Punto de fuga.

Cómo me llamo no es relevante ahora… nunca lo había pensado, porque nunca hasta ahora tuve conciencia de lo que soy. Estoy en ese punto de extrañeza hacia mi propia existencia, pues a decir verdad he comprendido que existo, que tengo forma, color, sensaciones, si se quiere matizar…

El tiempo no es sino mi recipiente, de modo que al estar siempre ahí no tuve necesidad de medirlo ni de imaginar cómo funciona. En el momento en que vi el reflejo, todo comenzó a deslizarse en mi memoria, a cobrar sentido. Continuar leyendo “Punto de fuga.”

Contra el Cosmos

Borlas de purpurina desparramadas sobre un mantel de lentejuelas. La nebulosa anciana que colorea la entrada desaparece a medida que te acercas al punto negro, solo uno, pequeño como la mentira de un niño. Y de pronto el azul del tiempo y el espacio que pasan rápido. Los colores se centrifugan y dejan de existir. Allá donde vas no necesitas nada porque lo eres todo.

Marcos A. Palacios

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Poco que perder.

Pasé la noche en vela pensando en el ojo del pobre anciano. Había terminado de leer El corazón delator, y la pregunta que me acechaba era si el propio Edgar Allan Poe habría tenido aquellos sentimientos alguna vez. Porque por mi parte, lo sentía, muy profundo. Por la mañana volvería a soportar las excentricidades de ese viejo y repugnante esquizofrénico que tenía por casero. A pesar de no haberse dirigido nunca de malas formas hacia mí ni nadie de la pensión, era evidente su fuerte actitud pasivo agresiva contra todos los inquilinos. Continuar leyendo “Poco que perder.”

Peor que la guerra.

No conocí una guerra tan extraña como la que asoló mi pueblo, en la que el ejército invasor jamás mostró su rostro. Como fantasmas de una pesadilla, el inmoral enemigo arrojaba bombas invisibles que destruían casas y puentes hasta dejar solo escombros. Quien no lo haya vivido pensará que aquello fue fruto de un terremoto, pues ningún pueblo ni ciudad cercana se vieron afectados. Lo más increíble fue la reacción de mi padre. Era un borracho de mente inerte y pasiva que despertó del modo más valeroso ante la invasión que vino después. Continuar leyendo “Peor que la guerra.”

Su salvación por un módico precio (Parte IV y última).

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IV.

Hace unos días, cuando estaba a punto de cerrar llegó una familia, arrollando la puerta como una piara en celo, que si es un momento, que si llegamos tarde por culpa del Cercanías… No tuve más remedio que atenderles, pedirles la documentación y todo el proceso que podría hacer un robot por mí, que es algo tan asumido en mi cabeza que me sale automático. Podrían echarme una moneda y creerían que soy una máquina con forma humana. Continuar leyendo “Su salvación por un módico precio (Parte IV y última).”

Ciego amor de mi vida.

Le miro mientras duerme, a mitad de la madrugada. Enmedio del silencio me llega el sonido de su respiración, lenta y dulce, y el aroma cándido de su aliento acaricia delicadamente mis ojos, que se cierran por instinto. Es la primera noche de nuestro viaje de aniversario, son ya tres años de inseparables vivencias, tan profundas que forman parte de mi itinerario vital. Siempre tan atento, limitando sus necesidades a mi comodidad. No podría ser más feliz por tener a alguien así a mi lado, con quien nunca pasaré miedo alguno.

Por algo me gusta mirarle mientras duerme, porque veo lo mejor de él y de todo el mundo concentrado en ese cuerpo acurrucado y cálido bajo las mantas. El frío le hace taparse hasta la barbilla pero yo, con mis manías, le cubro un poco más, como si no tuviera bastante. Es un gesto materno, una manía que quizá eternice cuando tenga hijos y haga lo mismo con ellos, así como mi madre lo hacía conmigo y mis hermanas. Me hace sentir bien, cuidándolo para que a él tampoco le falte de nada.

