El Señor Lápida

Cuando las gentes del barrio decidieron llamarle Señor Lápida, Samuel contaba con más de cuarenta años. Vivía solo en el barrio y no tenía buena fama. Era normal verlo deambular por calles y parques como un marginado, encorvado y desaliñado. El hombre cobijaba su desgracia en el camposanto de la ciudad, donde transcurrían sus días murmurando a esculturas y tumbas, susurrando en los rincones.

El camposanto no tenía guarda, hacía muchos años que murió el último y nadie en el Ayuntamiento pareció recordar que había que contratar uno mientras el Señor Lápida organizara el recinto y cuidara de las flores. Él no hacía daño a nadie, solo estaba loco.

Ocurrió cuando era muy pequeño que Samuel desarrolló fobia al camposanto. En el entierro de su tía materna se encontraba en los brazos de su madre acariciándole las mejillas lagrimosas con parsimonia y delicadeza. Mientras los enterradores echaban tierra a la fosa, la mujer resbaló en el borde, blando y húmedo, pero su marido la agarró del brazo. Esto no evitó que la criatura cayera a la fosa cuando su madre lo soltó del susto. Samuel contemplaba a su familia desde lo profundo, sus caras y las palas de los enterradores sobresalían en el rectángulo de luz sobre su cabeza, pero no los distinguía, solo veía sombras recortadas en el cielo plomizo y escuchaba la llamada agónica de su tía fallecida, que no deseaba estar sola y mostraba agradecimiento por la compañía. El olor de la tierra húmeda y la dureza del ataúd estremecían sus sentidos. Se vio incapaz de llorar. Tenía tres años.

Desde entonces no volvió a pisar el camposanto, se negaba a caminar junto a los muros para ir a la escuela amenazando con llantos y pataletas. Pero a los catorce años murió su perro mientras dormía. La tristeza y respeto que sentía por su único compañero le obsesionó de tal forma que pidió a sus padres que lo enterraran en el camposanto como a cualquier otra persona difunta. Entonces entraría en su recinto prohibido para asistir al último adiós del perro en el sepelio organizado pese a las negativas del cura, en nada de acuerdo con los deseos del muchacho por parecerle una blasfemia. Finalmente accedió a cambio de una buena limosna para la parroquia.

Samuel frecuentaba el camposanto casi la totalidad de los días, dedicando horas a cuidar con esmero la tumba del animal, hablaba y reía con él. Esta transformación, lejos de inquietar a sus padres, los alentó, pues significaba el fin de la animadversión y ansiedad de su hijo. Pero como la actitud del joven respecto a su costumbre de pasar su tiempo en el camposanto no parecía terminar, en los siguientes años se vieron obligados a enviar a Samuel a terminar sus estudios superiores en el extranjero.

Regresó a la ciudad huérfano con un título universitario y varias rentas heredadas de sus padres que le permitieron vivir sin trabajar. No tardó en visitar el amado camposanto. Mandó construir un panteón familiar en el que incluyó al perro. Tan pronto como comenzó a pulular por allí, el carácter se le tornó sombrío y reservado, la actitud ensimismada y el aspecto tan sucio como destartalado. En ocasiones se le veía entrar al panteón y no salir de noche… ni de día.

Cuando ya era viejo nadie recordaba quién era Samuel Lápida, un adorno mortuorio más del camposanto. Algunos afirmaban que hablaba con los muertos, quienes le confesaban sus vidas y secretos como el sacerdote que no pudo escuchar sus penitentes historias el último día. Después del atardecer se encerraba en el panteón familiar y, a solas, cenaba lo poco que podía comprar gracias a las limosnas de quienes visitaban el camposanto, dado que todo el dinero de la herencia y las rentas se perdió hacía demasiado tiempo. Muchos lo veían como el vigilante que décadas atrás vino a sustituir al anterior tras su muerte. En definitiva, su hogar ahora era el señorial panteón más propio de la burguesía ostentosa de épocas pasadas.

