No son más que ratas

La viuda Hameln perdió tanto la dignidad que dejaron de llamarla señora. Ni ella misma conocía su propia edad, pero era fácil adivinarlo por su piel arrugada que parecía cera derretida de la cabeza a los pies. Los párpados casi le tapaban los pequeños ojos acuosos que vigilaban todo con palpable ingenuidad sin perder detalle.

En la tienda heredada de su difunto marido hacía lo mismo. Cuando entraban los clientes a por sus golosinas, la viuda Hameln, disimuladamente y haciendo gala interna de sus dotes de memoria fotográfica, realizaba un exhaustivo estudio de la persona que tenía ante ella mientras, ignorante de ser objeto de análisis, realizaba sus compras, echaba un vistazo a algo nuevo que había llegado de Alemania o buscaba en su monedero en el momento de pagar.

La viuda los conocía a todos en el pueblo. Conocía sus miedos, sus manías, pecados y virtudes; si mentían, si ese era un mal día, si arrastraban una pena… como una araña reteniendo a sus presas hacía suyas las vidas de sus vecinos. Pero a quien más trato profesaba era a los niños. Por esa razón guardaba lo mejor para ellos cuando, cercana la época navideña, los sorprendía con nuevos y sabrosos manjares típicos de su país. Ricos bizcochos, jugosos dulces que no tenían comparación alguna con las reinas de su tienda: las galletas especiadas que más gustaban a las criaturas. Se llamaban Spekulatius, de tradición alemana y otros países del norte europeo. Este año, la viuda Hameln las había cocinado ella misma, con amor e inmenso cariño, a sus niños.

Los pequeños correspondían su pasión con algarabías y abrazos, algo que no gustaba a sus padres, desconfiados por tal afecto desmesurado a una mujer ruinosa y solitaria, y solo a veces les increpaban. Después de todo, ella no hacía daño a nadie con su silencioso aspecto descuidado, el perfume a azúcar glass y a horno que la envolvía en la más humilde existencia.

Una excepción importante eran cuatro niños, casi adolescentes, de carácter irascible y violento que disfrutaban robando sus golosinas a la viuda Hameln. Ella callaba, consciente y perdonándoles con una blanda sonrisa. Los demás chicos lo sabían y los marginaban, pues no aprobaban tal comportamiento para con una persona mayor que lo único que hacía era endulzarles sus días de juegos. Unos días en que la desgracia, anticipándose a la Navidad, se apoderaba de la tienda de la viuda Hameln con una plaga de ratas.

Sucias y asquerosas ratas que en poco tiempo extendieron sus madrigueras con numerosas camadas que decoraron el pueblo con infecciones, ruiditos y crías chillonas que, al igual los gamberretes que acosaban a la viuda Hameln correteaban incesantemente royendo todo lo que encontraban a su paso en alhacenas, despensas, cocinas y la tienda del difunto Hameln, el foco de la peste, víctima del expolio de decenas de roedores. Algunos comparaban a la anciana con las propias ratas, o alegaban que era culpa suya que el pueblo se encontrara en tales condiciones de insalubridad en unas fechas tan señaladas. Clausuraron la tienda, prohibieron a los niños acercarse bajo ningún motivo y se apresuraron a buscar una solución lo más rápida y fulminante posible.

El exterminador, un hombre oscuro, rebozado con una piel que parecía más bien coraza, se encargó de la desratización del pueblo, aplicando sus productos sobre todo en la tienda de la viuda Hameln, la cual ofrecía últimamente una imagen de suciedad, abandono y arcana decrepitud en la misma línea de su dueña. La pobre anciana se veía despojada de su vida. Pero también de sus recuerdos a pesar de ser algo momentáneo. Abandonó su tienda, que también era su casa, para guarecerse en otro lugar, pero nadie la vio marcharse, no era tan importante como deshacerse de aquella plaga siniestra de invasores peludos y emisores de agudos aullidos. Sin embargo, tras varios intentos, y aunque las ratas desaparecieron del pueblo, no lo hicieron de la tienda de la viuda Hameln, de donde parecía que no querían salir apenas y solo se las podía ver merodeando la puerta unos metros alrededor. El interior de la tienda exhalaba aromas pestilentes y rancios, dado que muchas ratas debieron perecer en la batida, y el 23 de diciembre, día en que la toxicidad raticida era mínima, los vecinos la abrieron para poner orden y limpieza a aquel templo de horror y suciedad y con el ánimo puesto en reprochar a la viuda Hameln las molestias por la labor ofrecida, en pos del pueblo y de todos los vecinos.

Lo que encontraron no dejó de asombrar ni al más anciano que encabezaba la tropa. Ningún rincón se veía libre de montones de roedores cuyo pelaje ceniciento parecía palpitar sobre estanterías polvorientas, mostradores, sacos de galletas que bullían incisivos gritos… y el olor… ese olor a vida putrefacta que se movía como un solo ser por toda la tienda.

No demoraron más la decisión de acabar por las malas con la sobrenatural amenaza. Los vecinos, unidos y armados de combustible, rociaron la tienda y prendieron fuego desde el exterior hasta que, ya anocheciendo, las llamas consumían los cimientos de aquel abobinable hogar de diablillos reptantes y chillones. Sus cuerpecitos, como almas condenadas en el infierno, ardían y se golpeaban entre sí intentando huir de su terrorífico final, auténticamente agónico, hasta que comenzó el albor de la mañana de Nochebuena, cuando los restos de la tienda de la viuda Hameln humeaban entre la primera nevada invernal.

Cuando las autoridades limpiaron la tienda y la vivienda de la desaparecida anciana, les llevó varias horas deshacerse de todas las ratas y desperdicios allí acumulados. El espectáculo se hacía horrible para muchos de los vecinos, que deseaban que acabara para siempre aquel cúmulo de desgracias sobre el pueblo. El pequeño edificio fue demolido finalmente, no tenía solución ni sentido mantenerlo o remodelarlo. El recuerdo de la pesadilla de las ratas debía desvanecerse rápidamente para que todas las familias del pueblo celebraran la Nochebuena en paz y armonía.

Toda la felicidad de aquellas Navidades se reflejaba en las casas de las familias del pueblo, preferentemente en los niños, ilusionados con la visita, durante la madrugada, de Papá Noel. Soñaban con sus juguetes, libertados ya de las ratas acechantes. Pero todos, todos los niños del pueblo, se despertaron en mitad de la noche acariciados por suaves aromas especiados. El olor a canela y cardamomo, unidos a la calidez del típico regusto a horno de leña, era irresistible. Uno a uno se encontraron en las calles del pueblo, acurrucados entre sus batines y orejeras, caminando sobre la nieve como hipnotizados por el dulce olor que tan bien conocían. Una vez reunidos en la puerta de la iglesia, sus miradas se helaron de felicidad al contemplar cómo la viuda Hameln les invitaba a pasar para degustar su regalo navideño. Cerca del altar y dispuestas a modo de banquete, sobre una mesa con mantel decorado de motivos navideños, enormes fuentes de galletas, las Spekulatius, se amontonaban recién horneadas para disfrute de los pequeños que no tardaron en lanzarse a los brazos de la maternal viuda Hameln, nuevamente feliz por brindar aquel momento de entrañable sabor a sus más tiernos amigos. Dispuestos los niños a la mesa, la viuda Hameln marchó a la sacristía para redondear su regalo de Navidad añadiendo una gran cacerola de chocolate caliente que pronto se convirtió en el deleite de todos los allí presentes.