A veces tengo impulsos de abrazarle tan fuerte y meterme dentro de él para protegerlo, que nadie más se le acerque, ni le toque, que debo calmarme para no hacerle daño. Es tan delicado y sensible… con un par de besos me conformo. Pero ahora, dormido, está a salvo del mal de las personas, y solo yo soy su guardiana. Me acerco a su frente y con mi nariz huelo su rizado flequillo, qué aroma tan especial y suyo, inencontrable en nadie más. Después le beso en la frente con cuidado de no despertarle, aunque es difícil cuando duerme tan profundamente. ¿Qué soñará? Cosas felices, conmigo, con nuestra vida juntos. Ojalá pudiera entrar en tus sueños, agasajarte, dominar el argumento de tantas historias que olvidas al despertar…

En unos segundos, o eso me parecen, siento un hondo mareo que oscurece la habitación, ya no entra la luz de las farolas a través de los huecos de la persiana, tampoco percibo los contornos familiares de la mesa y la televisión de la pared. En un instante todo eso desaparece y no puedo moverme siquiera a pesar de intentarlo. El calor me invade, pero no el de las mantas, sino otro calor más familiar que llega acompañado del perfume de Santi, intenso, infantil como él es. Percibo colores y contornos en la negrura que van tomando formas familiares. Las reconozco, son las calles de Madrid, el de los Austrias, donde esta tarde habíamos estado paseando. Veo ahora la cerveza de Santi, siempre en botella, nunca en vaso, en una terraza y, a su lado el cenicero con mi cigarro, tiznado de carmín en la boquilla.

Estoy en sus recuerdos, en su mente o sueños, lo que sea, pero estoy dentro de él, lo noto, percibo la ligereza de lo etéreo, pero no sé cómo he llegado hasta ahí. Será de tanto amor, de tanto como le deseo. Pero no sufro; al contrario, perder mi corporeidad no ha supuesto ningún trauma. El problema será salir de él. Quizá cuando despierte. Sí, al despertar volveré a su lado, en la cama, mirándole como estaba haciendo hace unos instantes, disfrutando nuestras vacaciones.

La fotografía de aquella tarde se difumina y vuelvo a la oscuridad. Noto cómo se remueve en la cama pero no se despierta. Podría intentar cambiar de recuerdos y abrir otra puerta, pasear un poco más, lo que dure la noche, entre sus pensamientos. Quiero más intimidad, llegar a lo más privado, a lo que nunca me haya contado. Pero es imposible que un chico tan frágil y cariñoso albergue secretos, sé muchas cosas de él.

Encuentro una puerta que da a su cuarto, en casa de sus padres. Está vacío pero tiene el móvil sobre la mesa, desbloqueado, esperando para mí. Nuestra foto en la pantalla de inicio me llena de emoción y amor. Veo que le llegan mensajes de Whatsapp de Virginia, mi prima. Le dice que tiene ganas de repetir lo de fin de año, que se ha comprado un DIU y no está embarazada, que puede hacer con ella lo que quiera. Esto es una pesadilla, no son sus recuerdos, no puede ser, estoy equivocada, me encuentro en un mal sueño y despertaré de un momento a otro. Intento impulsarme fuera pero sigo allí, sin poder hacer nada. Es muy asqueroso, Santi, si esto es verdad.

Quiero escapar y salir de allí, pero me caigo al suelo y me duele la rodilla. Al levantarme me ahogo con el humo de tabaco acumulado en el ambiente, estoy en casa de alguien, hay muchos tíos con camisetas y bufandas del Atleti, corean y gritan y se emocionan. Tienen cervezas y pizzas por todas partes. Entre ellos Santi, algo más joven, se abraza a sus colegas cuando entonan un «¡Gooooool!» de esos que hacen temblar el piso entero. Después, mareado, se va al aseo y saca una bolsita con algo blanco. No me lo puedo creer, Santi pero ¿qué haces? No puede verme ni oírme, y me desespero. Esto no me gusta, quiero salir de aquí pero algo me retiene. Rápidamente aspira por la nariz la coca que previamente ha alineado a la perfección sobre el espejito y se ríe, el muy mamón, qué desgraciado.

