en casa con sus abuelos. Jenneh tomó de nuevo su nave.

Ya en casa, Yin consultó los archivos de la última misión. Las vibraciones que desde pocos años atrás asolaban la superficie de Airna le llevó a descubrir un enorme campo magnético que atraía materia mineral hacia el fondo del planeta. Cabía la posibilidad de que esa materia se uniera y formara un compacto saco de partículas que aumentaba de tamaño y peso. Eran pocos centímetros por año, pero sonaba alarmante. El camino hacia las profundidades del planeta dio paso a un novedoso descubrimiento: justo cuando el saco de partículas fue detectado bajo la posibilidad de convertirse después de mucho tiempo en un agujero negro, los reactores de los investigadores rasgaron un velo lumínico cayendo a una superficie invertida, donde la gravedad también se había dado la vuelta. Después…

―Un año. Solo un año…

Yin lanzó los archivos al suelo.

FIN

Por Marcos A. Palacios

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