La anciana, renovado su aspecto y recobrada la vitalidad de su sonrisa, los pómulos enrojecidos de enérgica salud, contemplaba satisfecha la escena, cómo los niños comían sus Spekulatius, saboreaban el chocolate con ávido apetito y emoción, para caer fulminados al suelo, tiesos como ratas, entre espasmos de dolor y vomitando espumarajos de la boca y, finalmente, formar una montaña de pequeños restos humanos que bordeaban el banquete con los rostros desencajados de dolor por la ingesta de los envenenados alimentos. La viuda Hameln reía cada vez más fuerte, su boca se abría hasta que las carcajadas se convirtieron en gárgaras agónicas, un ruido que fluía tenebrosamente desde su interior que ya no parecía humano, sino de una legión de espantosas ratas que aparecieron asomando sus hocicos por su boca y rompieron a escapar de su pequeña prisión cuando nada, ni carne ni huesos, quedaba ya de la anciana. Tan solo ratas y más ratas que devoraban los cadáveres de los niños del pueblo, así como ellos habían engullido minutos antes los manjares navideños.

FIN

Por Marcos A. Palacios

Publicado originalmente en el blog La Biblioteca de los Malditos, 2016.

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Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

No ganarás la guerra

Desde la loma más alta contemplaba el bosque infinito de pinos blancos. La Luna llena brillaba tanto que la nieve casi cegaba la borrosa vista de Rüdiger. Miraba a todas partes sin encontrar salida al laberinto de árboles que se extendía como algo imposible, algo soñado. Medio desfallecido bajó de nuevo al cauce del río, pues si seguía su curso, pensó, en algún momento encontraría ciudades o poblados donde poder comer algo. De su memoria surgían velos de inconsciencia que, a ratos, le obligaban a vacilar de su empresa.

El río se estrechó unos metros y los pinos inundaron la orilla, casi como si el agua se convirtiera en vías de ferrocarril dentro de un túnel de vegetación. Rüdiger observó sus manos, callosas y adormecidas. Rápidamente rebuscó en su pecho, debajo de la ropa, y sacó su chapa identificativa. Rüdiger Kähler/Grupo Sanguíneo 0. Mientras recordara quién era existía esperanza de sobrevivir.

Un amago de parálisis lo derribó de lado junto a un tronco, lo que frenó su caída a la espesa nieve. La garganta le carraspeaba incesante, como cuando hacía gárgaras, pero con un sonido inquietantemente lastimero y aterrador. Sufrió varias convulsiones hasta calmarse y respiró hondo. El vaho expulsado de su boca se difuminaba dejando ver, entre los troncos, una luz suave, de candil posiblemente, pues no bailaba como lo hacen las llamas de una hoguera. ¿Quién podría vivir en condiciones ambientales tan hostiles? Pensó que era una pregunta absurda, pues ni él mismo sabía dónde estaba.

Se acercó sigilosamente, como si aún se encontrara en el frente. Camuflado con su uniforme se arrastró hasta situarse a dos metros de la cabaña. Parecía una izbá, muy mal construida pero firme. Le llegaron voces que provenían del interior sin llegar a entender nada, así que afinó el oído tanto como pudo  para lograr comprender las palabras. Era ruso; por lo tanto Leningrado no se hallaba muy lejos, o quizá sí. Daba igual, pero lo extraño era no escuchar cañones ni ver aviones sobrevolando la zona. Podría ser un pueblo alejado de la región, dada la extensión de bosques que cruzaba. Miró por una ventana, con cautela. Había un matrimonio y dos niños. En ese momento, la mujer enviaba a los dos pequeños, niño y niña, a la habitación, posiblemente a acostarse. Rüdiger calculó que no debían ser más de las siete u ocho de la tarde. En apariencia no parecían hostiles, por lo que se dejó caer detrás del tronco de un árbol para descansar y pensar su próximo movimiento.

Despertó con terribles dolores de cabeza. Apenas con fuerza, intentó incorporarse del lecho donde se hallaba. Su cuerpo parecía descansado y, sin embargo, sufría cuando movía las articulaciones.

-Zdravstvujte, továrisch –fue la voz ronca que le habló desde lejos.

Giró la cabeza y contempló el rostro barbudo del hombre de la izbá. Rüdiger, con pleno conocimiento, respondió.

-Ochen pryatna poznakomitsya, vasha mílost –respondió.

-Salta a la vista que usted no es ruso, y que no sabe hablar bien mi idioma –el hombre de la barba ofreció a Rüdiger un recipiente con una bebida caliente-. Beba, no quiero que se muera de frío. Está usted al borde de la hipotermia.

Con todas sus fuerzas, Rüdiger contorsionó los dedos de las manos, pálidos y quejumbrosos, se estiró y agarró el tazón. Bebió sin siquiera oler o tentar el brebaje. Sabía a pan.

-¿Qué es? -preguntó.

Kvas de trigo. Es lo único que le puede mantener caliente. Eso y el fuego –había una hoguera encendida en la chimenea. Rüdiger fue consciente de que el frío había desaparecido de su cuerpo. Ahora se sentía mucho mejor.

-Lleva usted unas ropas extrañas, camarada –afirmó el hombre-. ¿De dónde proviene? ¿Se ha perdido o está huyendo?

La pregunta del desconocido tranquilizó a Rüdiger. Alguien incapaz de reconocer a un soldado alemán en pleno bosque de la Unión Soviética no podía ser enemigo. Barajó la posibilidad de deshacerse de esa familia y esconderse durante unos años allí. Era como ocultarse en el fin del mundo. Sin guerra. Sin hambre. Al fin, habló.

-Vengo de Stalingrado. El frío invierno ha quebrado mis tropas. Soy alemán –musitó. El riesgo era muy alto.

-¿Y qué hacía allí un alemán? Ustedes no están acostumbrados a estas temperaturas. ¿Un desertor? –preguntó el hombre.

-Sí –contestó. Ya tenía la prueba-. Mi vida está antes que morir de inanición y frío por mi patria. Creo que llevo días vagando por los bosques. Si vuelvo me ejecutarán. Pero ustedes…

-Tranquilo, továrisch. Dios le protegerá –interrumpió el hombre, suavizando su voz y tocándole el hombro con la palma de la mano–. Descanse. ¿Y dice usted que viene desde Stalingrado?

Asombrado por su descubrimiento, Rüdiger no contestó al hombre y miró a su alrededor. Había una cruz cristiana sobre la chimenea y varios iconos de santos repartidas por las maltrechas paredes de la izbá. Había encontrado una familia cristiana, creyente, posiblemente bondadosa y humana. Allí no corría peligro. Ante todo, el hecho de que aparentaban desconocer que Alemania había invadido la Unión Soviética, de que la II Guerra Mundial había devastado media Europa, era garantía de que no sería denunciado.

La mujer entró en el hogar, sola, y miró a su marido. El hombre se levantó. Se miraron con la faz sombría. A Rüdiger no le gustó ese gesto. Quizá la ignorancia que mostraban era fingida. El hombre se volvió a mirarle y sonrió.

-Disculpe nuestros modales. Mi nombre es Anshl Lykov. Esta es mi esposa, Masha –señaló a la mujer, quien hizo un leve movimiento de cabeza que indicaba saludo. Tenía unos treinta años. La cara aparecía sonrosada a la luz de la leña del hogar. Murmuró a su marido algo que parecía una despedida, se persignó con dos dedos –el índice y el corazón- y se marchó a la habitación donde poco antes había entrado con los niños–. Vivimos aquí con nuestros hijos. En esta época apenas salimos. El resto del año cosechamos y elaboramos nuestros alimentos para el invierno. Con treinta grados bajo cero, ahí fuera solo podría sobrevivir un animal. O un demonio.

Pronunció las últimas palabras abriendo los ojos y mostrando los dientes, apretados, para acabar riendo. Rüdiger se sintió amenazado y se inclinó hacia atrás. Continuaba sentado en el lecho. Observaba a Likov, quien cambió su expresión por una más calmada y menos sardónica.