Al final no ha sido buena idea querer entrar en tí. Yo, que te adoro, que pierdo la vida por atenderte, por complacerte, por respetarte, igual que tú lo haces conmigo, pero eres una mentira, eres todo lo que me repugna. Temo volver a encontrarme con otra imagen desagradable, acaso tu vida está llena de sandeces y mentiras, porque eso es desde ahora nuestro amor, una mentira, no te conozco y ya no sé si quiero saber más de tí. Así que intento calmarme, respirar, salir de dondequiera que esté para olvidarlo todo. Cuando despierte todo terminará. Son mis miedos, me repito una y otra vez, el reflejo de todos esos males a los que mi novio se enfrenta todos los días y yo debo guiarle para que no caiga en la tentación.

Qué estúpida soy.

Me río hasta llorar mientras un haz de luz me invade por completo desde arriba. El sol abrasa y los reflejos de la piscina llegan hasta mi vientre humedecido. Termino de ponerme el protector solar y Santi me avisa de que va a subir a la habitación a por sus gafas de sol y la gorra. Eso fue este verano, en Cádiz, de vacaciones con Virginia, su novio y el hermano de Santi. Manu aparece con unas cervezas y se planta a mi lado, sobre el césped. Pero esto no es la realidad, así que me voy de allí y subo a la habitación a ver qué hace Santi. Entro con él y lo primero que hace es quitarse el bañador, no logro entender para qué. Pero después de ver a Virginia en la cama, riendo y fumando, me hago a la idea. Está muy oscuro y apenas puedo guiarme por la habitación.

Santi entra a la cama y Virginia le besa desesperada. De nuevo quiero morirme y desaparecer, aunque algo así me esperaba. Es como si el fantasma de las navidades pasadas me torturara por mi avaricia. ¿Acaso está mal amar a alguien como yo amo a Santi? De pronto algo se mueve junto a ellos. Una risa grave rompe el silencio de los besos adúlteros de Santi y mi prima. En la oscuridad veo un brazo moreno que la rodea y termina posándose en el hombro de mi chico. Al acercarme no puedo con tanto horror, es el hermano de Santi, allí, los tres. De pronto la nausea me invade y vomito sobre ellos, que ni se inmutan, solo se ríen y jadean.

Malditos todos, malditos seáis todos, no quiero volver a verlos. Quiero escapar y así, sin pensar, subo la persiana y me lanzo al vacío, solo que en lugar de chocar contra el suelo sigo cayendo en un agujero donde la oscuridad da vueltas a mi alrededor en un eterno sufrimiento. Mi amor desperdiciado por alguien que no lo merece… ahora lo entiendo todo, qué ciega estaba.

Sigo atada o al menos es lo que pienso porque no tengo cuerpo, solo ojos, quisiera arrancármelos y acabar con todo. Pero la visita aún no ha terminado. Contemplo a Santi en el hotel, junto a la cama, mientras me estoy duchando. Es esta misma noche, hace tan solo unas horas. Santi levanta mi almohada y dibuja una estrella de cinco puntas a la que acto seguido rellena con una pizca de sal. Después vuelve a escribir sobre la sábana, esta vez unos símbolos escalofriantes mientras recita versos ininteligibles para mí y, para finalizar, coloca sobre la estrella un mechón de pelo, probablemente mío.

Salgo de la ducha y hacemos el amor y ahora me siento sucia, asqueada por ese traficante de sueños que dice ser el amor de mi vida, mi vida entera, mi más preciado objeto de deseo. Qué pronto se rompen los sueños, las vidas, las esperanzas. Pero quiero acabar con esto y no pienso en otra cosa que en el odio que surge por ese atropello despiadado, la herida no solo en mi orgullo sino en mi dignidad como persona, como mujer. Voy a buscar a mi neceser las tijeras y sin parar de maldecir a Santi le vacío los ojos hasta que queda inerte y la vida escapándosele por las cuencas destripadas de los ojos. Ningún sonido ha salido de su boca, ha estado mudo, aguantando como un campeón su merecido.

Me da mucha pena verle así. Me tiendo al borde de la cama y rezo por él, por su alma, por su perdón, y sobretodo, rezo por mí, que siento evaporarse el escenario de mi venganza, que mi cuerpo se dilata y difumina en lo oscuro del ser de Santi. Desaparece el hombre al que tanto he querido, y yo, atrapada en su mente, dejo de existir por momentos, junto a él.

Por Marcos A. Palacios

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Su salvación por un módico precio (Parte III).

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III.

