El agua salobre

Resulta difícil de asimilar que el pueblo de tu infancia haya cambiado tanto. Envejece, como las personas. Con la diferencia de que una plaza o una calle las puedes remodelar, y vuelven a estar nuevas. No sucede lo mismo cuando me miro al espejo. Pasar de los cuarenta no es motivo de alarma, pero observo la piel que pierde la frescura que tenía hace tan solo unos meses; y los párpados, caídos, que piden cerrarse y dormir todo el tiempo.  Continuar leyendo “El agua salobre”