-Ha tenido usted suerte -dijo, de pronto, Likov-. Ahí fuera hay muchos peligros.

-Lo sé. Osos, zorros… tormentas de nieve. El frío… -respondió Rüdiger, en tono importante.

-Peor que eso… -y la boca del hombre quedó entreabierta pese a haber terminado de hablar.

-¿Qué hay peor que la muerte? –preguntó Rüdiger con tono de fastidio.

-¡La no muerte! El Vurdalak –dijo el hombre, acariciándose la barba.

-¿Qué es eso? ¿El infierno ruso?

-Es la no muerte acechando en el bosque. Vampiros de la taiga que se alimentan de nuestra sangre.

-Usted es cristiano. No debería creer en eso –y se incorporó de nuevo, para sentarse en el lecho. Algo le picaba en el cuerpo, abrió la casaca y la camisa a la altura del pecho y su hombro. Contempló las heridas de las batallas. Debido a la falta de higiene se le habían infectado y tenían peor aspecto. Pero daba gracias de que no gangrenaron por el terrible frío.

El soldado miró al hombre con el rostro descompuesto. Estaba loco, sin duda, y aunque no parecía peligroso, no confiaba en su suerte. Perdido en un bosque desconocido, con una familia campesina, sin recursos, aislados de toda señal de civilización. El corazón se le detuvo, o eso creyó Rüdiger, faltándole el aire. Perdida la vista, se tumbó en el lecho y poco a poco iba perdiendo la consciencia, mientras el hombre le espetaba palabras ininteligibles. Apenas podía oír.

-Por… favor… quiero irme –Rüdiger deliraba para sus adentros. Repentinamente agitó la cabeza como aguzado por un intenso dolor y arrojó un suspiro. En aquel momento sintió recuperar sus sentidos–. Dígame, Likov, si esto no es peor que la muerte…

-Antes ha dicho que venía de Stalingrado. ¿Qué hacía allí? -la curiosidad del hombre hizo que insistiera en sus preguntas.

-La Guerra. ¿Acaso no vive usted en este planeta? –Rüdiger estaba casi enfurecido. Qué hombre tan ignorante. Pero un hombre al fin y al cabo, que le estaba salvando de la muerte. Lo miró fijamente y descubrió una humildad que jamás había sentido en su vida-. Mis tropas invadieron Stalingrado, pero fue un error. El invierno nos está matando. He huído del hambre y el horror. Mi vida es más valiosa. Le agradezco que intente salvarme, pero si va a denunciarme…

-¿Por quién me ha tomado? ¡Soy un hombre de Dios! –Likov se levantó, iracundo–. Todo ser tiene derecho a ser  amado y a vivir. Usted ha elegido ese camino. Usted también es un hombre de Dios. Prefirió no matar para vivir. Una decisión cobarde la de desertar, quizá, pero a partir de hoy nunca volverá a levantar un arma contra un semejante. Que Dios le bendiga, soldado –y diciendo esto, volvió a sentarse, atusándose la barba.

-Rüdiger, továrisch. Ese es mi nombre –se hizo un silencio pacífico, como si los dos hombres hubieran descargado toda su ira y la calma los venciera.

-Mi familia y yo vivíamos en Stalingrado –comenzó a relatar Likov-. Mi hermano Piotr fue asesinado por nuestras creencias religiosas. Somos creyentes viejos, desligados de los ortodoxos. Difícilmente nos aceptan en sociedad. Tuve que elegir escapar con mi mujer una mañana en que la policía se aproximaba a interrogarnos. Escapamos por muy poco. Pero creemos que el resto de nuestras familias fue ejecutado –Anshl bajó la mirada y unas lágrimas asomaron en sus ojos irritados-. Y todo en nombre de Dios…

Entonces Rüdiger recordó a un joven soldado español que fue destinado a apoyar las tropas alemanas en el sitio de Stalingrado. Formaba parte de la División Azul franquista. El jovenzuelo, pese a todo, sonreía a diario, a pesar de las muertes de sus compañeros, del hambre, de las fiebres y las diarreas que mermaban su salud. La vitalidad de aquel muchacho, pensó, le otorgó fuerzas para seguir. Había, no obstante, algo en la vida que hacía que mereciese ser vivida…

-Mi gente está matando a la suya –irrumpió Rüdiger, con palabras apresuradas-. El Tercer Reich se alza y un nuevo imperio brillará bajo el Sol, por la gloria del Führer.

-Továrisch Rüdiger –dijo Likov-. No sé quién es ese Führer del que habla, ni la guerra que ha mencionado. Llevamos muchos años viviendo en este lugar. Mis hijos nacieron en la paz del verano de estos bosques y nunca hemos oído ni visto nada desde la Gran Guerra. Solo estamos mi familia y Dios. Ningún hombre vivo ha pisado nunca estas tierras. No debe tener miedo, sea feliz.

-Me iré cuando amanezca. Y le aseguro que, allá donde vaya, no volveré a matar. Dígame, ¿dónde nos encontramos? Necesito orientarme.

-Hace cinco años salí de estas lindes. Encontré algunos pueblos a mucha distancia de aquí. Por eso puedo decirle que estamos en la taiga siberiana –para Rüdiger esa información era incompleta.

-Mire, solo necesito saber si Stalingrado queda lo bastante lejos.

-¿Lejos de Stalingrado? Todo lo lejos que podría desear. ¿Puede explicarme cómo, en su estado, ha recorrido más de tres mil millas en pocos días, a la intemperie, sin comer ni dormir? No me mire así, le digo la verdad, así que sea usted sincero conmigo. Ahí fuera hay lobos y bestias. El frío siberiano es inhumano. Los vurdalak están al acecho. Usted me está mintiendo.

La mente de Rüdiger era difusa. Tras la pequeña ventana el viento se había levantado y la espesura del bosque no permitía ver más allá de unos cuantos pies de distancia. La Luna Llena seguía coronando el cielo con su luz clara, diáfana, en una noche estrellada y hermosa. De Stalingrado al centro de la URSS, un viaje borrado de su memoria. ¿Podía creer a ese hombre piadoso, eran verdaderas sus palabras? Recordó que el silencio de la taiga aportaba pruebas de que la guerra que se libraba en media Europa quedaba tan lejos, a medio mundo, que sí era posible. Pero ¿cómo había logrado atravesar miles de millas saliendo ileso?

-Duerma un poco. Mañana hablaremos y quizá recuerde todo –le aconsejó Likov.

Rüdiger se tumbó en el lecho, junto al fuego, y seguidamente se escondió entre las mantas de gruesa lana. Likov apagó los candiles –uno sobre la chimenea, otro junto al hornillo-, y se sentó en una silla, cubriéndose con lo que se parecían pieles de reno. El desafortunado soldado quedó mirando a la nada, sumido en pensamientos nada reales.

Cerrando los ojos, procuró abandonarse al sueño de un Morfeo cruel y monstruoso. Pero en sus delirios recordó el espeluznante encuentro con un huargo terriblemente gigantesco, de pelaje lanoso y blanco como la nieve que le observaba desde una meseta cercana, siempre con la Luna acechando. De entre sus fauces borboteaba una baba sanguinolenta, roja, tan espesa como el brillo de sus ojos. Dando un salto sobrenatural, llegó a los pies de Rüdiger, cayendo con furia sobre las patas. Alzó su horrible cabeza, parpadeó… y movió la cola. De pronto, la enorme masa lupina emitió unos cariñosos sonidos, como un perro buscando calor humano, y comenzó a lamerle la mano. La voracidad del monstruo desapareció y Rüdiger, temeroso, acercó la mano al animal, acariciándole el hocico, primero, y la cabeza después. Tal mansedumbre le sorprendió pero acabó aceptando a su nuevo compañero. Como gesto de triunfo, amor, o quién supiera, el huargo aulló tan fuerte que los árboles del bosque se agitaron violentamente, tal como si una ventisca descomunal atravesara la taiga. Rüdiger imitó al huargo alzando la vista al cielo y lanzando un bramido sobrecogedor incluso para él. El sonido de su garganta ululaba como una bestia surgida del mismo infierno hasta que la presión del grito en las cuerdas vocales le apartó de aquellos pensamientos.