Hoy en día hay que tener cuidado con cualquier persona, sea del género que sea y no importa su edad. Con esto de la religión hay mucho apego a las propias creencias, se lo digo yo, que trabajo en el corazón mismo del fenómeno. En mi barrio hay una muchacha de carácter fuerte y proselitista, poseedora del más férreo sentido del adoctrinamiento gracias al cual tiene a sus pies a toda su clase del instituto. Y ella también me conoce a mí, ha estado en mi gabinete varias veces durante el último año intentando que aprobara su propia fe, los «Tertulianos del Juicio Final». Continuar leyendo “Su salvación por un módico precio (Parte III).”

La gente de la calle.

A medida que me quedaba dormido las luces parecían expandirse en las paredes de la habitación, y otra vez volvía a abrir los ojos, esperando para ver a los invitados. No recuerdo desde cuándo sucedía, era algo que formaba parte de mi rutina nocturna cuando visitábamos la casa de los abuelos. Contemplaba los haces amarillos recorrer las paredes de un lado a otro, fugaces, y en medio, como encajados en una película de 8 mm, las sombras de esas personas, perfiles de hombres y mujeres atareados, cruzando la habitación y esfumándose en los oscuros rincones.

Era muy pequeño cuando un día, mientras la abuela me tapaba con la manta al acostarme, le pregunté qué podían ser esas sombras que tan tranquilamente invadían mi cuarto y sin permiso. Atraían sobre mí una mezcla de emoción y terror, algo tan propio de los niños cuando no entienden algo o se enfrentan a lo desconocido. Luego, cuando crecemos, esa mezcla se disipa y solo queda el cascarón podrido del miedo.

―Esas luces son los faros de los coches, y las sombras que ves, la gente que va andando por la calle, cuando les da la luz ―me decía sabiamente―. ¿Ves? Si no cierras las persianas bien, la luz entra por las rendijas.

Estábamos en el primer piso, por eso las luces llegaban tan potentes y claras. Las persianas, cuyas hojas de madera eran tan viejas como el piso, no cerraban bien, y por esa razón no había noche en que no asistiera con atención, empujado por la necesidad de saber, a los movimientos, variantes y diferencias en cada sombra que aparecía con aparente vida propia. En ocasiones alzaba la mano para intentar tocarlas, iluso de mí, como creyendo que mi brazo lograría alcanzar el otro lado de la habitación solo por estar a oscuras, sin calcular las distancias. La ventana, situada sobre el cabecero de la cama, se convertía así en el proyector más misterioso que existía.

El abuelo quería arreglar la persiana, decía que no le gustaba que entrara tanta luz por la noche, que eso no me dejaría dormir tranquilo, pero tuve que interceder y luchar para que la dejara como estaba. Sabía cómo camelar al abuelo y utilicé mis armas para convencerle de que me gustaba que hubiera un poco de luz por las noches. La abuela me miraba como si fuese un diablillo embaucador, provocándome la risa. Cuando limpiaba el cuarto lo hacía con mucho mimo y cuidado. Había muchos libros y trofeos de fútbol, no sabía de quién, supongo que de alguno de mis tíos, porque eran antiguos, nada que ver con lo que había en esa época a mi edad, y ponía especial cuidado en hacer la cama. Allí la veía sentarse y musitar algo durante unos minutos. Al principio creía que rezaba, como cuando la acompañaba a misa por las tardes, pero el movimiento de sus labios no parecía tan automático como cuando se repite una oración varias veces. Después, acariciaba la almohada y salía con una expresión lánguida que me llenaba de pena. Rápidamente me retiraba de la puerta sin que me oyera y al cabo de unos segundos, para que no pareciera que lo tenía preparado, la abordaba con abrazos que la hacían sonreír y llorar. Yo sabía que eso la hacía tan feliz como a mí.

Luego, me gustaba mirar la habitación, tan ordenada y limpia, que no me atrevía a tocar nada, pero siempre terminaba por coger alguno de los trofeos y observarlos desde todas las perspectivas posibles para entender sus formas, embebido por su brillo y su peso, que le daba mayor valor a pesar de no ser de oro. Me sentía orgulloso de tener todo aquello para mí aunque no lo hubiera ganado yo, sino el otro chico del que no sabía nada aún.