El Señor Lápida había creado, con el paso de los años, su propia existencia alejada de la realidad social, ligada al plano de la otra vida, la del más allá. Su boca exhalaba frases sin sentido, posiblemente eran los muertos expresándose a través de él como en una simbiosis de posesión permitida, semejante al bucle eterno que un evento del pasado repite sin cesar. Eran palabras de amor, de odio, desconsuelo, de sacrificio y tormento, de paz y armonía; contenían rencor o celos, necesidades y hasta exhortaciones. Todo habitante del camposanto parecía manifestarse a través de la presencia del Señor Lápida. Contemplarlo entre las cruces de los nichos ponía el vello de punta si anochecía y lo encontrabas rascando el mármol, hablando en susurros junto a la tumba del difunto. En ocasiones su rostro adquiría facciones parecidas al del muerto que entonaba oraciones a través de su voz, vehículo de sonidos ininteligibles. Por supuesto este hecho se convirtió rápidamente en una leyenda urbana sin fundamento ni aprobación, pero servía para alimentar viejos terrores del camposanto que había quedado obsoleto y fue sustituído por otro más moderno y grande, no muy lejos de allí. Desde entonces perdió la vitalidad de antaño, así como el Señor Lápida se consumía día a día en su fantasmal existencia.

Un día se celebró un sepelio, y el Señor Lápida contempló la ceremonia escondido tras unos cipreses centenarios. El difunto era un acaudalado abogado muerto por enfermedad del corazón. Cuando hubo terminado el enterramiento, se coló entre los asistentes, y fue cuando su rostro deforme tomó el brío y color del fallecido. Con la ira propia de un personaje shakespeariano y lanzando voces acusatorias, el Señor Lápida se dirigió a la afligida esposa acusándola de envenenamiento, detallando punto a punto cómo sucedió todo. A los pocos días, los herederos anunciaron la detención de la esposa después de que una investigación forense más profunda obtuviera los resultados confesados por el Señor Lápida. Ni el muerto ni familiares habían visto jamás al personaje siniestro que irrumpió en la ceremonia, y tampoco desearon volver a verlo.

Estos hechos avivaron aún más la leyenda urbana de un ser del otro mundo bautizado como la encarnación de Caronte bajo la apariencia de un loco justiciero espectral quien, a cambio de las confesiones de los difuntos, les vengaba o terminaba sus asuntos pendientes al morir. Lo cierto es que, al pasar los años, el Señor Lápida, convertido ya en un despojo, desapareció del camposanto al que solo visitaban viejos centenarios y ancianas casi inmóviles en sus sillas de ruedas. Las hiedras y los matojos cubrían las sábanas musgosas de las lápidas y los caminos, mientras el panteón familiar de Samuel Lápida permanecía intacto.

Una noche del último día de octubre un grupo de atrevidos vándalos penetró en la paz del camposanto para practicar juegos de magia y espiritismo, dañar las esculturas y mobiliario y practicar ritos satánicos. Se fijaron en el panteón familiar de Samuel Lápida, quedando admirados por su estado de conservación. Algunos de los allí presentes que pudieron escapar de la terrible escena que vivieron después, confesaron entre espasmos y llantos que intentaron entrar al panteón, siendo imposible: nada consiguió que las puertas y verjas cedieran a las malas intenciones de los ingenuos chavales. Cuentan los testigos que un hombre de aspecto cadavérico apareció entre la neblina y les recriminó sus actos. El hombre tenía el pelo blanco y largo hasta los hombros, con barba de alambre y mirada hueca como abismos de una inmensa fosa común. Los miró y se quedaron quietos como las figuras angelicales del camposanto. Aquel espectro con más hueso que carne exhalaba cientos de voces de tiempos antiguos, de hombres y mujeres, reflejaba su rostro miles de caras de niños y ancianos, todas distintas, y los muchachos recibieron en sus cabezas, como golpes de forja, los nombres de los enterrados que les gritaban su condena en una danza vertiginosa, provocándoles la muerte allí mismo como castigo por la profanación de su descanso y sosiego. Cayeron al suelo presas de escandalosos aullidos hasta que su piel y ojos se tornaron de un color violáceo y podrido.

Los chicos que se mantenían más alejados corrieron y saltaron los muros del camposanto, no sin antes contemplar, con los ojos rojos de terror, cómo sus compañeros se levantaban torpemente igual que marionetas resucitadas, y el viejo fantasma sin identidad ni voz les guiaba a pasar, uno a uno mientras lloraban de pavor y sufrimiento, al otro lado de la verja, al interior del panteón familiar de Samuel Lápida.

FIN

Por Marcos A. Palacios.

Publicado originalmente en el blog La Biblioteca de los Malditos, 2018.

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