Tenía los miembros entumecidos. Se abrazó el tronco sin suerte, seguía sintiendo el gélido viento siberiano emanando desde el interior de su propio cuerpo. El tacto de su piel le pareció rugoso y áspero, desagradable. A su alrededor, la oscuridad de la izbá era cortada por un tajo de luz de luna atravesando el cristal de la ventana. Casi ni sentía los latidos de su corazón. Rüdiger, con la desesperación recorriendo todo su cuerpo, escuchó crujir los huesos al levantarse del lecho y advirtió una sed insaciable. La lengua le raspaba como piedra pómez y una rabia invadió su templanza. Olfateó el aire dirigiendo la mirada hacia el rincón donde Lykov dormía en su silla. Entonces, puso en marcha sus pasos hacia él en el momento en que su mirada tropezó con un pequeño espejo sobre el hornillo, que quedaba, a su vista, a la derecha de su anfitrión.

Era su rostro reflejado, más parecía envejecido, pues los ojos, saltones y amarillentos, salían hinchados del rostro quebrado y mortecino. Entre los labios ya no encontró dientes, pero sí colmillos irregulares, afilados. El aspecto de su pelo no podía ser más deplorable, de un blanco ceniciento que envejecía su terrorífica faz, en la cual posó sus manos para asegurarse de que no era él. Sin embargo, comprobó que ningún otro ser más que él se encontraba delante del espejo. Observó las manos, huesudas, acabadas en uñas tan largas como una navaja oxidada.

-¡Vurdalak! –la voz de Anshl Lykov resonó con un eco turbador.

Rüdiger se volvió a su anfitrión, cuya figura era contorneada por las sombras.

-¿Qué me has hecho, maldito? ¡Mira en qué me he convertido! –exclamó Rüdiger con furia.

-Tovarisch -replicó Lykov-, Dios así lo ha querido. Seguramente fue usted mordido por un vurdalak mientras escapaba de sus compatriotas en Stalingrado. La taiga está poblada de decenas de esos seres, acechando a las familias campesinas o regresando de sus tumbas. Apenas se acuerda usted de nada porque su cuerpo cambiaba al tiempo que perdía la humanidad, hasta que llegó aquí. Pero no todos los que son mordidos por vurdalaks acaban siendo vampiros. Algunos mueren. Ahora que lo sabe, váyase o será enviado a las tinieblas –y al decir esto, Lykov, dando dos pasos a su derecha, situó su cara en pleno rayo de luna.

El aspecto del hombre ya no era del piadoso campesino que se esforzaba por salvar la vida a un moribundo soldado nazi. Su piel era más pálida, de tacto reseco, tirante. Los labios habían adquirido un tono violáceo, envolviendo unas mandíbulas color vino. Emergían de ellas dos finos colmillos que relucían en una sonrisa calmada.

-¿Quién eres? ¿Acaso todo el mundo aquí es un monstruo? -exclamó, confundido, Rüdiger.

-No soy como tú, si es a lo que te refieres. Soy un upir –la voz del hombre sonaba ronca pero muy humana, al fin y al cabo-. Un vampiro diferente. De aquí a unos instantes te sobrevendrá una imperiosa sed de sangre, pero no dejaré que asesines a mi familia. Te estoy dando una oportunidad, vurdalak.

Rüdiger rugió y golpeó una mesa que se encontraba cerca de él arrancando una de las patas, que partió en dos para convertirla en estaca.

-¿Un vampiro que cree en Dios? –amenazó a Lykov con la estaca. Los sonidos guturales que arrancaban de su garganta avisaban al enemigo de que no estaba dispuesto a perdonarle la vida–. Con esta estaca, maldito príncipe de las tinieblas, acabaré con tu existencia y tú y tu familia me alimentaréis.

-Si no luchas en una vida plagada de peligros, es que no mereces vivir –manifestó el campesino.

Al acabar esas palabras, Rüdiger se lanzó sobre Lykov alzando la garra que tenía libre para despellejarle el cuello y poner a su disposición la sangre que necesitaba, mientras que la garra con al que sujetaba la estaca buscaba firmemente el corazón de Lykov, quien aparentaba menos ferocidad, y esa fue, posiblemente, la ventaja del campesino, ignorando Rüdiger que el upir poseía otras facultades. Ya ambos en el suelo, con Rüdiger sobre Lykov, el upir abrió la boca que ya no parecía humana, sino un abismo de brillantes clavos que iba expandiéndose flexiblemente hasta una anchura con la que podía tragar una cabeza humana. En lugar de eso, Lykov asestó a su enemigo un colosal mordisco en el pecho, lo que ocasionó que estallara sangre a borbotones. El vurdalak hizo retumbar la izbá con un conmovedor bramido, tan agudo que los cristales de las ventanas reventaron a pedazos invitando al viento y la nieve a penetrar en el cálido hogar, ahora escenario de una batalla de ultratumba.

Lykov bebía la sangre de Rüdiger mientras a éste le abandonaban las fuerzas. Su cuerpo, aún agitándose, fue retirado al suelo por el upir. Miró al vurdalak, su pecho destrozado, gimoteando como un animal moribundo.

-Dios no te juzgará –espetó Lykov-. A mí tampoco.

Diciendo esto, el upir, persingándose con los dedos índice y corazón, murmuró una plegaria al tiempo que arrancaba el corazón, ya reseco, del soldado, y, como si de un acto rutinario se tratara, lo devoró en segundos, acariciado su rostro por la Luna y el viento gélido que depositaba en su barba copos de nieve pequeños, suaves, cristalinos. Con la mano limpia cerró los ojos a su víctima y lloró.

-Que Dios te bendiga.

Tras la puerta de la habitación, levemente entornada, asomaba la ojerosa mirada de la madre, Masha, junto con los pequeños. Permanecieron en esa posición unos instantes y, después , cerraron la puerta para continuar su sueño.

FIN

Por Marcos A. Palacios.

Publicada originalmente en el blog La Biblioteca de los Malditos, 2016.

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Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.

El agua salobre

Resulta difícil de asimilar que el pueblo de tu infancia haya cambiado tanto. Envejece, como las personas. Con la diferencia de que una plaza o una calle las puedes remodelar, y vuelven a estar nuevas. No sucede lo mismo cuando me miro al espejo. Pasar de los cuarenta no es motivo de alarma, pero observo la piel que pierde la frescura que tenía hace tan solo unos meses; y los párpados, caídos, que piden cerrarse y dormir todo el tiempo.  Continuar leyendo “El agua salobre”

Cómo convertirse en bestia

Lo primero que hay que saber cuando tienes intención de transformarte en un ser terrible, es que tu corazón debe albergar fe. Si no, no vale para nada cualquier intento. Todo sería en vano. Solemos creer a pies juntillas en sentimientos abstractos, intangibles, como la amistad, el amor —¡qué relativo y ambiguo, el amor!—, y todas esas cosas que nos enseñan en las películas y series de televisión noñas. No, amigos, la fe propia debe provenir de las creencias de cada uno, sin que mancha externa alguna la pueda manipular. Continuar leyendo “Cómo convertirse en bestia”

La Biblioteca de los Malditos. Un relato de Marcos A. Palacios.