Mi condición de hijo único y el nieto que prácticamente pasaba allí más tiempo me otorgaba ciertos derechos que nadie me había concedido, nadie más que yo mismo. El encanto del ego a esa temprana edad mantenía mi felicidad como el rey único de aquel palacio que era la habitación, un santuario más atractivo que mi propio cuarto en casa de mis padres, quizá porque, aunque me permitían revolotear por allí, seguía siendo algo prohibido, ajeno a mis posesiones reales. Y ya sabemos cuando algo se torna prohibido para un niño… más lo desea. No obstante, respetaba la integridad de las cosas allí acumuladas.

Un día se quedó a dormir mi prima, y ya en la cama, de noche, ella pasaba de todo y no veía nada, o más bien la falta de interés le hacía obviarlo. Mientras, yo cuchicheaba haciendo preguntas a las sombras, sin obtener respuesta. Siempre fui un niño inquieto, invadido por la curiosidad hacia todo. Sonreía, aliviado, si después de muchos minutos sin verles volvían a aparecer. Al día siguiente me contó que esa habitación había sido de un hijo de los abuelos que nunca llegamos a conocer porque murió joven, siendo casi un niño. Los abuelos habían tenido muchos hijos, me dijo mamá, y algunos hermanos tampoco los había llegado a conocer ella.

Aquello me llevó a pensar en que nuestro tío visitaba su habitación por las noches, y cuando nosotros nos quedábamos, se alegraba de tener compañía. Al fin y al cabo, era un niño, a juzgar por las cosas de la habitación. A pesar de que todas las sombras que llegaban de la calle parecían de personas adultas, me empeñé en buscarle entre ellas. La efusividad con la que descubría mi entorno a lo largo de los años me impedía ver lo negativo o absurdo de esa situación, siempre abierto a lo maravilloso y a la aventura. Por las mañanas me fijaba en todo, no fuera que alguna de las sombras se hubiera quedado por allí, pero nada, nadie salía de su escondite. Por mucho que me llamaran para irme a casa o recogiera los juegos, me empeñaba en seguir buscando por los rincones, obsesionado con ver a mi tío. Al fin y al cabo, siempre estaba allí solo, sin nadie, sin más compañía que los juegos, los juguetes, los libros… todo tan lejos del tiempo, diferente a lo que tenía en mi casa.

Tiempo después, durante las Navidades, los abuelos sacaron de un armario muchos álbumes de fotos familiares, muy antiguas, por supuesto. Aquello era nuevo para mí. Veía en sus rostros la pena cuando aparecía un niño, casi adolescente, del que no hacían comentario alguno. Llegué a la conclusión de que era el tío desaparecido, y me aguantaba las ganas de preguntar. Sabía que si me pasaba con las preguntas, no haría ningún bien a la abuela, por lo que prefería callarme aunque ello me doliera. A lo mejor, más adelante, siendo mayor, me lo contarían. Continuaba viendo las fotos, callado, sobre todo si mi madre estaba delante, ella siempre rehuía hablar de cualquier cosa delante de mí. Por esa razón tenía que sacarles la información a cuentagotas, le costaba contarme cosas. Es decepcionante cómo muchos padres ven en sus hijos pequeños a una mascota sin sentido de la razón. Aquella actitud hacia mí me irritaba porque era perfectamente consciente para comprender ciertos aspectos de la vida… y de la muerte.

Mientras iba creciendo mi comprensión de aquel fenómeno maduraba conmigo. No es que fuera algo extraordinario, solo que la composición de las imágenes se tornaba más cotidiana pero igualmente fascinante. Como un juguete al que nunca podría abandonar, las personas de la calle que iban y venían en las noches me ayudaban a conciliar el sueño. Pero como en todas las historias y recuerdos, el tiempo lo cambia todo, hasta los juguetes dejan de tener la misma importancia.

A veces presentía que se detenían durante los pocos segundos que el haz de los coches les permitía viajar a través de la ventana, que permanecían quietos esperando a que les dijera algo, cansados de pasar delante de mí después de tanto tiempo, como queriendo conocerme. Ese era el estilo de mi imaginación, pues llegué a convencerme de que en realidad me escuchaban, aún sabiendo que eso era imposible. Pero a mí me daba igual, no a causa de mi inocencia, puesto que era consciente de que no había nada de fantástico en todo eso: iba más allá de la razón, calculaba las posibilidades de que ocurriera por algún motivo que yo desconocía. Cuando eso ocurría me levantaba corriendo para asomarme por la ventana, pero no veía a nadie pasar. La avenida se extendía a los dos lados, a pesar de que por la izquierda no podía ver mucho por hallarse el jardín con árboles tan altos que tapaban la acera. Como último recurso, les hablaba, les preguntaba, intentaba conectar de algún modo.

Una vez me lancé desde la cama a la pared, una sombra cruzaba por ese lado y me empeñé en cogerla del brazo, o de donde fuera, porque el cuerpo se presentaba igual que un saco oscuro, lo único definido era el perfil del rostro. Ni con esas conseguí nada, como poco, que salieran huyendo, y así me quedé helado, más de desconcierto que de miedo, porque la sombra se deslizó hacia el lado contrario de donde venía. Y allí me quedé, quieto, viendo cómo se iba tras el armario.

Esta noche de tormenta me he despertado gritando, sin que los abuelos me escuchen. Estoy solo, sin primos que me acompañen, lo que ocurre a menudo. La madrugada ha dejado la calle sin tráfico ni gente, la oscuridad es casi absoluta menos cuando los relámpagos golpean en la ventana y cruzan violentos a la habitación, retorciendo en sombras los objetos y muebles. Pero entre ellos, hay alguien más. La gente de la calle. Sus perfiles, cercanos, quietos como espantapájaros, se balancean de un lado a otro, igual que las algas del fondo del mar, con paciencia y parsimonia.

Llevado por el susto y borrada la imagen de mis ojos me alzo para abrir la ventana y comprobar quién está allí, cuántas personas se agrupan a la intemperie de esas horas insólitas y bajo la lluvia que inunda tanto la calle como mi rostro. No hay nadie, el temporal ha barrido las calles demasiado temprano. Ya tengo quince años, percibo más consecuentemente los detalles de la vida, también inicio la etapa de contaminación pre adulta, que se hace más palpable, porque si no, no me preocuparía en exceso. Vuelvo la vista al interior del cuarto. Todo está negro. Bajo la persiana y cierro la ventana, ya no quiero seguir esperando, no me gustan los visitantes, que solo vienen a verme en casa de los abuelos.

Por lógica algo deben de buscar allí, y no es a mí, porque si no, me seguirían a todas partes. Llego a la conclusión de que toda mi vida he estado creyendo que eran reales, no como sombras, sino como seres. Y ahora los desprecio. He perdido una parte de mí, de mi vida, de la historia de la casa de mis abuelos, convertido todo en un episodio estúpido y sin sentido que llega a avergonzarme.

Otro flash impacta en la habitación, esta vez provocado por la tormenta, y en este momento dejo de creer, a mi pesar, en mis amigos nocturnos. Porque allí, durante una fracción de segundo, las sombras adquieren el relieve de lo corpóreo, no parecen hallarse pegados a las paredes, porque no dejan ver lo que hay tras ellos. Quiero salir corriendo pero me cortan el paso y ahogan mi voz. Se van y vuelvo a la oscuridad, y sin embargo no puedo moverme de la cama, no tengo salida, si me levanto podría tropezar con ellos y no quiero que me toquen. Están allí, lo sé, pero solo cuando entra la luz. Si salgo ahora no podrán cogerme, si es eso lo que quieren, pues nunca se habían manifestado de esa forma.

Lo que antaño era divertido se ha convertido en una pesadilla aún más incomprensible que antes. ¿Pudiera ser que la madurez mental no me permitiera ver lo que ahora se manifiesta frente a mí? Los ojos de un niño son más fáciles de impresionar, y yo, que nunca he sido miedoso, podía haber interpretado este fenómeno como un juego cuando no lo era. En este momento de mi vida entre el joven y el infante quiebran los mitos y la ansiedad se adueña de mí.