Aprovechando unos días de vacaciones acudí a un seminario de literatura en la ciudad de Toledo. Durante los días que iba a hospedarme en la ciudad de El Greco no pude sino quedar maravillado ante la elegancia natural del legado de las Tres Culturas, de la atmósfera de misterio y leyenda que profesan sus calles empedradas de pasajes laberínticos, de la caótica armonía de la judería, con sus teselas en alfabeto hebreo colocadas estratégicamente en desapercibidos rincones de escaleras y suelos… tan fascinado me encontraba en esos días otoñales, cuando el cauce del Tajo eleva el perfume húmedo de sus aguas hacia el Alcázar y el apagado azul de las nubes tiñe las fachadas con su fantasmal velo medieval; tan intensas eran mis sensaciones de pertenecer a un pasado de gloria y sabiduría, que me perdí una tarde oscura y de silencio arcano intentando alcanzar la plaza del Zocodóver, acompañado únicamente por los gritos de una urraca rebelde que me vigilaba impertinente desde un tejado.

Miraba, pues, al indiscreto pájaro allí posado, cuando un trueno obsceno lo asustó, y por Zeus que creí que el corazón se me escapaba con el aliento al pasar rozando mi cabeza la urraca espantada, y que de su oscuro pico saldrían las temidas palabras que Poe acuñó en voz de su diabólica mascota, aquel «¡Nunca más!» profético que petrificaría mi alma condenada por la eternidad. En vez de eso, nada pasó, salvo que el desdichado córvido se posó sobre el dintel de una puerta de altura considerable, madera antigua y roída por la carcoma, adornada con un cartel donde podía leerse «Bibliotheca».

Quiso mi inconsciente impulso atravesar aquella monumental puerta para sentir, una vez pasado el umbral,, el perfume añejo del papel incunable, la humedad reconfortante de los monasterios montañeses y el agrio aroma de… del pepino en la ensalada veraniega de mi niñez. Bajo la sombra de un gran busto de Fílira un señor de expresiva energía y monumentales patillas blancas me sonreía mientras acarreaba una montaña de libros en sus brazos.

―Claro que usted también lo ha notado, joven. Aquí las normas son muy específicas, pero algunos socios ya son de la casa y hacen lo que quieren. Mire usted, mientras los demás no se quejen…

―¿Es esto una biblioteca como reza el cartel de la entrada, señor?

―¡Por supuesto, joven! Bienvenido a la Biblioteca de los Malditos… ese nombre no se lo he puesto yo, claro. Han sido ellos.

―¿Ellos? ¿Los socios?

―Son muy especiales, ya lo verá. ¿Y usted? ¿De qué ha muerto? Diría que es el más joven de todos… ―el bibliotecario se atusó una patilla con la mano que le quedaba libre. Mantenía con astuto equilibro más libros con el otro brazo, parecía más bien un artista de circo por la postura musical que adoptaba yendo de aquí a allá con todos esos volúmenes, ricamente encuadernados. ―¿Ha traído sus obras para el disfrute de esta comunidad?

Debió ser mi desconcierto y exudación lo que alarmó al bibliotecario. ¿Muerto yo? ¿Cuándo? ¿Acaso se cumplió la maldición de Poe con esa urraca maldita? ¿Era mi destino viajar a Toledo para encontrar al pájaro de la Parca, al ave de Hades que me condujo cual Caronte a la biblioteca del infierno?

―¡Oh, siéntese, caballero! Creo que solo es un sencillo visitante, ¿me equivoco? ¡Cuánto lo siento! Viéndolo así, con ese aspecto y ropas tan anticuadas… no es que estén viejas, no, pero en pleno siglo XXI… no es muy común.

―Me gusta vestir así.

―¡Por supuesto! Y, ¿puedo saber cómo se llama usted, joven literato?

―Llámeme Otis. El resto es un capricho de mis padres. Entonces, señor bibliotecario, esto no es una biblioteca normal, por lo que estoy viendo.

―¡No lo es! ¡Es la mejor biblioteca del mundo! Pase, dé una vuelta para concer nuestro fondo y nuestros socios. Somos una gran familia. Algún día también usted podrá ser socio… espero que dentro de mucho tiempo, aunque por lo general no suele ser así.

―¿Sabe? Me resulta usted familiar.

―Si solo le resulto familiar significa que no ha leído usted mi obra y le importo un carajo. Anda, vaya a conocer a los socios y clientes y maravillarse ante este paraíso que es nuestro templo de literatura. Y déjeme terminar de ordenar todo este lío. Lo que sí le digo es que hoy no han venido muchos, así que olvídese de ir recorriendo los pasillos como un infante alterado buscando a sus escritores favoritos entre los que, sin duda, yo no me encuentro.

No entendí nada de lo que dijo. Al principio tuve la sensación de que era un señor equilibrado, pero sus palabras finales me desconcertaron y creí estar ante un chiflado al que los libros, cual Alonso Quijano, habían vuelto loco.

La primera sala a la que accedí podría describirse como un salón de ocio. Lo que sí pude advertir fue la antigua estructura, de techos abovedados pulcramente policromados con escenas mitológicas, columnas estucadas y muebles tan antiguos como mi estilo de vestir. En un rincón contemplé a dos figuras ataviadas con ropajes semejantes a los míos, aunque quizá más modernos incluso, que ya era decir. Si al bibliotecario le llamó la atención, entre la gente de mi entorno era el objetivo de habladurías y miradas extrañas. Eran un hombre y una mujer, de edades similares, y ambos reían de una manera especialmente escandalosa. Él estaba de espaldas pero se le veía joven, y ella se limpiaba la boca con una delicada servilleta.

―Mire, tío, un visitante. Joven, acérquese ―dijo la mujer, levantándose y sosteniendo una bandeja. Me ofreció el contenido de la misma, y en ese momento vi el rostro del amor y de la desgracia en aquellos ojos profundos, sinceros y arrogantes.

La feminidad de aquella amable doncella contrastaba con el fuerte carácter de sus formas faciales. La miré de los pies a la cabeza. Sus ropajes destilaban colores y telas exóticos y su cabeza estaba coronada por una bella diadema que alejaba todo el pelo de su frente hacia atrás, como una reina asiática. De su cuello colgaban, como lágrimas, collares de perlas que tintineaban en un sonido hueco y danzarín. Permaneció en aquella postura hasta que me decidí a hablar.

―Gracias, señorita, pero no tengo hambre.

―No puede irse sin probar estos canapés de pepino, muchachito. Ande, coma, coma.

Accedí y tengo que reconocer que fue como probar un bocado de dioses. Aquel manjar debió salir del Olimpo gastronómico, porque no me explico, aún hoy, cómo jamás llegué a probar algo tan efímeramente delicioso.

Después de que la señorita aplaudiera, mostrando así su satisfacción ante mi inequívoco placer, su tío se dio la vuelta para hacerme caer de un susto. Aquel hombre era Oscar Wilde, si bien mis ojos o mi imaginación no me engañaban. En su porte de imponente orgullo y labios carnosos y ambiguos encontré su expresión de máxima felicidad al mirarme, y sus ojos, de caída triste que denotaban humilde carácter bajo su capa de dandy y personaje público escandalizador, se abrieron al contemplarme allí, de carne y hueso, asustado e incrédulo.

―Tío, ni se le ocurra espantar a este hermoso joven… ―dijo la mujer. Pero, ¿cómo que era su sobrina si debían tener la misma edad?

―Dolly, querida, quiero hablar con este simpático gentleman a solas. Quiero enseñarle la biblioteca. Puede que tengamos mucho en común.

―Pero… usted… es Oscar Wilde. ¿Cómo es posible este sortilegio? ¿A qué lugar encantado he llegado? ¿O es mi alma, que vaga perdida por los campos del amargo sueño de la muerte?