Escucho un camión que se acerca por la calazada, su motor rompe la barrera de la lluvia y sus potentes luces van a entrar, entonces ellos volverán. Mientras pienso qué hacer, el camión se ha detenido frente a la ventana y mantiene el motor en marcha, así que ya es tarde para escapar, la habitación se enciende en un espectáculo de formas humanas que rodean la cama, permaneciendo allí, quietas, inanimadas como estatuas en la eternidad. Las hojas de las persianas están rotas, como siempre, desde niño, y no puedo evitar que la luz siga ahí, presa en el cuarto. Si tan solo pudiera cerrar bien la persiana, ellos se marcharían. Solo que no me atrevo a moverme, soy carne del miedo manifestado en el sudor frío de mi rostro. No encuentro voz que salga de mi garganta, pues ella también ha caído en el mutismo del terror.

Ahora extienden sus brazos hacia mí, pero no intentan tocarme ni arrastrarme hacia ellos. No tienen boca, en cambio los escucho, no dicen nada pero quieren que vaya adonde ellos están. Permanezco pegado a la pared, como si eso me salvara. Insisten, vuelven a alzar sus brazos, y lloran, veo sus lágrimas invisibles, cómo puede ser si son negras como el terror que está a punto de segar mi aliento, que no siento ya el corazón. Me llevarán y dejarán sin alma, y apareceré, a la mañana siguiente, frío y sin expresión alguna de humanidad. Eso es lo que sucederá. Y me pregunto porqué hoy, después de tanto tiempo. Por qué si nunca los había visto como esta noche.

Siento un calor extraño junto a mí, y el peso de un cuerpo ajeno arrastrándose sobre el edredón. Una sombra más clara que las demás se mueve a mi lado, surgida de la almohada. ¿Es mi alma que me abandona? No, no puede ser, aún permanece en mí, estoy vivo, temblando de frío.

Miro hacia los libros, los trofeos. Son un mal recuerdo que me seca la boca, les echo la culpa como si fuesen ellos quienes me hubieran empujado a esta situación, los admiraba y adoraba.

Parece que la escucho hablar, son palabras que no entiendo, porque en realidad no se oye nada más que el motor del camión. Deseo que arranque y se vaya, o que apague esas malditas luces que me hacen daño. La pequeña sombra se vuelve hacia mí. Por un instante veo su rostro sonreír, y en sus ojos no hay sufrimiento alguno. Después se une al resto de sombras y todos, uno a uno, se evaporan en el aire, y el camión se marcha con las luces de sus faros, solo que mis ojos tardan unos segundos en recuperar la visión en la semioscuridad del cuarto. Sigo allí, quieto, no podré dormir en lo que queda de noche, y lo prefiero. Un coche solitario avanza por la calle, sus faros tocan a un viandante con paraguas, y éste, durante un instante, antes de que la luz cruce de un lado a otro, entra en el cuarto, da dos pasos, y se va para no volver.

Por Marcos A. Palacios

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Su salvación por un módico precio (Parte II).

Leer la Primera Parte

II.

Recuerdo un año especial, hace tiempo, cuando una congregación organizó un cisma. Comenzó a primera hora de la mañana y en total asistieron más de mil quinientos creyentes de las «Santas Víctimas de la Revelación Smithiana», una fe que lleva en el mundo unos cien años y que cuenta ya con tres facciones diferentes. Hartos de divisiones proponían, en esta ocasión, la unificación por la verdadera fe y la paz entre sus seguidores. Si en siglos eso no se ha conseguido, díganme ustedes qué pretendían estos angelicales ilusos. Continuar leyendo “Su salvación por un módico precio (Parte II).”

La Carne.

Al atardecer ya habían salido todas las carrozas. En la plaza cubierta de una muchedumbre hambrienta, las sombras se acentuaban en movimientos patéticos y teatrales del gentío concentrado y apelotonado en torno a ellas, detenidas y preparadas para el circuito. En el aire zumbaban los tambores mezclados con silbatos y carracas, pero había gente que no movía un dedo y permanecía quieta, hipnotizada por el aroma a brasa y plancha de la carne. Vi cómo los encargados de los puestos rebuznaban a carcajadas; otros balaban, pero los que más éxito tenían, los de la carne de cerdo, gruñían como bestias. El tocino era de primera y los clientes querían la carne medio hecha, casi cruda, o demasiado quemada. Alguien decía que no convenía pasarla demasiado, sabía mal y había riesgo de enfermedades, pero la mayoría la prefería bien tostada y crujiente. Continuar leyendo “La Carne.”