―Mmmm… veo que no es solo usted hermoso, sino poeta. Venga, venga, quiero enseñarle primero el patio. O debería llamarlo claustro. Es un lugar de exquisita tranquilidad para gente como… nosotros.

―Que pasen un buen rato ―exclamó Dolly. Oscar desplazó su brazo entre el hueco del mío a modo de acompañante, a la antigua usanza. Me sentí cómodo con este gesto, ya que soy admirador de las costumbres obsoletas.

―¿Desea unos bombons? Quizá después de ese horrible canapé de mi sobrina no le haya quedado buen sabor de boca.

―Gracias, pero está bien así, señor Wilde.

A pesar de mi estupor por aquella vivencia, la compañía suponía tan especial evento que la preocupación pasó a un segundo plano. No obstante, tenía muchas preguntas. Cruzamos un pasillo que dio directamente a un claustro de hermosa majestuosidad gótica. El cielo ya oscurecía, había expulsado a las invasoras nubes que provocaron que tuviera el fantasmal aspecto de una eterna tormenta y dio paso a su manto eléctrico con algunas motas brillantes aquí y allá. Paseamos a la luz de las velas que se alojaban en oxidados candiles. El frescor aumentó con las gráciles ráfagas de brisa.

―Pero, ¿dónde se encuentra la biblioteca? ―pregunté.

―Allí, al otro lado del claustro, en aquella puerta. Pero ¿por qué tiene tanta prisa? Admire el brillo de las diminutas estrellas. Desde aquí tenemos una idea tan equivocada de ellas…

―Bueno, la idea que yo tengo es que, o bien estoy muerto, o esto es un sueño extraño.

―Nada de eso, joven…

―Otis.

―¡Otis! Ni en toda mi vida Baco me gastaría esta broma maravillosa. Sepa que usted ha cruzado esa puerta de allí afuera como lo haría un atleta griego al llegar a su deseada meta, al premio de todos sus esfuerzos y sudores. Y no le quepa la menor duda que este grato Caesar que le acompaña será quien le obsequie con lo que más desee en este mundo…

Wilde fue interrumpido por un sollozo tenue que pronto se convirtió en un alarido de pavor. Provenía del centro del claustro, de una figura a medio trazar apoyada junto al pozo. Las sombras del anochecer, conjugadas con la luz de las velas pretendían hacernos creer que quien allí estuviera aparecía y desaparecía con cada latido de corazón, como un alma ausente de su purgatorio que todavía no sabía a dónde debía dirigirse.

―No le haga caso, joven. Es Gustavo Adolfo Bécquer. Está medio dormido allí, como un grillo entre la hierba, lejos de todos. La verdad es que no sé si está loco o si, sencillamente, es un loco encantador. Ahora andará buscando su rayo de luna. No sé para qué…

Nada más acabar Wilde su profética frase, una nube inquieta dejó entrever la Luna, antes oculta, y un rayo leve a la deriva alcanzó al hombre triste del pozo, y pude distinguiren él la perilla y los rizos de Bécquer, tan parecido y orgulloso como aparecía en esos billetes de cien pesetas que aún guardan mis padres. Entonces, supuse que me encontraba en el escenario de alguna obra de teatro de una compañía de actores que, con su natural parecido a aquellos personajes y un poco de mágico maquillaje, entraban en la piel de tan conocidos autores pasados. No cabía duda de que todo era un montaje, delicioso por una parte, en el que habían conseguido que me creyera en otra época, en otro lugar y momento. Decidí seguirles el juego. Podría ser el germen de una historia para la revista universitaria.

Mi primera jugada para acompañar al falso Oscar Wilde a la biblioteca fue interesarme por él, por su vida. Me contó que a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte, no podría decirse que su estado fuera tal; lo mismo ocurría con el resto de socios. «Estamos aquí en permanente búsqueda de nuestras vidas», dijo, cerrando los ojos para otorgar un aire de maestría a su frase.

Llegamos a la puerta a la biblioteca. Sentí la gran necesidad de repeinarme para estar presentable ante semejante hazaña. ¿A quién me encontraría en esta ocasión? ¿Qué me habría preparado esta magnífica compañía de actores para deleitar mi gusto literario? ¿Acaso no sería la broma de algún compañero, puesto al día de mis preferencias, el que, a través de aquellos personajes, quiso regalarme el homenaje de mi vida? Ahora sí que entré en éxtasis cuando Oscar Wilde abrió la enorme puerta de madera lacada, semejante a la de la entrada principal pero, en esta ocasión, contenía altorrelieves de escenas míticas en la historia de la literatura: ‘La Divina Comedia’, ‘Drácula’, ‘El jorobado de Notre Dame’, ‘El Rey Amarillo’… resultaba una mezcla un tanto excesiva a la vez que impactante. ¡Diríase que fuera uno a atravesar el verdadero Infierno acompañado del hombre más glamouroso del mundo! En su lugar, aparecimos los dos en un salón de imposible y grandiosa belleza donde las estanterías ocupaban la práctica totalidad de la superficie y las paredes; con numerosas escaleras en caracol que conducían a los ejemplares más elevados, los cuales ya estaban próximos a un cielo azul y nuboso que representaba la cúpula sobre nuestras cabezas, todo él con angelitos asomados a una policromada barandilla, que nos observaban como espectadores de un teatro celestial.

Pero no podía ser posible que tal edificio estuviera en los callejones toledanos. Podría tratarse de un trampantojo, el mayor y más hermoso trampantojo que haya visto jamás en mi vida; el efecto óptico mejor conseguido a la altura de Mantegna. ¡La subida al cielo que todo mortal desearía para su pobre alma!

―¿Se puede saber qué miran? Bajen sus cabezas, así solo conseguirán hacer crujir sus cuellos como tostadas ―exclamó el bibliotecario a dos pisos sobre nosotros, mientras conducía un carrito repleto de libros que, cuidadosamente, iba colocando en su lugar. No, no estaba equivocado, no existía ninguna ilusión. Pero… ¿cómo podía ser…?

Al momento, unas risas dicharacheras inundaron los pasillos de la biblioteca. Wilde, todavía tomado de mi brazo, me condujo a través del laberinto de miles y miles de ejemplares repartidos armoniosamente en las estanterías, casi tan antiguos y polvorientos como un baúl olvidado en una guerra. En un rincón, sobre un grupo de mesas de estudio más parecidos a las de los scriptorium, un hombre y una mujer morían literalmente de risa ante un pobre y maltrecho pordiosero que, acurrucado frente a ellos, parecía delirar. Wilde pareció llenarse de ira y se dirigió a los dos payasetes con efusiva ira.

―¿Ya están molestando otra vez al señor Poe? No me esperaba esto de ustedes. ¡Y éste escándalo! Entendemos que hoy no hay nadie más que ustedes aquí, pero las normas son las normas. Señor Poe ―dijo tiernamente acercándose al oído del pobre diablo―, ¿me escucha?

―No le va a hacer caso ―contestó la joven muchacha, vestida con indumentaria claramente en desuso―. Está borracho. Mañana ni se acordará.

Y volvió a reír. Esta vez, su acompañante no le secundó, sino que guardó algo detrás de él para que Wilde no lo viera. Pero fue tarde. El gigantesco dandy ensombreció su rostro y un ictus de terror deformó la alegría de los burladores.

Así que allí estaba con Poe… su frente y bigote eran inconfundibles. El desdichado Edgar Allan Poe. Como un arrebato de resurrección tras un ataque de catalepsia, Poe explotó en un delirio poético que nadie esperaba presenciar.

«¿Dónde seré conducido yo,

infame muñeco mortal, cuando la muerte,

seca y despiadada, no quiera visitarme más,

se aleje y rehúya de mí como olas de tempestad?

Se pudrirán mi cuerpo y mi alma en vida

y el deseo último de mi ser jamás se cumplirá.

Mi virginal objeto de amor escapa ya ante mi presencia,

agusanado rostro del martirio eterno…»

Y una vez más, Poe sucumbió al vino, y dejó de hablar.

―Suerte que se ha callado… ―susurró la joven. Observándola bien, tuve la impresión de conocerla, más no caí en la cuenta de quién podría ser. En cambio, el hombre junto a ella, era inequívocamente Howard Phillips Lovecraft.

El semblante abismal de aquellos ojos, la boca hermética, aquella postura incómoda ante la gente… Lovecraft, cuya idea de talante nervioso se derrumbó allí mismo al contemplar a una persona llena de alegría y humor… ¿Qué estarían haciendo a Poe? ¿Qué escondía Lovecraft que no quería que Wilde descubriera? La astucia del dandy superaba a la ingenua pareja de la biblioteca.

―Bien. Enséñenme lo que ocultan. Señor Lovecraft… señora Shelley. No me obliguen a ser su padre.

Dos cuadernos aparecieron frente a las narices de Wilde. En ellos había bocetos, dibujados, claro está, por los dos criminales. Wilde me acercó los bocetos, y no pude más que aguantarme la risa. En eso que él se dio cuenta, y prefirió callar, ya fuera por su admiración a mi belleza, o bien por no pertenecer al club. No obstante, nada me impidió tomarme a broma toda esa situación. ¿Quieren saber qué había dibujado en los cuadernos? Dos caricaturas de Poe. En uno, plasmado con los trazos de Mary Shelley, se veía a Poe enfundado en el deforme traje de un Primigenio lovecraftiano, cuya característica más resultona consistía en los tentáculos del archiconocido cefalópodo extraterrestre. La otra caricatura, de la mano de Lovecraft, rendía homenaje al moderno Prometeo de Shelley, Frankenstein. De la extensa frente de Poe surgía una profunda cicatriz cuyos afluentes, más suaves y accidentados, deformaban el rostro del escritor y se confundían con ásperos hilos de cabello.

El señor Wilde no se lo tomó bien, y condujo a Poe fuera de la biblioteca. Entonces, tras un intenso silencio, yo, Shelley y Lovecraft nos echamos a reír sin piedad. A pesar de haber leído sus obras y conocerlos en parte por sus biografías, era como retroceder en el tiempo hacia una dimensión donde, precisamente ellos, mis musas literarias, se hubiesen reunido para mi extremo deleite. ¿Y si no fuera una representación? A medida que reflexionaba y reía con mis camaradas de biblioteca, creía volverme loco. Ya no sabía dónde me encontraba, qué era aquel lugar tan fuera de medidas que era poco probable que cupiera en los callejones de la judería; o era una broma de mis compañeros. ¡Qué diablos! ¡Era maravilloso compartir espacio y dialogar con mis escritores favoritos, aunque no estuvieran todos! Eso mismo había dicho el bibliotecario, más o menos. ¿Podría ser él la clave?

―Tenemos un nuevo visitante ―comentó Lovecraft una vez que nos calmamos.

―¿Viene usted del futuro? No veo la diferencia entre usted y la gente de nuestra época, aunque tiene algo atemporal… ese peinado.. ―preguntó Mary Shelley.

―Querida, para usted el futuro no cambiará ni en doscientos años, todo seguirá igual que en sus días… un desacierto reflejado en sus novelas, siempre se lo recordaré. ¡Qué pocos horizontes de cambios!

―Otra vez con sus ironías, Howard. Prefiero no hablar de su baja autoestima de escritor. Podría hundirle en el peor de los fangos.

―¿Podrían no pelearse delante de mí? He cruzado portales dimensionales y extensos pasillos mágicos para encontrarme aquí, con todos ustedes, y no creo que me deje buen sabor de boca ver a dos genios de la pluma echarse la tinta a la cara como lo están haciendo ahora… ―Sí, entré en el juego, quizá de esa forma podría averiguar qué estaba pasando allí.

―Tiene toda la razón. En fin, joven, Howard… me voy. El viejo estará a punto de cerrar y he quedado con Percy. Quiere escribirme un poema.

―Hoy en día no se escriben poemas como los suyos, Mary. Demasiada sensiblería y poca imaginación ―remató Lovecraft―. Ya los pseudopoetas ni se molestan en leer los clásicos. ¡El triunfo de la vulgaridad, el empoderamiento de lo ególatra contra el arte y la belleza!

―¿Le gusta la poesía, señor Lovecraft?

―Sepa, joven con aspecto de burgués neoyorkino, que soy tan culto como el desdichado Poe. Los tiempos han cambiado. Antiguamente, los muchachos sabían lenguas clásicas, ciencias, política, arte… todo eso antes de su mayoría de edad. Y hoy… ¿qué saben hoy? Dígame.

―No hemos cambiado tanto. Hay quien tiene acceso a la educación, y quien no, como toda la vida.

―¡Bobadas! El mundo es una tinaja enterrada en el más olvidado pozo de los despojos de sabiduría del ser humano. En cambio, aquí, en esta biblioteca, todo permanece tal como debe ser.

―¿No debería salir un poco? ―le pregunté después de notar una leve y palpitante vena en su sien.

―Eso, Howard. Vamos a dar un paseo, de esos que tanto le gustan, ahora que refresca. Y me acompaña con Percy a pasar una encantadora velada al río. Sabe que siempre es bienvenido a nuestra barca. ―dijo animada Shelley.

―¿Hay niebla?

―No.

―Pues vamos. ―y levantándose los dos de sus pupitres, se despidieron cortésmente de mí, abandonando sus bocetos. Los tomé para admirar la gracia de las manos que los habían trazado, observándolos largo rato.

Aproveché el hondo silencio de la biblioteca, donde el único ser pensante parecía que fuese yo, para recorrer los inalcanzables estantes que crecían desde el escandaloso suelo de madera hasta los celestiales ventanales góticos. Más que una biblioteca era una catedral compuesta de libros, y yo, buscando el altar sagrado de la santa lechuza ateniense, me sumergí en las páginas de algunos ejemplares, polvorientos, que no me dejaron más que dudas. ¿Y por qué? Pues por la sencilla razón de que eran títulos desconocidos de algunos de los escritores que había visto aquella tarde; algunos de los cuales enunciaré a continuación. Encontré, por ejemplo, The owl’s God, de Lovecraft, que relata cómo un misterioso bosque cercano a las lindes de la ciudad de Arkham, mezcla tanto de plantas como animales, se levanta contra el progreso humano comandado por un extraño ser semejante a un búho; numerosos cuentos de Wilde, como The music box, en el que todo aquel que escucha la melodía de una caja de música fabricada por un famoso artesano londinense termina enamorado de una bailarina encantada; La heredera cautiva, leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer, una exquisita pieza donde se cuenta la lucha de dos hermanos campesinos por liberar a una rica doncella de las garras de su acaudalado tío en la mágica y siniestra región de Monteídolo, en que uno de ellos lo hace por amor, y el otro por dinero. Así pues, removí grandes ejemplares de otros autores, descubriendo más ediciones de poemas inéditos de Percy y Mary Shelley; más relatos de la saga de Conan de Cimmeria de Robert E. Howard; incluso una singular novela de Asimov titulada The crime of Foundation.

Por un momento creí ser yo quien se encontraba fuera de la linea temporal en la que supuestamente había vivido todo este tiempo, y que aquellos escritores habían llegado a su vejez con una notable producción literaria en un plano de realidad diferente a la mía. La lista de títulos era interminable, como podía deducirse por la extensa superficie en la que me hallaba finalmente perdido, puesto que la biblioteca no solo recogía obras de escritores malditos, sino de cualquier otro escritor de todos los tiempos y todas edades de la Historia. Con solo echar un vistazo a mi alrededor, sentía fundirme con todos los volúmenes expuestos, regocijarme en sus lecturas, apaciguar mi existencia visitando todos los rincones del santuario de aquella Bibliotheca regia, imposible, excelsa. ¿Dónde, pues, se hallaba el truco? ¿Qué maldición oculta desatada por mis acciones anteriores de aquel día prodigaron que la endemoniada urraca me trasladara a este sitio de ensueño y, al tiempo, terroríficamente desconocido?

Un nuevo giro de mi cabeza hizo que mis ojos se estrellaran en mi nombre impreso en los lomos de algunos libros. Sí, era yo, mi nombre, así de rimbombante, sonoro, pegadizo, inconfundible. Libros añejos, usados. Un vértigo de temblores hizo que los bocetos de Shelly y Lovecraft, sujetos entre mi antebrazo y el costado, cayeran al suelo. Una mano amiga salida de la oscura atmósfera de la biblioteca los recogió cuidadosamente.

―No se preocupe, Otis ―dijo el bibliotecario, apareciendo otra vez como por arte de magia―. Ya los recogerán otro día. Voy a dejarlos en sus casilleros. Por cierto, cerraré en unos minutos. Pero espero que la visita haya sido de su agrado.

―Más de lo que imagina. Pero, dígame. ¿Es todo esto una broma de mis compañeros de Universidad?

―¿Le parezco «yo» una broma, jovencito insolente? Mire que desde que ha entrado se ha comportado usted como un caballerete caprichoso, haciendo desdenes hacia mi persona. Y un escritor con dignidad, eso no lo tolera.

―Lamento lo ocurrido… y aún no sé cómo se llama.

―¿Acaso necesita preguntarlo? Venga, ayúdeme con estos volúmenes que pesan tanto como su ego. Debo llevarlos a la recepción. Mañana uno de nuestros mejores socios viene a por ellos.

Eran ejemplares de novelas de Julio Verne. Cargué con unos pocos, y ya eran suficientes, mientras que el bibliotecario parecía poseer una fuerza monumental portando en sus brazos el doble de carga que yo.

―Sigo pensando que este lugar no es todo lo real que aparenta ser.

―Y yo creo que le deseo una feliz vida y vejez, muchacho, porque si llega usted a convertirse en un escritor maldito, estaré condenado a soportarle aquí el resto de mi existencia.

―No apostaría a que eso suceda tan pronto. Su sentido del humor me gusta, señor…

―Buen intento ―dijo mientras atravesábamos el claustro. La Luna se había vuelto a esconder y unos nubarrones violáceos dominaban en su totalidad la cúpula celestial. Junto al pozo, apenas se distinguía la figura de Bécquer. ¿O no era él?

―¡No se vayan sin mí! ―exclamó con desespero. Sí, era Bécquer ―Casi me quedo dormido. ¿Le ayudo, Isaac? Venga, deme algunos ejemplares. Ya le dije que tiene que bajar aquí esos carritos que usa allá arriba. ¡Ah, buenas noches! ―dijo el escritor, al fin, dirigiéndose a mí. Por un momento creí que no me había visto, o evitaba hablarme.

―Se le ve muy feliz ―dije, para entrar en conversación. Vanal, sí, pero no me ocurrió nada mejor, obviando hablar del tiempo.

―Por supuesto, amigo. Mañana parto hacia el Monasterio de Veruela, siempre vuelvo para estas fechas, sobretodo cuando se acerca el día de Difuntos. Llevo mis cuadernos para dibujar, mis efectos para escribir. Recomendación del médico, pero qué quiere que le diga. ¡Benditos médicos que siempre obligan a la mejor cura! Aquí le dejo los libros.

Y con su gracia sevillana, Bécquer se movió musicalmente, y salió por la puerta dejando una estela de picardía española en el ambiente de la recepción.

―Parece que se han ido todos, Isaac ―dije. Así le había llamado Bécquer. Isaac, Isaac… de qué me resultaba familiar… ―¡Isaac Asimov! ¡Claro! ¡Es usted Isaac Asimov!

―Vaya, pareciera que hubiese descubierto usted la partícula de la inteligencia. Un niño con un ábaco habría tardado menos en deducir sus cálculos.

―Y lo dice el hombre que se aplaude a sí mismo ―contesté.

―Muchacho, esa anécdota no es muy conocida. Debo cambiar mi opinión sobre su coeficiente. Aunque sabía que no me defraudaría.

―Pero, ¿qué hace usted aquí? No es usted un escritor maldito. Su vida fue de lo más normal y feliz. No me lo explico.

―Alguien tiene que llevar a estas sombras un poco de luz, ¿no cree? Les ayudo, sí. Y les mantengo a raya. Quién mejor que yo para ordenar todo este desastre. Es mi sino, joven Otis. Y aquí, soy feliz. Con ellos y con mis libros. Este lugar es como la Biblioteca de Trántor, esa parte del Imperio Galáctico que usted ya debe conocer donde toda la sabiduría de la galaxia humana se expandía por todo el planeta.

Después de decir aquello, derramó una mueca de tristeza.

―Lo que me apena es que nadie pueda leer ya todos los libros que he escrito desde hace 27 años. Pero usted puede venir de vez en cuando y tomar prestado alguno. Siempre y cuando esa urraca cotilla no le lleve a otro lugar.

Sonó un trueno, muy lejano, que se hizo más notable a medida que aumentaba la magnitud de su turbulencia. Volvía a haber tormenta y el olor de las nubes cargadas de agua fresca realzó el aroma de las lavandas del claustro que la corriente de aire acercaba a mi olfato. La puerta de la Bibliotheca estaba abierta, y el señor Asimov me invitaba a irme. El silencio de la calle entraba hasta allí mismo y traía consigo el rumor gris de las primeras gotas de lluvia. Con una sonrisa burlona, Asimov me lanzó una seña de bienvenida para que volviera siempre que quisiera, aunque «cuanto más tarde, mejor», volvió a repetir.

Nada más abandonar la estancia me esperaba un enorme paraguas sostenido por las manos más hermosas y grandes que haya podido ver. Su dueña, Dorothy Wilde, me miraba con ansia mientras pasó su brazo entre el mío para conducirme por las calles de Toledo. No dijo nada, y yo tampoco. Su calor me bastaba, era reconfortante como un té de hierbabuena. Me sacaba dos cabezas de altura, pero aún así era un momento hermoso, cándido, igual que su perfume. Mientras percibí las notas lejanas de un nyckelharpa viajando por el laberinto de calles, un girón de niebla nos acometió, y después de un escalofrío, desapareció, y con él, Dolly, en cuyo lugar solo quedó la lluvia, y charcos, y la inquieta urraca atrevida que me condujo a la Biblioteca de los Malditos, dando saltos hasta alzar el vuelo para, de inmediato, perderse en los tejados de la judería.

FIN

Por Marcos A. Palacios

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Punto de fuga.

Cómo me llamo no es relevante ahora… nunca lo había pensado, porque nunca hasta ahora tuve conciencia de lo que soy. Estoy en ese punto de extrañeza hacia mi propia existencia, pues a decir verdad he comprendido que existo, que tengo forma, color, sensaciones, si se quiere matizar…

El tiempo no es sino mi recipiente, de modo que al estar siempre ahí no tuve necesidad de medirlo ni de imaginar cómo funciona. En el momento en que vi el reflejo, todo comenzó a deslizarse en mi memoria, a cobrar sentido. Continuar leyendo “Punto de fuga.”